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Arte+France 24

El efecto karoshi: la sobredosis laboral que conduce a la muerte en Japón

Uno de cada cinco trabajadores en Japón corre el riesgo de morir o suicidarse por exceso de trabajo. Unas cifras escalofriantes...
Uno de cada cinco trabajadores en Japón corre el riesgo de morir o suicidarse por exceso de trabajo. Unas cifras escalofriantes... ARTE

Mientras Japón se alza como la tercera economía más grande del globo, entre mil y dos mil personas fallecen al año por exceso de trabajo. Si el país no cuenta con la jornada laboral más extensa del mundo, ¿qué lleva a sus ciudadanos a la muerte?

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El caso de Miwa Sado fue la crónica de una muerte anunciada. En 2013 el corazón de la periodista de 31 años se detuvo. Sado, que trabajaba en 'NHK', la mayor emisora pública del país, se desplomó en su apartamento mientras sostenía uno de los tres teléfonos que utilizaba para trabajar.

Fue solo hasta 2017 que su fallecimiento fue catalogado por el Gobierno como "karoshi", o muerte por exceso de trabajo. Situación que las autoridades y las compañías, en su apatía, no logran detener. "Miwa estuvo cubriendo elecciones. Estaba sana pero trabajó varios meses seguidos sin fines de semana", explicó su madre, Emiko Sado.

Tras una investigación se concluyó que la reportera laboró 159 horas y 37 minutos de horas extras el mes que falleció, un exceso abrupto de responsabilidades que la empresa no vigiló con cuidado.

En Japón, la jornada oficial de trabajo comprende 40 horas, pero como en la ley no está establecido un límite estricto de horas extras a cumplir, las empresas han utilizado ese vacío jurídico en beneficio propio, tema que el Gobierno ha intentado regular sin mucho esfuerzo.

Una tóxica cultura laboral y una industria que no descansa, combinación mortal en Japón

El primer caso de karoshi surgió en 1969, pero la historia se remonta a principios de 1950. Después de sufrir los efectos de la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro japonés Shigeru Yoshida se propuso reconstruir el país. Yoshida reclutó grandes corporaciones y les pidió que contrataran a los ciudadanos a cambio de su lealtad y entrega laboral.

Con el paso del tiempo y la consolidación del país como una potencia industrial, comenzó a tejerse un peligroso sistema laboral en el que los empleados, movidos por un profundo sentido del deber, empezaron a medir su nivel de productividad en función del número de horas trabajadas. De modo que, en los tiempos que corren, el trabajo duro se convirtió en una muestra de ambición y lealtad a los superiores, un precio que se paga con la muerte.

"El karoshi se trata de una decisión del trabajador, no es trabajo forzado, es un acuerdo al que el empleado llega con su jefe", señaló el sociólogo Kinoshita Takeo, criticando cómo el hecho de trabajar hasta morir se ha normalizado profundamente en el imaginario de la sociedad japonesa.

En 2015, dos años de la muerte de Sado, las autoridades registraron 2.310 suicidios relacionados al estrés y agotamiento producidos por la excesiva carga laboral. Pese a las elevadas cifras reportadas, limitar sustancialmente las horas extras no es solo un tema espinoso para las empresas y el Ejecutivo, sino un hecho al que se resisten miles de trabajadores.

Samuráis modernos para quienes la resistencia física y mental, como en el pasado, se vuelve una suerte de recompensa honorífica y un modo de aceptación social por la que lo sacrifican todo.

Calidad de vida versus capital, ¿batalla perdida?

El primer ministro Shinzo Abe, intentó promover una ley para reducir a 100, el número de horas extras que un empleado debe trabajar, pero para Emiko Teranishi, directora de la Asociación de Víctimas de Karoshi, el proyecto "es una tontería". Para los médicos, alcanzar las 80 horas extras aumenta considerablemente el riesgo de muerte por exceso de trabajo.

Japón ni siquiera ocupa los primeros cinco puestos en el ranking de los países con las jornadas laborales más extensas. Corea del Sur, México, Rusia y Estados Unidos están por encima. Pero, el kiroshi, para la asociación de victimas, cobra más vidas que los accidentes de tránsito.

"He intentado suicidarme varias veces. Renuncié porque mi jefe me acosaba laboralmente. Tenía una relación enfermiza con los empleados", explicó el joven Yamato Nakamura. Su jefe registraba que su jornada laboral se reducía a ocho horas y media, cuando en realidad trabajaba más de 11.

Yumiko Iwasaki intenta revolucionar la forma en la que se concibe el trabajo en su país. Hace 13 años creó una empresa de cosméticos y eliminó las horas extras. Trabaja con mujeres en jornadas limitadas de trabajo, sobre todo para ayudar a las que tienen hijos, sin que esto afecte el crecimiento económico de su compañía.

Así, trata de debilitar la cultura laboral en Japón en la que el descanso es sinónimo de pereza. Pero a fin de cuentas, el ocio, entendido como un espacio para la reflexión y la creatividad, da réditos mayores que los que un contador podría calcular.

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