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Procesos de paz con el ELN en Colombia, una historia de fracasos

Foto tomada el 1 de abril de 2002, durante los diálogos entre el Gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla del ELN. De der. a izq. : Óscar Santos y Pablo Beltrán, miembros del comando central del ELN; Camilo Gómez y Jorge Mario Eastman, del Alto Comisionado para la Paz del Gobierno.
Foto tomada el 1 de abril de 2002, durante los diálogos entre el Gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla del ELN. De der. a izq. : Óscar Santos y Pablo Beltrán, miembros del comando central del ELN; Camilo Gómez y Jorge Mario Eastman, del Alto Comisionado para la Paz del Gobierno. César Carrion / AFP

Tras determinar su autoría en el atentado del 17 de enero, el Gobierno echó al agua las tímidas discusiones que tenían lugar con el ELN, una nueva frustración en el diálogo que se agrega a la tumultuosa historia de esta guerrilla.

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Al terror que sacudió a Bogotá, en el más violento acto que conoció el país en casi 16 años, se suma el fantasma de una reactivación del conflicto armado en Colombia. El Ejército de Liberación Nacional (ELN), un vestigio de las décadas violentas que ha tenido que enfrentar esta nación, fue señalado como responsable de este ataque por las autoridades.

Como consecuencia directa, el presidente Iván Duque ordenó el levantamiento de la comisión del Gobierno de la mesa de negociación que se había conformado con esa organización en Cuba, y reanudó las órdenes de captura en contra de los cabecillas de la guerrilla. Así que los precarios diálogos iniciados bajo el mandato de Juan Manuel Santos, que fueron congelados a la llegada de su sucesor, fracasaron, añadiéndose a una serie de intentos fallidos.

Nacida en medio de la fiebre de la revolución cubana y de los movimientos sociales de los años 60, la guerrilla del ELN era, en sus inicios, solo un grupo reducido de estudiantes y activistas en 1964. Al igual que otras facciones armadas ilegales, se aprovechó de la ausencia del Estado y creció en influencia en diversas zonas de Colombia. Un fortalecimiento facilitado también por el apoyo logístico de La Habana.

Dado por vencido, el ELN logró imponerse como la segunda fuerza guerrillera

Al igual que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el ELN fue una emanación de la violencia bipartidista, el desangre entre el poder conservador y las fuerzas liberales que marcó la primera mitad del siglo XX. Y así como sus homólogos leninistas, los guevaristas se convirtieron rápidamente en un objetivo de las fuerzas armadas, que estuvieron a punto de aniquilarlos.

En 1973, en las montañas de la región de Antioquia, el Ejército atacó una de las principales posiciones del ELN, acabando con un tercio de sus filas, limitadas aún, pero también con varios líderes claves. De esta manera, la cúpula militar se rehusó a integrar a esta guerrilla en los primeros bocetos de diálogos con los grupos insurgentes, impulsados por el entonces presidente Alfonso López Michelsen, ya que se encontraba convencida de la pronta eliminación de esta.

No obstante, el ELN renació de sus cenizas y, bajo la Teología de la Liberación y el liderazgo de ciertos personajes como el sacerdote Camilo Torres Restrepo, se volvió a consolidar. Se estima que su fuerza ha oscilado entre varios miles de militantes hasta la actualidad, y se impuso como la guerrilla con mayor presencia en los centros urbanos.

Pese a tener un comando central, la multitud de frentes del ELN, se distribuyeron en el territorio nacional como células parcialmente autónomas, a diferencia del verticalismo característico de las FARC. Una manera de actuar que se ha agregado a la lista de trabas que se formó a lo largo de los años para negociar con este grupo.

Una apertura política que no le convino a la mayoría de los "elenistas"

En 1991, Colombia culminó la reforma de su vieja Constitución de 1886 mediante una Asamblea Constituyente. Una coyuntura de fomento de participación política que varios grupos guerrilleros consideraron como propicia para desmovilizarse. Esta dinámica, que llegó tímidamente hasta el ELN, se separó entre su tendencia ortodoxa y un grupo llamado Corriente de Renovación Socialista (CRS) luego de fuertes discrepancias internas.

Si bien tan solo unos 650 combatientes que conformaban el CRS consideraron, en 1994, durante el mandato de César Gaviria, que “la estrategia de la lucha armada ya no era viable” y se desmovilizaron, muchos de estos integrantes eran pilares estratégicos e intelectuales del ELN.

En medio de un conflicto armado que se agudizaba, la guerrilla se sentó a duras penas con el Gobierno colombiano en España. Desde el Palacio de Viana, en Madrid, los representantes del gabinete de Ernesto Samper y los “elenistas” alcanzaron, en ese momento, un histórico preacuerdo que vislumbraba un camino hacia la paz a través de una ‘Convención nacional’.

Sin embargo, la muerte súbita del jefe supremo del ELN, conocido como ‘El Cura’ Pérez, impidió la ratificación formal del texto. Aún más, la intensidad de la violencia perpetrada por el grupo paralizó el intento de conciliación. Como un triste símbolo, el corregimiento de Machuca, en el norte del país, vio morir a 84 de los suyos cuando esta guerrilla dinamitó el oleoducto cercano a las viviendas, en octubre de 1998.

Ataques a infraestructuras, bombas, secuestros, asesinatos, el modus operandi radical del ELN limitó en buena medida las posibilidades de alcanzar un acuerdo viable con el Ejecutivo. Pese a esto, el grupo se había comprometido en julio de ese mismo año, desde Alemania, a limitar las consecuencias humanitarias de la guerra en el ‘Acuerdo de Puerta del Cielo’. Muestra de ciertas prácticas, el ELN aseguró en el documento cesar “la retención de menores de edad, de mayores de 65 años y (…) de las mujeres embarazadas”.

A partir del año 2000, en contexto de la implementación del ‘Plan Colombia’ impulsado por Estados Unidos, fue el turno de Andrés Pastrana de intentar negociaciones con esta guerrilla. A pesar del fiasco que había suscitado la constitución el año anterior de la zona de distensión del Caguán, en el marco de las negociaciones con las FARC, el presidente ordenó la delimitación de una “zona neutral” de más de 4.700 kilómetros cuadrados en el norte del país con el ELN. Un proyecto rechazado por los residentes locales, quienes temieron de la influencia que hubiera podido tomar ese grupo en la región.

Una formación guevarista que nunca logró coincidir con los diferentes Gobiernos

Paradójicamente, fue bajo el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez que se acercó más un acuerdo con el ELN, entre 2005 y 2007. En pleno auge del paramilitarismo, se estima que la guerra durante los dos periodos de este presidente afectó a más de 3.3 millones de colombianos. Al tiempo que se perfilaba el polémico desarme de más de 30.000 miembros de facciones autocalificadas de “autodefensas”, el gabinete de Uribe aceptó la mano tendida de la guerrilla guevarista.

León Valencia, exintegrante del ELN y especialista del conflicto, analizó este particular episodio, que tuvo lugar durante “la mayor ofensiva militar de los últimos 15 años” como una apertura política de este grupo en un contexto de llegada al poder de diferentes izquierdas en la región y en el país, al tiempo que el Gobierno, “que había desafiado con derrotar a la guerrilla”, buscaba mayor credibilidad en el escenario internacional.

Las conversaciones progresaron, pero frente al rechazo de la guerrilla de incluir tanto la desmovilización y el desarme en la discusión, como la identificación de sus miembros, las partes volvieron a privilegiar las armas.

Además de la ausencia de renuncia a la violencia por parte del ELN, el dogmatismo de este grupo constituyó también un factor que limitó los avances. Los “elenistas” no descartaron como condición de su salida de la clandestinidad una trasformación de la sociedad colombiana bajo el lema de la “justicia social”, lo cual implicaba una orientación de las políticas de los respectivos Ejecutivos y, por ende, contradecía el espíritu de un eventual acuerdo.

El regreso de las bombas y de las sillas vacías

A raíz de la conclusión del Acuerdo de Paz con las Farc, el equipo de Juan Manuel Santos, a partir de febrero de 2017, buscó también una salida del conflicto con el ELN. A pesar de algunos gestos de la insurgencia, prosiguieron los ataques a oleoductos y los secuestros, entre otras acciones; un actuar que puso en cuestión una vez más la real influencia de los jefes sobre los numerosos frentes.

La llegada de Iván Duque a la Presidencia, en agosto de 2018, supuso el regreso de la “mano dura” en la manera de tratar a los grupos armados ilegales. El nuevo mandatario condicionó su ingreso en el desarrollo de diálogos, al abandono de las acciones criminales.

“Durante los 17 meses del proceso de diálogo entre la Administración anterior y el ELN, estos criminales ejecutaron 400 acciones terroristas en 13 departamentos, dejando 339 víctimas y más de 100 asesinatos”, aseguró el presidente durante la alocución que dio por vencida las precarias conversaciones que tenían lugar.

Desde 2003, Colombia no vivía semejante terror. La explosión del carro bomba en la Escuela de Cadetes de la Policía en Bogotá dejó 21 jóvenes muertos, que cayeron a causa de los 80 kilos de explosivos que estallaron aquel jueves. Al igual que las decenas de miles que cayeron en los diferentes campos de batalla que se sembraron en el país durante las últimas décadas, a causa de los sucesivos fracasos del diálogo entre colombianos.

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