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OPINIÓN

Un continente dividido y polarizado entre Jair Bolsonaro y Nicolás Maduro

Inforgrafía con una imagen del presidente brasilero, Jair Bolsonaro, (derecha) y otra del presidente venezolano, Nicolás Maduro, (izquierda).
Inforgrafía con una imagen del presidente brasilero, Jair Bolsonaro, (derecha) y otra del presidente venezolano, Nicolás Maduro, (izquierda). France 24

Los países de Latinoamérica se están alineando a partir del eje Bolsonaro-Maduro. La confusión que vive Venezuela con la proclamación de Guaidó evidencia la división del continente y que la influencia de Estados Unidos está de vuelta.

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Pareciera ser que en Latinoamérica se está perdiendo el centro político. Esa construcción posdictaduras que valoraba posiciones intermedias a la izquierda barrida por militares y avalada por una derecha conservadora en lo moral y valórica, pero ultraliberal en lo económico.

Lo cierto es que más que convicción en la política de los acuerdos, en el huir de los extremos, de los polos, había principalmente temor. Miedo a repetir los mismos errores, miedo a traer de vuelta los fantasmas de los detenidos desaparecidos y la tortura por un lado y al desabastecimiento, las barbas largas y el puño en alto, por el otro. Entra la década de los noventa, el siglo XXI y en gran parte del continente gobernó el centro.

El confuso episodio que se está desarrollando en Venezuela, luego de que Juan Guaidó se declarara presidente interino de esa nación, puede traer consecuencias insospechadas no sólo para ese país, sino también para todo el continente, y por supuesto, porque ha dejado a Estados Unidos en el medio de un conflicto donde todos han tomado partido.

Sin medias tintas, sin abstenciones. A menos de una hora de que el joven líder de 35 años diera a conocer su decisión, Chile, Argentina, EE. UU. y la OEA (se sumarían 10 países más), ya habían validado su proclamación. No sólo faltó prudencia para evaluar bien los hechos y evitar agudizar el conflicto, sino que provocó la contrarreacción inmediata del bando contrario: México, Uruguay, Bolivia, Cuba, Nicaragua y El Salvador declararon seguir apoyando al Gobierno de Maduro. ¿La diferencia?, que a este grupo se sumaron potencias mundiales como Rusia y China.

Bachelet-Piñera: Gobiernos que hablan de una sociedad polarizada

Más allá de la tendencia a gobiernos de derecha en los últimos años, también es un hecho que los ciclos parecen ser cada vez más cortos. A la derecha, luego a la izquierda sin muchos intermedios. Qué mejor ejemplo que los que ha vivido Chile desde 2006 y que se extenderá por 16 largos años: gobiernos alternados entre Michelle Bachelet y Sebastián Piñera. Dos personas con muy pocas cosas en común. De derecha e izquierda, católico y agnóstica; de familia tradicional e hija de general de aviación; rico y de clase media; el vivió en Estados Unidos y ella en la ex República Democrática de Alemania.

Es el resumen de dos proyectos antagónicos, que han tensionado a la sociedad chilena a través de proyectos emblemáticos (tributario, laboral, educacional) y que parecen borrar cada cuatro años todo lo construido por el antecesor. ¿Y para qué hablar de materia valórica?. Un país que se mueve a ritmo conservador con Piñera y progresista con Bachelet.

Y claro, este fenómeno se ha extendido a otros países del continente. Los Kirchner y Macri. Humala y Kuczynski, pese a su corto período. Pero junto a esta suerte de esquizofrenia política, lamentablemente, también se propagó en la última década el virus de la corrupción.

Lo que parecía un flagelo focalizado en algunos países, terminó siendo una práctica mucho más común de lo que todos queríamos ver. Sin ir más lejos, los chilenos nos autopercibíamos como un país extremadamente correcto y legalista. Un mito arraigado. Los suizos de américa, el país libre de la corrupción. Un ejemplo grafica muy bien esta creencia que se escuchaba en las conversaciones hasta hace unos pocos años “un carabinero nunca podrá ser sobornado, a diferencia de un policía argentino, peruano, mexicano, etc, etc.”. Bueno, la crisis de carabineros dijo lo contrario.

Aunque el tráfico de influencias y dineros vinculados a la política, en el caso de Chile, explotó de manera transversal, involucrando a dirigentes de todos los partidos (los que recibían financiamiento ilegal, a su vez, de empresarios vinculados más a la derecha), en otros países se asoció directamente a los gobiernos, golpeando al corazón de la gestión pública.

Primero fue Argentina y la dupla Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Actualmente tenemos a la exmandataria procesada, junto a sus hijos, por lavado de dinero y asociación ilícita debido a los llamados ‘cuadernos K’.

Pero sin duda, el mayor escándalo, hasta hoy conocido, es el del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el que terminó no sólo encarcelando al expresidente Lula, sino que arrastró la caída de Pedro Pablo Kuczynski como mandatario de Perú y a cientos de dirigentes y políticos de toda Latinoamérica por sus vínculos con el caso conocido como Lava Jato. En Chile, el ex candidato presidencial Marco Enríquez Ominami, está siendo investigado por recibir aportes ilegales de una de las empresas brasileras que apoyaba al PT.

De ahí que el otrora partido fuerte de Brasil terminara desprestigiado, con su reputación en el suelo, pero especialmente, desatando la rabia e ira de millones de brasileños, los que vieron como los fondos destinados a combatir la pobreza extrema (23 millones en 2018) y el flagelo de la delincuencia y violencia (65.000 asesinatos al año) en las favelas y calles de Río o Sao Paulo eran usados para coimas, sobornos y enriquecimiento de políticos.

Bolsonaro, el nuevo sheriff del continente

Este fue el contexto en que surgió la figura de Jair Bolsonaro, el presidente que quiere convertirse en el sheriff de Latinoamérica y que ha vuelto a revivir a la derecha extrema en varios países. Sus clones, Alfredo Olmedo en Argentina y José Antonio Kast en Chile, ya se perfilan como seguros candidatos a la presidencia. Pero estas posiciones ultraconservadoras no sólo tienen expresión política, también ha significado un importante posicionamiento y cercanía con el poder de las iglesias evangélicas en el continente, algo similar a lo que ocurrió en la época de las dictaduras de los ochenta.

Y junto con el resurgimiento de una derecha sin complejos, que reivindica la expulsión de migrantes, aplaude el uso de armas de fuego e incluso rescata las figuras ligadas a las violaciones de los derechos humanos, en Venezuela, Maduro ha conducido a ese país a una situación insostenible. En esta ya nada sorprende, como la torpe detención de Guaidó, que con total seguridad motivó al diputado y presidente de la Asamblea Nacional a proclamarse presidente, algo que hizo recordar el arresto de Ricardo Lagos luego del atentado de Pinochet y que sirvió para consumar las posiciones de la Organización de Estados Americanos y el Grupo de Lima en contra del nuevo periodo del controvertido sucesor de Hugo Chávez.

¿Nuevos liderazgos en la polaridad izquierda-derecha en Latinoamérica?

La polaridad Maduro-Bolsonaro está alineando peligrosamente a los líderes del continente en dos bloques con posiciones que comienzan a extremarse y que traen al presente los traumáticos años setenta-ochenta. Así como el lenguaje empieza a crear realidades, Maduro trató de “pichón” de Pinochet a Sebastián Piñera, lo que generó una rápida respuesta del canciller chileno Roberto Ampuero, escritor con pasado comunista, quien señaló: “al asno se le conoce por su rebuzno”. A continuación, el mandatario venezolano catalogó a Bolsonaro como un “Hitler en tiempos modernos” a propósito del decreto del brasileño que permitirá que sus compatriotas puedan adquirir hasta cuatro armas sin ninguna dificultad.

Del desenlace que tenga la crisis de Venezuela (agudizada en extremo en estos días) veremos los liderazgos que sustentarán las posiciones más polarizadas en Latinoamérica. No es claro aún si Maduro logra revertir este revés y aprovecha la oportunidad para hacer un giro que le dé una salida al país, y a el mismo. De lo contrario, se abrirá un espacio para Evo Morales o incluso a López Obrador para “dirigir” a una izquierda golpeada, pero que tiene una derecha que gira cada vez más a la derecha de la mano de Bolsonaro, y que por tanto, la estimula a actuar.

Pero también es una oportunidad para líderes de centro derecha como Sebastián Piñera o Mauricio Macri para posicionarse como actores más equilibrados y dialogantes entre los extremos, dejando a Bolsonaro seguir peleando contra los fantasmas. Sin embargo, más allá del nuevo orden político que venga en el continente, lo más peligroso de todo es que potencias como Estados Unidos o China se involucren más, tanto en el problema como la solución. Pero claro, lamentablemente, la memoria es frágil y la historia más cíclica de lo que pensamos.

* Germán Silva Cuadra es analista político en Chile y colaborador de France 24

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