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RESUMEN 2018

La unidad latinoamericana, en su hora más crítica

Vista panorámica de una sesión del Modelo de Unión de Naciones Suramericanas en la sede de la entidad en la ciudad Mitad del Mundo, el 26 de abril de 2018.
Vista panorámica de una sesión del Modelo de Unión de Naciones Suramericanas en la sede de la entidad en la ciudad Mitad del Mundo, el 26 de abril de 2018. Unasur vía Flickr

Los organismos regionales atraviesan momentos de profunda crisis. Unasur y ALBA sufren la salida de algunos de sus miembros. Y Mercosur se ve amenazado por la llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil.

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2018 no fue un año fácil para la unidad latinoamericana. Los organismos regionales que apuntan a fomentar políticas conjuntas atraviesan momentos críticos. La profundización del giro de los gobiernos de América Latina hacia la derecha ha puesto en jaque a estas instituciones, la mayoría de ellas creadas por los líderes de izquierda que gobernaron en el comienzo de los 2000.

Instituciones como Unasur o ALBA fueron impulsadas por esos gobiernos para contrarrestar la mirada de otras entidades, como la Organización de Estados Americanos (OEA), que tiene sede en Washington D. C. y representa una mirada más estadounidense sobre la realidad latinoamericana.

Sin embargo, esos organismos vivieron su época de esplendor a la par de los gobiernos que los impulsaron, pero, a partir del giro político en la región, entraron en una etapa de parálisis y sacaron a relucir algunas de sus deficiencias estructurales.

Unasur, sumido en la parálisis y con futuro incierto

La más afectada por la crisis de funcionamiento es la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que no ha logrado nombrar a un nuevo secretario general desde la salida del expresidente colombiano Ernesto Samper, el 31 de enero de 2017.

El mecanismo para la elección de ese puesto clave en la entidad requiere la unanimidad de los países miembro. Con las discrepancias entre los mandatarios de los gobiernos de las 12 naciones integrantes, la elección de una persona por consenso se ha hecho imposible. El gobierno de Mauricio Macri propuso al exdiplomático argentino, Octavio Bordón, pero encontró el rechazo de Venezuela.

Esa situación fue la excusa utilizada por seis países para anunciar la suspensión de su participación en la Unasur. En abril de 2018, los ministros de Relaciones Exteriores de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú enviaron una carta al canciller boliviano Fernando Huanacuni -Bolivia ejerce la presidencia pro témpore del bloque- para informar que esos países dejaban de participar de la Unasur por tiempo indeterminado.

“La grave situación que vive UNASUR nos lleva a plantearnos la necesidad de iniciar una seria reflexión acerca de sus objetivos, estructura y métodos de trabajo, incluido su mecanismo de toma de decisiones”, explicaba la misiva.

Y en agosto, el nuevo presidente de Colombia, Iván Duque, profundizó la postura de su país al anunciar la salida del organismo al cabo de seis meses. “No podemos seguir siendo parte de una institución que ha sido el más grande cómplice de la dictadura de Venezuela”, justificó Duque.

Además de los ocho países mencionados, Unasur está integrada por Ecuador, Uruguay, Guyana y Surinam. El bloque fue creado en 2008, bajo el liderazgo del fallecido presidente venezolano, el socialista Hugo Chávez. Entre sus logros, se pueden mencionar la intervención frente a las crisis internas de Bolivia (2008), Ecuador (2010) y Paraguay (2012), la mediación entre países limítrofes y la puesta en marcha de algunos proyectos de infraestructura transnacionales.

Pese a esto, para Christopher Sabatini, profesor de la Universidad de Columbia y editor de 'The Global Americans', organismos como Unasur “no sirvieron para nada”. “Fueron basados en un concepto muy débil, bajo la idea de hablar. Se trató de una serie de cumbres (…) no tenían muchas actividades ni las convenciones necesarias que la mayoría de los organismos multilaterales necesitan para funcionar”.

Más optimista es Ernesto Samper, último secretario general de Unasur, quien, en diálogo con France 24, consideró que “cuando se logre superar el ‘impasse’, como en otras ocasiones, y los países regresen a sus actividades habituales, Unasur volverá a ser el escenario político por excelencia para hablar de paz, de democracia, de derechos humanos, que fueron los ejes vertebradores del proyecto”.

ALBA perdió a Ecuador y debilita su influencia

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) tampoco atraviesa su mejor momento. Creada por los presidentes Hugo Chávez (Venezuela), Daniel Ortega (Nicaragua) y Fidel Castro (Cuba) en 2004 para contrarrestar la propuesta estadounidense de impulsar un Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), la ALBA perdió este año a uno de sus aliados más fuertes, Ecuador.

El motivo de la salida de ese país fue la mala administración del gobierno de Nicolás Maduro en la crisis migratoria de Venezuela, que ha provocado un éxodo masivo a países limítrofes, entre ellos Ecuador.

“Ecuador anuncia que no continuará su participación dentro de la ALBA, pero que tampoco se integrará a otros grupos de estados que no propicien soluciones constructivas sin exclusión alguna”, señaló el ministro de Relaciones Exteriores ecuatoriano, José Valencia, en agosto de este año.

La salida de Ecuador, sumada a la consumada por Honduras en 2010 (país suspendido en 2009 en rechazo al golpe de estado contra Manuel Zelaya), dejó a la ALBA compuesta por sus tres naciones fundadoras, más Bolivia, Surinam y cinco naciones caribeñas: Antigua y Barbuda, Dominica, Granada, San Cristóbal y Nieves y San Vicente y las Granadinas.

Este es un golpe duro para una organización que viene a la baja tras los fallecimientos de sus “padres fundadores” Hugo Chávez y Fidel Castro y la caída de los precios del petróleo que arrastraron a la crisis a Venezuela, uno de los pilares fundamentales de la organización.

La llegada de Jair Bolsonaro a Brasil amenaza al Mercosur

Unasur y ALBA tenían en su conformación una misión más política. Pero los bloques destinados a fines económicos también viven momentos de incertidumbre.

Es el caso de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), que desde la cumbre en República Dominicana en 2017 no ha podido volver a concretar un encuentro de mandatarios; y, sobre todo, del Mercado Común del Sur (Mercosur), el histórico bloque conformado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

En ese sentido, la llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil se convirtió en una amenaza para este organismo. El ultraderechista ha manifestado su intención de priorizar los acuerdos bilaterales por fuera del bloque, algo que está prohibido bajo las normas de Mercosur.

A propósito, el futuro ministro de Economía brasileño, Paulo Guedes, anticipó que “Mercosur no será prioridad” para el gobierno de Bolsonaro. "El Mercosur es demasiado restrictivo para lo que estamos pensando. Cuando fue creado, fue pensado en forma totalmente ideológica. Brasil quedó prisionero de alianzas ideológicas, y eso es malo para la economía”, remarcó.

Esta situación siembra aún más dificultades para el dilatado acuerdo comercial entre Mercosur y la Unión Europea, que ya enfrenta trabas por temas como el Brexit o la situación de los alimentos en Francia, Irlanda y Polonia.

Al respecto, el presidente francés Emmanuel Macron anticipó que su país no puede ser partícipe de pactos con naciones que no adhieran al acuerdo climático de París, del cual Bolsonaro anticipó que sacaría a Brasil; mientras que la canciller alemana Angela Merkel, en una presentación a los miembros del Parlamento europeo, anticipó que la posibilidad de un pacto con Mercosur “no será fácil con el nuevo gobierno de Brasil”.

En la misma línea, el ministro de Economía de Uruguay, Danilo Astori, también destacó que “esta prioridad de acuerdo con la UE hace 23 años que la venimos negociando y no le veo una salida clara”.

Con Reuters

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