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Irán: una República Islámica que resiste

Un hombre iraní sostiene un retrato del fallecido líder y fundador de la revolución islámica, el Ayatollah Jomeini durante un mitin en la plaza Azadi en Teherán, el 11 de febrero de 1999.
Un hombre iraní sostiene un retrato del fallecido líder y fundador de la revolución islámica, el Ayatollah Jomeini durante un mitin en la plaza Azadi en Teherán, el 11 de febrero de 1999. Damir Sagol / Reuters

Cuatro décadas después de la caída de la monarquía, los líderes de la revolución conservadora supieron mantener a flote su modelo. Pese al aislamiento, Irán continúa pesando sobre el ajedrez geopolítico. Repaso histórico de esa trayectoria.

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El 1 de abril de 1979 se proclamó la República Islámica de Irán tras un abrumador respaldo popular a través del voto. Fue la primera etapa de instalación del nuevo poder que ha logrado mantenerse durante los últimos 40 años. Los nuevos hombres fuertes del país prometían en ese entonces una gobernanza con principios religiosos "sin dejar de ser democrática".

Dos meses antes, las fuerzas armadas iraníes se habían declarado neutrales en la crisis en curso, precipitando así la caída del Estado imperial. Recién regresado de 15 años de exilio, Ruhollah -el "espíritu de Dios"- Jomeini, máxima autoridad religiosa para millones de musulmanes, se convirtió entonces en el nuevo hombre fuerte del país.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca le puso un brusco fin al apaciguamiento de las relaciones exteriores de la República Islámica. Su economía vacilante, dependiente en buena medida de los hidrocarburos, sufre las sanciones de Washington y no tiene la capacidad de sacar a los millones de iraníes que se encuentran en la precariedad. No obstante, los dirigentes actuales, vieja guardia revolucionaria aún, no le temen a los retos y nada vislumbra el desmoronamiento de su poder.

Los persas se enorgullecen de una milenaria historia de imperios y dinastías, cuya influencia traspasó los continentes. Pero a partir de la época colonial, al igual que sus vecinos, Irán terminó siendo un peón de los intereses de las potencias industrializadas.

Durante el siglo XX, dos golpes de Estado fueron fomentados del exterior, en 1921 y en 1953. El segundo reforzó los poderes de Mohammad Reza Pahlaví, último sah, monarca de Irán, y puso fin a la ola liberal nacionalista encarnada por el Primer ministro Mohammad Mosaddeq, derrocado en esa ocasión.

Un sah que amontonó los rechazos y un ayatolá que los recuperó

Fueron estas fuerzas ocupantes, que se quedaron hasta 1946, las que sustituyeron al rey en funciones a favor de su hijo, Mohammad Reza Pahlaví, último sah, monarca de Irán. Aunque los tanques habían dejado su país, el yugo del exterior sobre la agenda nacional se hizo cada vez más fuerte a medida que la Guerra Fría se instaló en Medio Oriente. Un periodo durante el cual se consolidaron los preceptos panarabistas, impregnados de socialismo y de descolonización, y se conjugaron con el despliegue de la producción petrolera.

A partir de ese momento, a marchas forzadas, el sah Pahlaví planteó transformar en profundidad a Irán. Una llamada "Revolución Blanca" que transcribía la voluntad del sah de llevar su país hacia un modelo occidental y sus primeras batallas fueron los derechos civiles de las mujeres y un amplia reforma agraria. En ambos casos, el poder chocó con el prepotente clero.

Opuestos por norma islámica a cualquier emancipación de la mujer, los líderes religiosos eran también unos notables beneficiarios del sistema feudal que regía al campo iraní; siendo importantes terratenientes, cuya potencia fue debilitada por el sah, quien distribuyó títulos a la población. Obsesionado en ese momento por contrarrestar la influencia comunista, el poder menospreció tanto a los mulás como a la franja tradicionalista de la población que los seguía.

En junio de 1963, decenas de miles de personas se manifestaron en contra del sah en las calles de Teherán tras el arresto de Ruhollah Jomeini, debido a sus vehementes críticas de las reformas que se emprendían. La campaña a favor de su liberación alentó a los conservadores en todo el pais. Fue mientras se encontraba preso que Jomeini gozó del reconocimiento por sus pares del título de "ayatolá" un "sabio” del Islam chiita, y empezó a tomar un protagonismo crucial. En 1964, fue expulsado del país.

Las dos caras de Irán a 40 años de la Revolución Islámica

A partir del choque petrolero de 1973 que socavó a las finanzas del reino, el poder sah se encontraba cada vez más cuestionado internamente. Desde su exilio, fue el ayatolá Jomeini que fructificó este repudio.

"Curiosamente, el descontento generalizado no fue aprovechado por la Unión Soviética, enemigo de Estados Unidos, sino por este personaje, que era un mito vivo", explicó a France 24 José Ángel García, director del Departamento de Historia de la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá . "Él representaba esa honradez que iba a la par con los ideales de una parte importante del pueblo", agregó.

En septiembre de 1978, el movimiento de protesta alcanzó un punto de inflexión. El 8, con tanques y helicópteros, el Ejército reprimió a los manifestantes, causando decenas de muertes, día que se denominó como el "viernes negro". Al lema "¡Muerte al sah!" se agregó ahora "¡El Islam es la solución!" y florecieron los retratos de Jomeini en las calles, quien ya tildaba a la monarquía de "ilegitima".

El regreso triunfal de Jomeini y la instalación del nuevo poder

En posicionamiento internacional, el opositor navegaba sobre la corriente de los No-Alineados de la Guerra Fría. "Los militantes desfilaban en las calles de Teherán pisando tres banderas: la de EE. UU., la de Israel y la de la Unión Soviética, tres países considerados por los ayatolás como enemigos de Irán", comentó José Ángel García.

En las ciudades iraníes, las sangrientas protestas se convirtieron en el pan de cada día. El 16 de enero de 1979, desestimado por sus socios internacionales, el sah abandonó su trono del Pavo real y su reino.

El primero de febrero de 1979, Ruhollah Jomeini regresó triunfalmente a Irán a bordo de un avión facilitado por Air France. Millones de iraníes lo esperaban. El islamismo chiita encontró en buena medida su fuerza en el mito del imán Husáyn, uno de los fundadores de esta religión ejecutado durante el siglo VII, pero también con Mahdi, un clero permanecería oculto. "El alma de Husáyn regresó. ¡Las puertas del paraíso se volvieron a abrir! Llegó la hora del martirio", se gritaba entonces en las calles de Teherán.

El proceso revolucionario impulsado por Jomeini se caracterizó por juntar muchas corrientes. Los ideales igualitarios de sus conceptos enfrentaron con éxito la imagen corrupta del poder del sah. Sin embargo, la purga no se hizo esperar.

"Se aplicó un tremendo proceso de represión contra la población, no solo contra los que habían sido funcionarios o que habían apoyado al antiguo régimen, sino también contra los que habían estado en la oposición ante la monarquía, pero que no eran islámicos, como en el caso de los socialistas", dijo el profesor García.

Oponerse al imán Jomeini es "oponerse a Dios". Con esta orden y frente al apoyo popular masivo, los últimos militares juraron lealtad al ayatolá el 11 de febrero y la monarquía cayó oficialmente.

Jomeini y sus partidarios prometieron gobernar con las normas islámicas, así que tuvieron que acomodar las instituciones para ello. "Había antecedentes sobre los cuales se pudieron agarrar sin mayor problema, las estructuras islámicas, el derecho islámico y la manera de pensar en cuanto a la sociedad, que existían incluso antes de la monarquía Pahlaví", señaló el historiador García.

Un sistema constitucional y teocrático que permitió al régimen estabilizarse, pero que no carece de paradojas. En Irán, no hay oposición autorizada que salga del marco islámico. No obstante, hubo más de 30 escrutinios en 40 años, señal de una voluntad de confortación de legitimidad y de importantes pulsos internos.

Apenas conformada, la República islámica demostró que una de sus esencias era desafiar al mundo. El 4 de noviembre de 1979, en Teherán, centenares de manifestantes atacaron la embajada de EE. UU. con la complacencia de las autoridades. El personal de la sede diplomática, unos 66 funcionarios, fueron tomados como rehenes durante meses. La operación secreta de Washington para tratar de liberarlos fracasó, provocando la muerte de varios militares. Desde entonces, ambos países no sostienen relaciones formales e iniciaron las primeras olas de sanciones.

Una república islámica que ganó en legitimidad en medio de la guerra

Pero el momento clave y fundador de la política exterior iraní actual es una guerra poco mencionada. En septiembre de 1980, desde Irak, el recién posesionado Sadam Huséin ordenó a sus tropas invadir a Irán, apostando por su debilidad en la confusión posrevolucionaria. Tuvieron lugar ocho años de violentos combates, que dejaron centenares de miles de muertes entre los dos vecinos. Un momento trágico para ambas naciones, pero una manera para los ayatolás de asentar a su legitimidad y usar el sentimiento patriótico de la población al enfrentar una agresión.

De trasfondo, el expansionismo. Jomeini no ocultó las pretensiones de exportación de la revolución que lideró. "Irán se ha erigido en una especie de representante del mundo islámico chiita que se enfrenta al mundo sunita apoyado por Arabia Saudita y Estados Unidos", precisó el profesor García a France 24. Una postura fuerte teniendo a su vecino iraquí con una mayoría chiita y un Gobierno sunita. Más adelante, además de Irak, Irán ubicó fuerzas en Líbano y más recientemente en Siria.

Más tarde, durante los otros conflictos del Golfo, Irán se empeñó en posicionarse como una potencia estabilizadora e intentó desarrollar mayores relaciones con sus vecinos. Pero los atentados de septiembre de 2001 en Nueva York sacudieron esta dinámica. George W. Bush designó al país, junto a Corea del Norte e Irak, que invadió en 2003, en su llamado “Eje del mal”.

Marginado del escenario internacional, el poder de los ayatolás no desaprovecha la situación. El aislamiento de la nación ha permitido, en interno, justificar la designación de los enemigos. "El sostén del régimen es la denuncia de la maldad de Occidente y del sionismo israelí", recordó García. Los ataques en contra de Israel siempre han formado parte del discurso de los líderes de la República Islámica.

Por otra parte, la cuestión nuclear comprometió durante años un posible desenclave de Irán. El tumultuoso y ultraconservador Ahmadineyad, presidente de 2005 a 2013, imposibilitó la formalización de cualquier negociación, pero su sucesor moderado, Hasán Rohani, lo logró.

Fue Rohani quien ha sufrido en primer lugar las consecuencias de que Donald Trump haga trizas el inédito acuerdo firmado en 2015 con seis potencias. El presidente triunfó para un segundo mandato, en 2017, a raíz del éxito de las negociaciones. En minoría, la bancada conservadora podría recuperar fuerza e incluso volver al poder ante las dificultades del actual mandatario, lo cual podría suponer otra ruptura a nivel internacional.

En cuanto a la Revolución islámica, sus promesas quedaron en veremos. Hace 40 años, los ayatolás prometieron, entre otros puntos, la distribución de las riquezas, la igualdad y el fin de la corrupción. Hoy, Irán cuenta con más ingenieros que Francia, pero no hay trabajo. Los menores de 30 años representan a la mayoría de la población, no han conocido nada más que el régimen actual y su mitología revolucionaria.

El respaldo popular sigue vigente para la República Islámica, tal como lo demuestran las altas cifras de participación en las elecciones. Pero, con su instalación cuatro décadas atrás, este poder usó la fuerza para aplastar las subversiones o simples protestas. El Estado de los ayatolás no se habría podido mantener solo con represión, pero es un elemento clave que no se puede menospreciar.

En 40 años, 860 periodistas fueron "arrestados o ejecutados" en Irán, según Reporteros Sin Fronteras. La ONG Amnistía Internacional, por su parte, reveló que tan solo en 2018 unas 7.000 personas fueron detenidas.

El conteo oficial de la votación del 30 y 31 de marzo de 1979 reveló que más de 20 millones de iraníes, el 99 % de los sufragios, se pronunciaron a favor de la instauración del régimen actual. Según los opositores, que permanecieron en su mayoría exiliados a lo largo de las últimas décadas, este apoyo popular quedó siendo parte de la euforia inicial de la revolución, y se esfumó al igual que sus promesas.

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