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El testigo de la guerra en Colombia

Un jóven colombiano se toma la cabeza ante la exposición de Jesús Abad en Bogotá, 05 de 11 de 2018
Un jóven colombiano se toma la cabeza ante la exposición de Jesús Abad en Bogotá, 05 de 11 de 2018 France 24

Jesús Abad Colorado, fotógrafo, registró la resistencia civil y la guerra colombiana desde la década más violenta de ese país y presentó lo mejor de su trabajo en el centro de Bogotá, a unos metros de la Casa de Nariño.

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En el segundo piso de una casa vieja en el centro de Bogotá, una mujer de unos cincuenta años, llora frente a la imagen de un niño que le arregla la camisa a su padre asesinado sobre el tablón de una funeraria improvisada en un pueblo antioqueño.

Jesús Abad Colorado, nacido en Medellín hace 51 años, se acerca a la mujer y ella lo abraza. “Este país no lloró lo que tenía que llorar por su gente.”- dice Abad. Luego nos cuenta que esas reacciones ocurren más de lo que deberían ocurrir durante su exposición. - “Muchos colombianos, no habían alcanzado a entender la dimensión de lo que vivió Colombia”-.

Y frente a su trabajo parecen descubrirlo.

Sus imágenes son una sumatoria de memorias recogidas como instantes crudos de una guerra que muchos colombianos no conocen. - “Este es un país que se hizo ciego, sordo y mudo ante los gritos o los clamores de tantas personas que vivieron en medio de la soledad y el abandono de la guerra”- dice mientras nos lleva hacia la que fue la primera foto que tomó como reportero de un conflicto que para algunos no termina.

De familia campesina a reportero de guerra

A los abuelos de Jesús Abad se los llevó la guerra colombiana. En la época conocida como “La violencia”, a mitad del siglo XX una turba mató a su abuelo, campesino de San Carlos, por ser del partido político opositor.

Toda su familia escapó a Medellín donde nació Jesús Abad en los sesenta. La guerra en Colombia, todavía no tenía su peor cara, una que según el Centro Nacional de Memoria Histórica alcanzó en los años 90: ejércitos paramilitares, guerrillas comunistas, carteles de narcotráfico y un estado infractor de derechos humanos.

Abad nos lleva a la primera galería de su exposición. Nos señala una foto de un pizarrón que tiene escrita en tiza la historia de Caín y Abel. Nos cuenta que, en mayo de 1992, catorce militares murieron en una emboscada de la guerrilla al lado de una escuela rural. Él fue una de las primeras personas en llegar al sitio. - “Quise asomarme a ver qué había quedado escrito en el tablero, era la historia repetida de Colombia, un país en el que nos hemos matado entre hermanos por siglos, está foto significa mucho.”

El fotógrafo estuvo desde entonces en todos los lugares que debía estar, mientras Colombia vivía sus años más violentos. Llegó a Bojaya, un pequeño pueblo afro cerca de la frontera con Panamá, horas después que las FARC volaran su iglesia con decenas de personas que se resguardaban. Llegaba a los pueblos antioqueños o del sur lejano del país, luego que la maquinaria paramilitar cometía sus masacres y sus asesinatos.

Y era de los últimos en irse porque solo así entendía el dolor expansivo de la violencia sobre los más vulnerables. –“Yo soy hijo de campesinos que llegaron huyendo a la ciudad y cuando quise estudiar periodismo era para hacer de este un ejercicio que le sirviera a la gente”-.

El fotógrafo explica que su trabajo repite un patrón: el eje son las víctimas, no los comandantes militares no los poderosos. “Los más afectados han sido las personas más humildes y es por ellos que trato de rendirles un homenaje, porque a pesar de la barbarie no se doblegaron”.

Además de la violencia, retrató la resistencia. En sus galerías también hay imágenes de mujeres recias, excombatientes desarmados y campesinos inquebrantables. “Cada vez que salgó a trabajar encuentro que los campesinos nunca han perdido la esperanza de vivir en paz.”

A pesar de la crudeza de las imágenes, no cree haberse vuelto cínico, sufre con las víctimas que retrata. Pero cree que esa es la única forma de hacer periodismo, un periodismo de a pie, uno que no permita olvidar.

- “En el año 2001, una señora en Peque, Antioquia está viendo como los paramilitares pasan con los muertos del pueblo, los llevan colgados en palos de guadua. Junto a la señora hay una niña que es su nieta, y mientras ella observa con desconcierto todo el dolor de su pueblo, le pido autorización para hacer una foto y me dice: 50 años atrás yo viví esta misma tragedia”- Cuenta Abad mientras señala la imagen de una niña que está rodeada de los brazos de una vieja.

- “Ahora me pregunto, si esa niña que está en esa fotografía, repetirá la misma historia en unas décadas, contará que algún día un fotógrafo le tomó un retrato mientras su abuela describía que había sufrido la misma violencia.”-

La exposición de Abad en el centro de Bogotá se llama “el testigo”, quizás en un intento de que su muestra fotográfica sea la evidencia que no permita el olvido, que no permita que los ciclos de violencia en Colombia se repitan una y otra vez.

En medio de la entrevista llega un exdirector del DAS, una extinta entidad de inteligencia en Colombia que fue desmantelada por prestar servicios a los grupos paramilitares y perseguir la oposición. Abad lo reconoce, lo saluda y lo lleva hasta una de sus fotos.

- “Observe la imagen y dígame que descubrió”- Le dice al funcionario. El tipo se toma la cabeza y le contesta: - “lo felicito, usted ha hecho una gran labor”-.

Foto tomada de la galeria de Jesús Abad, tomada a un soldado colombiano al que le acaban de matar su hermana menor.
Foto tomada de la galeria de Jesús Abad, tomada a un soldado colombiano al que le acaban de matar su hermana menor.

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