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OPINIÓN

La resurrección de Pinochet

Imagen del ex candidato presidencial de Chile, José Antonio Kast, luego de ser insultado por votantes durante la segunda vuelta de las presidenciales en Santiago de Chile, el 17 de diciembre de 2017.
Imagen del ex candidato presidencial de Chile, José Antonio Kast, luego de ser insultado por votantes durante la segunda vuelta de las presidenciales en Santiago de Chile, el 17 de diciembre de 2017. Pablo Vera / AFP

La figura del dictador parecía estar muerta y enterrada. Hoy la derecha más extrema encabezada por Juan Antonio Kast, el Bolsonaro chileno, lo ha traído de regreso, a doce años de su muerte.

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Ya nada parece sorprendernos de los políticos chilenos en el año que se va. Bueno, al menos los de derecha, porque en el caso de la oposición más bien fue un año perdido, confundidos aún por una derrota electoral estrepitosa, enredados entre disputas internas y ausencia de liderazgos. Un escenario que le ha dejado todo el protagonismo a los dirigentes de derecha, y en particular, a la figura emergente del 2018: el ex candidato presidencial José Antonio Kast. El fundador de “Acción Republicana”, un movimiento cuyos postulados parecen ser la copia perfecta del programa de Jair Bolsonaro, quien ya obtuvo un 7.93% en las elecciones de 2017, y que se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para La Moneda.

De ahí que la agenda política de 2018 estuvo fuertemente inclinada hacia las actuaciones de Ministros –dos de ellos fueron removidos luego de realizar declaraciones inadecuadas-, los chascarros del presidente –conocidos como las Piñericosas- la guerra pública que marcó la elección del partido derechista Unión Demócrata Independiente (UDI), e incluso la comparación que la presidenta de esa colectividad hizo de su figura y Eva Perón.

Pero sin duda, la confesión pública de la “chica terrible” de 2018, la joven diputada oficialista Camila Flores, de declararse una pinochetista de tomo y lomo fue la guinda de la torta para una derecha que, de pronto, sintió una extraña necesidad de reivindicar la figura del dictador. La afirmación de la parlamentaria -elegida gracias al nuevo sistema electoral que debutó en 2017 con apenas un 4.18% de los votos -no fue sorpresiva, sin embargo, el aplauso cerrado que recibió de los integrantes del Consejo Nacional de Renovación Nacional –dónde hizo la arenga pro Pinochet- dejó un manto de dudas respecto de uno de los partidos que en su momento tomaron distancia de Pinochet. De hecho, RN es considerado un partido moderado de centro-derecha

Tal vez producto de la confusión que provocó el hecho y la sorpresa de la dirigencia del partido, la reacción inicial fue de silencio total, con la sola excepción de la también joven diputada Marcela Sabat –dijo que los aplausos que escuchó ese día le causaron dolor- nadie más en RN salió a rebatir a Flores. En buen chileno, “el que calla otorga”.

El fantasma de Pinochet incomoda a La Moneda

Sin embargo, unas horas después la vocera de Gobierno, Cecilia Pérez, también de Renovación Nacional, remataría con una sentencia que encendió las alarmas respecto de la posición que la derecha está tomando hoy: valoró la “diversidad” del conglomerado oficialista. ¿Es posible entender la “diversidad” cuando se incluye entre las filas de Chilevamos a un grupo que reivindica la dictadura militar, por ende, la violación a los Derechos Humanos? ¿Cómo impacta esto a una derecha que estaba logrando dejar atrás un pasado oscuro?

Y aunque lo esperable habría sido qué en Chilevamos hubieran intentado hacer un giro en la agenda, en las semanas siguientes el fantasma de Pinochet ha seguido dando vueltas entre los políticos chilenos. De partida, aparecieron mucho más “pinochetistas” de lo que suponíamos, concentrados entre Renovación Nacional y la UDI. Como contraste, el propio presidente Sebastián Piñera entró al debate señalando que quienes reivindicaban a dictaduras o gobiernos militares no tenían cabida en el oficialismo, lo que causó sorpresa entre sus partidarios y reforzó la posición de José Antonio Kast. También desde Evópoli –el partido más cercano al centro dentro de la coalición- expresaron que existían ciertos límites de tolerancia, particularmente referidos a la “relativización” de las violaciones a los DDHH durante la dictadura que encabezó Augusto Pinochet.

La gran paradoja es que a partir de la muerte del dictador –hace ya doce años-, los partidos de derecha primero y luego algunas instituciones que fueron sus soportes, comenzaron a darle vuelta la espalda hasta dejar completamente aislados a un pequeño grupo de fanáticos inmunes a cualquier reproche por las violaciones a los Derechos Humanos y resistentes a las críticas y bochorno experimentado por cierta élite pinochetista que dejó de mirar con simpatía al Capitán General solo cuando se conocieron los negocios truculentos de la familia Pinochet, a propósito del caso de los dineros ocultados en el banco Riggs. Esa doble moral que condena a los ladrones, pero no a los asesinatos.

Incluso, el propio Ejército borró de sus símbolos al dictador. Lo sacó de placas, e hizo desaparecer las huellas que pudieran asociarlo a su antiguo líder. Expulsó de sus filas al nieto del General por alabarlo en exceso en su funeral, hizo cambios en su currículum de estudios, corrigiendo los textos que alababan a Pinochet, le hizo el quite a su viuda, Lucía Hiriart, e intentó el reencuentro con la sociedad chilena. Pese a los escándalos financieros de este año, la institución castrense ha logrado sacarse el peso de encima que significaba el dictador.

Una derecha sin complejos

Hasta ahora había un consenso nacional respecto de que la imagen de Pinochet y su figura estaba enterrada, para alivio del oficialismo. ¿Por qué entonces los aplausos cerrados a Pinochet en Renovación Nacional? Bueno, lo cierto es que, en los últimos meses, la derecha chilena parece estar viviendo una fuerte crisis de identidad. Primero, cuando un gobierno no está fuerte –han tenido una fuerte caída en las encuestas-, como es el caso, sus integrantes empiezan a dispersarse y buscan refugio en sus propias convicciones. En cierta forma, comienzan a pensar rápido en la elección que viene, y claro, el mejor de los mundos es ser oficialista pero además ir mostrando diferencias con La Moneda. En segundo lugar, la presión externa, en un mundo global, genera un efecto interno inevitable. Es un hecho que la extrema derecha está de vuelta, lo que vemos expresado en Trump, Le Pen, Víktor Orbán (Hungría), Matteo Salvini en Italia, VOX en España y por supuesto, Jair Bolsonaro. Y como tercer factor está Juan Antonio Kast, un outsider que capitaliza las dos variables anteriores.

La mejor frase para representar como se combinan todos estos factores, es la pronunciada por van Ryseelbergue, presidenta de la Unión Demócrata Independiente: “la UDI no está radicalizada, está sin complejos”. De fondo, la senadora revela una gran verdad. La UDI, Acción Republicana y una parte importante de RN habían tenido que asumir un relato ajeno, que no los identificaba, pero que les permitió llegar al poder apoyando a Sebastián Piñera, un ex DC que votó por el NO a Pinochet. Pragmatismo puro. Pero sus creencias, valores y convicciones están hoy mucho más cerca de la ultra derecha de Bolsonaro -quien tuvo un protagonismo exagerado y clave en las elecciones de la UDI, cuando la candidata ganadora lo visitó a pocos días de salir electo- del conservadurismo, del rechazo a la migración y de las minorías, pero especialmente, agradecidos y orgullosos de Pinochet.

Tiene toda la razón Jaqueline van Ryseelberghe, la derecha hoy no tiene complejos en declararse pinochetista. Se cansaron de guardar silencio, de aplaudir y recordar al dictador en la soledad de cuatro paredes. Influidos por esa corriente de ultra derecha que acecha, en parte impulsados por los errores de la izquierda, en parte por el gobierno al que pertenecen

Pero creo que esta confesión de “pinochetismo” y de actuar “sin complejo” es buena y sana. Necesitamos saber cuál es la derecha que tendremos de aquí en adelante. La que está instalada en La Moneda o aquella que reivindica al dictador con todo lo que eso significa. El peligro para 2019 es que la derecha más moderna y moderada -como Evópoli- y el propio Gobierno, terminen sucumbidos por la tentación de ganar la simpatía y el voto de esa derecha que comienza a ganar terreno al alero del discurso duro y extremo de José Antonio Kast. Parece ser que el fenómeno Bolsonaro es más que una simple amenaza para Latinoamérica.

* Germán Silva Cuadra es analista político en Chile y colaborador de France 24

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