Cultura - Brasil

Un libro recopila vestigios de la herencia cultural de Francia en Río de Janeiro

Fotografía de la Rua do Ouvidor, en el centro de Río de Janeiro. El corazón comercial carioca estaba completamente dominado por sastres y estilistas francesas.
Fotografía de la Rua do Ouvidor, en el centro de Río de Janeiro. El corazón comercial carioca estaba completamente dominado por sastres y estilistas francesas. Marc Ferrez - Archivo George Ermakoff

'Lugares de memoria: Francia en Río de Janeiro' es el libro que destaca y rescata los muchos lazos que unen la ciudad que tuvo fama de ser una ‘París tropical’ con Francia.

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Corría el año 1555 cuando tres embarcaciones francesas llegaron a la hermosa e impoluta Bahía de Guanabara, en la América portuguesa, donde 10 años más tarde surgiría Río de Janeiro, la futura capital del Reino de Brasil. La expedición era comandada por Nicolas Durand de Villegagnon, un oficial naval francés que ayudó a los hugonotes a huir de la persecución religiosa que sufrían en su país. A bordo había 600 personas, en su mayoría mercenarios e aventureros dispuestos a todo con tanto de hacer fortuna rápidamente.

La aspiración de este militar, científico, explorador y emprendedor era fundar una colonia francesa en un territorio tan virgen como paradisíaco. La Francia Antártica duró tan solo 21 años, hasta que en 1576 el colonizador portugués Estácio de Sá frustró definitivamente el sueño de Villegagnon de imponer el poder francés en este trecho de la costa atlántica.

Archivo particular

Durante dos décadas, calvinistas y luteranos franceses se instalaron en la Isla de Villegagnon, en la Bahía de Guanabara, donde fundaron una pequeña colonia e incluso llegaron a establecer alianzas con los indios tupinambás, antes de ser derrotados por la armada portuguesa. A pesar de la corta vida de la Francia Antártica, la influencia cultural francesa sobrevivió en Río de Janeiro a lo largo de los siglos siguientes.

Uno de los ejemplos más célebres es sin duda la llegada de la misión artística francesa en 1816. Era un grupo de artistas invitados por el príncipe regente Juan VI y liderados por Joachim Lebreton, secretario recién destituido del Instituto Francés. El fin de la expedición era ayudar en la fundación de la Academia de Arte del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve. Pintores como Jean-Baptiste Debret y Nicolas-Antoine Taunay se encargaron, además, de retratar el día a día de Río de Janeiro durante los primeros años del exilio de la corte portuguesa, que huyó en 1807 de Lisboa tras la invasión de Napoleón.

Las pinturas de Debret en especial conforman una parte esencial de la memoria visual de Brasil. Durante los 15 años que permaneció en este país, Debret realizó una enorme producción pictórica. Al regresar a Francia, decidió convertirla en un libro titulado ‘Viaje pintoresco e histórico a Brasil’, en el que dejó un registro palpable del Brasil colonial y de los primeros años de la monarquía portuguesa en el exilio.

La herencia francesa en Río, ilustrada

Estas y muchas otras historias han sido recogidas en el libro ‘Lugares de memoria: Francia en Río de Janeiro’. A lo largo de 12 capítulos, cinco historiadores recopilan los momentos más significativos de la presencia cultural de Francia en la Ciudad Maravillosa. Acuarelas centenarias e imágenes de archivo, apoyadas por un registro contemporáneo realizado por el fotógrafo brasileño Rogério Reis, ayudan al lector a visualizar la herencia francesa en 12 lugares de la que fue capital de Brasil hasta 1960.

Algunas de las fotografías de Rogério Reis en ‘Lugares de memoria: Francia en Río de Janeiro’

El edificio Petit Trianon, que hoy alberga la Academia Brasileña de las Letras, es la síntesis perfecta de las relaciones culturales entre Brasil y Francia. Fue construido para servir como sede el Pabellón francés durante la Exposición Universal para conmemorar el centenario de la Independencia de Brasil (1822-1922). Diseñado por los arquitectos Emile Louis Viret y Gabriel-Pierre Jules Marmorat, es una réplica de un palacete situado en el complejo de Versalles. Financiado por el Gobierno francés, tenía la finalidad de exponer todas las conquistas realizadas por la civilización francesa en aquella época.

El pabellón francés funcionó entre el 7 de septiembre de 1922, día del centenario de la independencia de Brasil, hasta julio de 1923. Posteriormente fue donado al Gobierno brasileño para ser convertido en una biblioteca pública o en un museo dedicado a las relaciones culturales y artísticas entre los dos países.

Hay que destacar que tras la llegada de la monarquía portuguesa a Brasil, en 1808, muchos libreros, tipógrafos y artesanos franceses, que a lo largo del siglo XVIII cambiaron Lión por Lisboa, optaron por seguir a la Corte. Fue así que surgió una comunidad francesa de editores que contribuyó al florecimiento del comercio de libros y periódicos al otro lado del Atlántico.

Francia tuvo un papel hegemónico en el abaratamiento de coste en la producción de libros y durante una época los agentes literarios de Brasil optaron por imprimir los libros en París. Incluso la propia Academia Brasileña de las Letras se inspiró en la homónima institución francesa. Fundada en 1897, ocupó varios edificios hasta que la donación del Petit Trianon en 1904 sedimentó los lazos entre Francia y Brasil.

La Rua de Ouvidor, la primera área peatonal del Río a partir de 1828

El libro ‘Lugares de memoria: Francia en Río de Janeiro’ muestra también otro de los lugares más emblemáticos de la cultura francesa en la a antigua capital del imperio: la célebre Rua do Ouvidor. El corazón comercial carioca estaba completamente dominado por sastres y estilistas francesas, capaces de dictar las reglas en todo lo que a moda y decoración se refería.

Para el escritor Machado de Assis, cuyos libros por cierto vieron la luz gracias a los editores franceses, la Rua do Ouvidor catalizaba los sueños, los deseos y las angustias de los habitantes de Río de Janeiro durante el segundo Imperio. Los comercios de esta céntrica calle proporcionaban a las mujeres de la corte todo lo que necesitaban: desde vestidos hasta sombreros, guantes, zapatos, joyas y perfumes.

Esta calle fue también la primera área peatonal de Río a partir de 1828. Aquí se podían encontrar todos los artículos de moda procedentes de París. Nombres afrancesados como Madame Dreyfus, Palais Royal, Torre Eiffel o Notre Dame eran la regla más que la excepción en los escaparates. La Rua do Ouvidor fue además un importante reducto para los intelectuales, ya que llegó a tener hasta 50 librerías, muchas de ellas regentadas por franceses.

Archivo particular

La presencia cultural francesa se hace evidente también en la época contemporánea. El Palacio Capanema, antigua sede del Ministerio de Cultura, fue proyectado según un diseño original del arquitecto Le Corbusier, en colaboración con Lucio Costa, el urbanista brasileño nacido en Francia que concibió la ciudad de Brasilia con una planta en forma de avión.

El edificio, considerado como uno de los exponentes más significativos de la arquitectura del Movimiento Moderno en Sudamérica, fue construido entre 1936 y 1945. Durante todo el proceso, Le Corbusier se desplazó varias veces a Río de Janeiro para asesorar a los artífices de este proyecto muy futurista por su época. No es de extrañar, entonces, que el Gobierno de Francia optase por abrir la primera sede en el extranjero del Instituto Francés precisamente en Río de Janeiro.

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