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OPINIÓN

Manejo de casos de pederastia en la Iglesia, la prueba de fuego del papa

El Papa Francisco es visto durante el último día de la reunión de varios días sobre la crisis mundial de abuso sexual, en el Vaticano, 24 de febrero de 2019.
El Papa Francisco es visto durante el último día de la reunión de varios días sobre la crisis mundial de abuso sexual, en el Vaticano, 24 de febrero de 2019. CTV vía Reuters

La crisis de la Iglesia chilena está comenzando a extenderse a los otros países del continente más católico del mundo. Los graves delitos de abusos sexuales forzaron al papa a convocar a un histórico encuentro del que se esperan medidas concretas.

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Hace poco más de un año, el papa Francisco culminaba en Chile una de sus visitas más controvertidas y menos masivas de las que se tiene registro en la historia de los viajes papales. Escasas personas en los actos públicos, un grupo de víctimas intentado acercarse inútilmente al pontífice, para rematar con el exabrupto con que Francisco enfrentó a un grupo de periodistas que le pidieron su opinión respecto de la presencia del controvertido obispo Juan Barros en los actos públicos: “Tráiganme pruebas”, dijo molesto.

Solo unos días después, en el avión que lo traía de regreso de Perú, anunciaba el envío de un grupo selecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encabezado por el arzobispo de Malta, Charles Scicluna, para investigar a la Iglesia chilena. Era una señal clara que el papa había comprendido que la crisis era profunda.

La crisis que unió a la Iglesia conservadora y progresista en Chile

La historia podría parecer un buen guión de una serie de Netflix. Una iglesia dividida en los años 70 –de acuerdo a la posición que tomaron en la dictadura de Pinochet- entre “conservadores” y “liberales”, que luego, a partir del año 2010, se unían transversalmente por un mismo flagelo: los abusos sexuales. Primero cayeron los ligados a la élite del país, gracias a la denuncia de un grupo de valientes laicos que habían sido abusados por Fernando Karadima, un carismático sacerdote adorado por empresarios y líderes de la derecha chilena.

El caso, implicó que esa misma élite saliera en una férrea defensa de su pastor y que la jerarquía de la Iglesia de Santiago archivara el caso pese a las pruebas y testimonios. Luego vendrían las denuncias que incluían una larga lista de obispos y párrocos, además de prácticamente todas las congregaciones presentes en Chile.

Pero el cuadro se completaría, a mediados de esta década, con las acusaciones a varios sacerdotes ligados a la lucha contra la dictadura, encabezados por el emblemático Cristian Precht. Hace solo unos meses, tanto Precht como Karadima fueron expulsados del sacerdocio, algo inédito en la Iglesia mundial.

Y las cifras hablan por sí solas. Actualmente, la justicia investiga a 221 sacerdotes y ocho obispos. Chile se ha convertido en el país con menos católicos de todo el Continente (según la encuesta Latinobarómetro de 74% en 1995, a diferencia del 44% en 2018). El único cardenal que tiene Chile está siendo investigado por encubrimiento en el caso Karadima, el papa le aceptó la renuncia a cinco obispos el año pasado y se espera que en los próximos meses varios otros obispos sean removidos.

Juan Carlos Cruz, junto a James Hamilton y José Andrés Murillo, iniciaron este proceso de develar una conducta delictual que existía desde siempre en la Iglesia chilena. El camino fue duro. Los descalificaron sus pares, la élite –sacaron insertos en los principales diarios para defender a Karadima-, y por supuesto la jerarquía de la institución.

Pero hoy las cosas han cambiado. De hecho, el año pasado fueron invitados por el propio pontífice a un encuentro en su residencia personal, en paralelo a la llegada a Roma de la Conferencia Episcopal en pleno –hospedados en hoteles de la ciudad y no El Vaticano- para para escuchar el crudo informe de Scicluna.

La Iglesia chilena fue la primera en vivir esta crisis profunda en Latinoamérica. Todo indica que las denuncias van comenzando a aparecer en el resto de los países, especialmente en Perú, donde 76% se declaran católicos. En Europa lo mismo empieza a replicarse en España y Alemania, siguiendo los pasos de las Iglesias que primero experimentaron la misma crisis: Estados Unidos, Australia e Irlanda.

Histórico encuentro para enfrentar los abusos sexuales en menores

Hace poco más de una semana, El Vaticano convocó a un encuentro –llamado “La protección de los menores en la Iglesia”- mundial histórico e inédito. El papa, en presencia de los representantes de todas la Conferencias Episcopales y Congregaciones del mundo, hizo un llamado a terminar con las “obvias y simples condenas” y establecer medidas “concretas y eficaces”. Durante tres días, los obispos y religiosos debatieron, reflexionaron y escucharon testimonios, incluido el de Juan Carlos Cruz, quien en su intervención señaló: "Ustedes son los doctores de las almas y, sin embargo, con excepciones, se han convertido en algunos casos en los asesinos de almas, en los asesinos de la fe".

Pero tal vez uno de los testimonios más significativos fue el entregado por el arzobispo de Múnich, Reinhard Marx, quien denunció la destrucción de expedientes de casos de abusos por parte del Vaticano. Es decir, conductas delictuales y mafiosas en el nivel más alto de la Iglesia.

Sin duda, esta fue una señal clara del papa -en complicidad con Marx- de que los cambios serán difíciles, pero que está dispuesto a enfrentarlos, a costa de lo que sea. Si hay algo que da esperanzas es que el pontífice argentino parece haber vivido un proceso en que ha terminado por convencerse que esto es más grave y profundo de lo que pensaba cuando asumió en 2013.

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Y tiene razón Bergoglio cuando dice que deben terminar las simples peticiones de perdón –  que irritan cuando vienen de obispos procesados, como el cardenal Ezzati-, por tanto, también se espera de él un anuncio potente que apunte en la dirección de una transformación de esta institución que se ha caracterizado por cambios lentos que a veces han demorado décadas.

Pero esta vez la institución está en riesgo real, por tanto, los ritmos deberían ser distintos.

El papa tiene, a la brevedad, que hacer un anuncio concreto –partiendo por renovar a muchos cardenales y obispos para que pueda contar con un grupo que le dé confianza para conducir un cambio- o convocar a una instancia que dirija la transformación, como en su momento fue el Concilio Vaticano Segundo. De lo contrario, su credibilidad no solo estará en juego, sino que corre el riesgo de que las intrigas y conductas de la curia romana terminen por imponerse.

* Germán Silva Cuadra es analista político en Chile y colaborador de France 24

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