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Leopoldo López, el peso de un lustro tras las rejas del chavismo

El líder opositor Leopoldo López el 18 de febrero de 2014 en Caracas, Venezuela, antes de entregarse a la Guardia Nacional luego de que el presidente Nicolás Maduro ordenara su captura por presunta incitación a la violencia.
El líder opositor Leopoldo López el 18 de febrero de 2014 en Caracas, Venezuela, antes de entregarse a la Guardia Nacional luego de que el presidente Nicolás Maduro ordenara su captura por presunta incitación a la violencia. Leo Ramírez / AFP

El líder opositor Leopoldo López cumple hoy cinco años como prisionero tras el desarrollo de un juicio sin pruebas en el que el Gobierno de Nicolás Maduro lo señaló por conspiración.

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Cinco febreros atrás, Leopoldo López aún era libre. El peso del chavismo todavía no lo había obligado a entregarse a la Guardia Nacional para cumplir con la orden de captura en su contra que había dictado Nicolás Maduro por presunta incitación a la violencia. Pero al caer la tarde del día 18 del segundo mes de 2014 su condición cambió, pasó de líder a prisionero.

La imagen que selló su paso de las calles a las rejas se dio luego de que pronunciara su último discurso político. Con el rostro sudoroso y ante las masas que veían en él la esperanza de desprenderse de la herencia oficialista, envolvió una bandera de Venezuela entre sus puños y, a pocos centímetros del monumento a José Martí en Caracas, la figura metálica que rinde homenaje al llamado héroe de la independencia de Cuba, prometió no rendirse. Se lo juró a la patria, a su partido y a su esposa, Lilian Tintori.

Para entonces, este hijo de los empresarios y directivos de medios de comunicación Leopoldo López Gil y Antonieta Mendoza, que se graduó como sociólogo en el Kenyon College de Ohio, Estados Unidos, y cursó una maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Harvard, confiaba a ojos cerrados en la fuerza del pueblo y, aunque tenía claro que su reclusión podría extenderse durante varios meses, esperaba que se convirtiera en el detonante necesario para generar un cambio que derivara en la salida de Maduro. Su deseo no se cumplió, pero volvió a la mente de muchos con la proclamación de Juan Guaidó como presidente interino el pasado 23 de enero.

La disputa política entre López y Chávez

Los ocho años de trayectoria política que labró al frente de la Alcaldía de Chacao, uno de los distritos caraqueños más populares, fue truncada por el mismo Hugo Chávez en el 2008, al prohibirle tajantemente las candidaturas a cargos de elección popular, argumentando, como lo hizo con varios opositores más, la supuesta malversación de recursos populares. Pese a ello, un fallo a su favor por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos le abrió de nuevo la puerta a sus aspiraciones, al determinar que sus derechos habían sido violados con esa inhabilitación, lo que dio inicio a una puja por sus postulaciones entre su frente y la Corte Suprema de Justicia venezolana que, desafiando a la CIDH sostuvo el veto.

En medio de la disputa, el fuego diplomático de este descendiente de Simón Bolívar y bisnieto del primer mandatario venezolano, Cristóbal Mendoza, no se apagó. Un día después del rechazo de la sentencia de la CIDH por la Corte, prometió que se lanzaría a la Presidencia, idea que naufragó tres meses después, cuando se retiró para apoyar a Henrique Capriles.

Un año después, en octubre de 2012, la derrota en las urnas destruyó de nuevo los esfuerzos de la oposición. Chávez se impuso sobre Capriles con una diferencia del 11% de los votos y, con ello, Leopoldo quedó a la deriva en una marea de comparaciones políticas que fragmentaron la movilización opositora hasta que, dos años más tarde, un tribunal emitió la orden de arresto que lo responsabilizaba de la muerte de varias personas en una protesta antigubernamental.

Las mareas opositoras que renovaron la esperanza

Las manifestaciones antichavistas siguieron. Miles de venezolanos salían a las calles para exigir el fin del que ya consideraban como todo un “régimen”, a pesar de la muerte de Chávez, en marzo de 2013, y de la llegada de Maduro a Miraflores. Acusado por el Gobierno de conspirador, asesino y terrorista, Leopoldo fue recluido en la Cárcel de Ramo Verde luego de que el mundo centrara su atención en la plegaria de miles de simpatizantes porque no se convirtiera en otro preso más aislado y sin garantías.

El último beso en libertad que le dio a Lilian hizo parte de los registros que conmovieron a Latinoamérica. La silueta de una especie de Bolívar moderno se herejía sobre sus hombros. Más allá de la fortaleza, 48 horas después, en una audiencia, la Fiscalía retiró las imputaciones por terrorismo y asesinato. Libre de ese peso, se encendió para él una nueva luz. Hasta que, en abril de 2014, el fiscal general anunció la acusación formal por daño patrimonial e incendio premeditado en edificación pública, noticia que recibió en la soledad de su celda, con varios kilos menos y con semanas sin ver a su familia, lo que activó potentes protestas en defensa de su inocencia.

El impacto de la prisión se hizo más fuerte cuando, el 10 de septiembre de 2015, confirmaron su sentencia a 13 años, 9 meses y 7 días de cárcel. La indignación se apoderó de Caracas y se generaron enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Casi dos años después, en mayo del 2017, el video de una supuesta prueba de supervivencia disipó los rumores sobre su agónico estado de salud. Notablemente descompuesto, con los huesos un poco más a la vista y la barba tan larga como sus días en reclusión, la imagen de Leopoldo se grabó en la retina de los opositores, que marcharon contra la restricción de las visitas de sus abogados y hasta de su esposa.

No, en el juicio de Leopoldo no hubo pruebas. Sus abogados se quedaron con las ganas de apelar. Lo suyo fue un proceso ensombrecido por la imposición de las peticiones enviadas desde Miraflores. Pero las huellas de sus meses en Ramo Verde cobraron factura y, en julio de 2017, el Tribunal Supremo de Justicia decidió autorizar su prisión domiciliaria en un atisbo de cordura. Frente a una caravana de seguidores, retornó a casa y, a riesgo de ser trasladado nuevamente a la penitenciaría, envió mensajes de fuerza política a través de su cuenta de Twitter, los últimos que publicó en esta plataforma.

Aquel 17 de septiembre, aseguró estar convencido de lograr, tarde o temprano, la conquista de la democracia. Un mensaje de fe en medio de la incertidumbre que, para él, su familia y los opositores, se posterga hasta hoy, cuando cumple un lustro tras las rejas del chavismo. Cinco años tras la opresión que lo convirtió, ante Amnistía Internacional, en un preso de conciencia.

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