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Especial noticias

La Europa de hoy en día: menos migrantes, pero mayor retórica antinmigración

Migrantes rescatados por el bote de rescate de la ONG Proactiva Open Arms, en el mar Mediterráneo central, permanecen a bordo antes de llegar al puerto de Algeciras en San Roque, sur de España, el 9 de agosto de 2018. Juan Medina / Reuters

Pese al descenso de las llegadas de migrantes y refugiados, la Unión Europea vive confrontada, sin una solución de acogida estable y duradera. Una indecisión política que ha puesto en duda su humanidad y por la que se han colado discursos xenófobos e identitarios.

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Poco ha cambiado en Europa desde 2015, año de mayor crisis de refugiados, e incluso respecto de años anteriores: la migración proveniente de África y Asia ha seguido caminando hasta el borde del Mar Mediterráneo, es decir, Marruecos, Túnez, Libia y Turquía, y se ha sumergido en sus aguas para tocar puerta europea.

Sin embargo, la mayor alteración de ese flujo migratorio es que en 2018 dicha puerta se ha provisto de triple cerrojo y hoy tiene hasta alarmas de seguridad. Y es que este año, pese al descenso de las llegadas -de más de 1,5 millones entre 2015 y 2016, a las más de 135.000 actuales-, al riesgo migratorio y de tráfico de personas se le han sumado bloqueos de embarcaciones, conflictos con guardacostas libios (país acusado de violar Derechos Humanos en la trata de migrantes), investigaciones contra las ONG de salvamento y negativas de atraque en puertos, justificadas con discursos nacionalistas.

Seguramente este fue el hecho más insólito del año: ver cómo Italia, país en primera línea de recepción, se negó en junio al amarre del barco ‘Aquarius’ (de las organizaciones SOS Mediterranée y Médicos Sin Fronteras) que transportaba a 629 personas y que tardó hasta 11 días en tener permiso de un país para tocar tierra. Un episodio que se repitió decenas de veces, con otras embarcaciones, durante los meses más altos de llegadas (de junio a octubre), y que evidenció cómo la Unión Europea (UE) carece de un plan y un control migratorio, tres años después de la gran crisis de refugiados.

“La Unión Europea ha estado prácticamente paralizada durante todo este año sobre la gestión de la migración. Se habla a menudo de una crisis de refugiados, pero ha habido un descenso del 95% de las llegadas. (…) Se trata, sobre todo, de una crisis política”, apunta Esther Herrera, corresponsal de France 24 en Bruselas (Bélgica), corazón del bloque comunitario.

En 2018, más de 2.200 personas murieron en el Mediterráneo

En datos, este año -siempre dentro de la gravedad-, hubo menos muertos y desaparecidos: más de 2.200 personas perdieron la vida en el que se conoce ya como “el mayor cementerio del mundo”, mientras que en 2017 fueron 3.139 y en 2016, 5.143, de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones y ACNUR. Siendo la ruta entre Túnez-Libia y Malta-Italia la más mortífera, debido a su extensión.

Cifras que podrían haber sido mayores, en concordancia con el investigador y analista español de la Fundación porCausa, Gonzalo Fanjul, de no ser por la presencia en alta mar de las ONG humanitarias. Para Fanjul, no es que estas hagan un trabajo que la UE no puede hacer, sino que están asumiendo un rol que la misma UE no se ha decidido a ejercer.

“El Mediterráneo es uno de los puntos marítimos de cruce más letales del mundo (…) Con la caída del número de llegadas a las costas europeas, ya no se trata de si Europa puede hacer frente a las cifras, sino de si puede demostrar humanidad suficiente para salvar vidas”, expresó en septiembre pasado la directora de la Oficina de ACNUR en Europa, Pascale Moreau.

Y es que, para empezar, la comunidad de 28 países no solo hace una distinción entre migrantes y refugiados (dando prioridad a los migrantes de países en conflicto como Guinea o Siria), sino que el rechazo a peticiones de asilo y a la integración de los mismos migrantes ha sido una constante.

Sobre todo a raíz de que la canciller alemana Angela Merkel abriera en 2015-2016 las puertas europeas, a disgusto del llamado grupo de Visegrado (compuesto por Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia). Desde entonces, más países se han sumado a decir ‘no’ a la migración, lo que ha llevado a una profunda división y a que hoy no haya un plan estable y duradero de acogida -y mucho menos de rescate marítimo.

La Unión Europea probó con multar a los países que rechazaran recibir a migrantes e intentó un sistema de cuotas para distribuir a los recién llegados, pero ambas medidas fracasaron, con apenas un reparto de 29.144 personas de las 160.000 planificadas, de un total de 1,5 millones.

Una situación que llevó a gobiernos como el de Italia a reclamar que “el Mediterráneo es una frontera europea y no solo italiana; la gestión es responsabilidad común y requiere un mecanismo automático común”.

¿Un enfoque regional para un mapa de países divididos?

Las ONG, en sintonía con países como Grecia, España y Francia, reclaman a la UE un enfoque regional del problema, es decir, de cooperación entre vecinos, ante el riesgo de que cada vez hay menos ONG en el Mediterráneo, ya que cada vez se enfrentan a más obstáculos de rescate y a acusaciones políticas, que las vinculan a mafias.

No obstante, parece difícil una hermandad cuando cada país ha gestionado por sí solo durante años la migración, eso sí, más reducida. Es el caso particular de España, que hace más de una década que se enfrenta sola a la llegada de embarcaciones, llamadas ‘cayucos’ y ‘pateras’ por su precariedad. Es bajo esa idea que Italia, gobernada ahora por el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga, ha hecho de la migración su rehén, con la amenaza de que no volverá a recibir barcos ni migrantes hasta que no tenga el apoyo de la Unión Europea.

Bajo la mirada de Natalia Mendoza, corresponsal de France 24 en Roma, la postura italiana responde a “un trauma de lo que fue 2015-2016, años durante los cuales cada semana se veían las imágenes de barcos sobrecargados, lo que generó un sentimiento de desprendimiento, miedo y precaución (…) (el ministro italiano del Interior) Matteo Salvini aprovechó para aplicar medidas duras y fuertes, aunque no corresponden con la realidad”.

El Reglamento de Dublín, que prevé que un migrante solo puede presentar su solicitud de asilo en el primer país de entrada de la UE, fue el primer reclamo italiano, por la injusticia de que las llegadas recaían sobre los países propiamente mediterráneos, terminando en un reparto nada equitativo. Pero con el ascenso de figuras como Salvini, esta idea ha desembocado en un discurso xenófobo e identitario, que se adhiere al discurso del bloque de países del Este.

El húngaro Viktor Orban y el austríaco Sebastian Kurz son algunos de los políticos que apoyan un repliegue nacionalista frente a los migrantes, por lo que sus argumentos se centran en frenar la migración fuera de Europa, en lugar de gestionarla. Hasta el punto que Orban promovió una ley en su país para castigar con cárcel a aquellos que asistan a migrantes irregulares y Kurz ha llegado a afirmar que “debe quedar claro que las fronteras se cierran a la inmigración ilegal”. Aun cuando el investigador y analista Gonzalo Fanjul relata que la migración regular es mucho mayor que la irregular.

Por más que la afluencia de migrantes es menor, esta es la dualidad que vive Europa, entre los que rechazan de lleno un pacto de “solidaridad” hacia la migración, y los que la observan como algo positivo e incluso aprovechable, teniendo en cuenta que la población europea está envejeciendo y requerirá de más gente joven (véase Portugal). Una idea que el bloque de Visegrado niega por completo.

El riesgo, ante la falta de actuación, no solo es humanitario, sino que también apela al odio y al racismo de los mensajes que están instalando gobiernos de carácter conservador y, en algunos casos, completamente de derechas. Como indica la periodista María Antonia Sánchez-Vallejo en el diario El País, toca ver qué ocurre en 2019 y en la próxima cita electoral europea de mayo, con el “riesgo de una deriva xenófoba flagrante de la Eurocámara”.

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