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Siria: ocho años de guerra y Bashar al-Asad en pie

El conflicto sirio es uno de los más destructivos de la Historia reciente: se calcula que, solo en 2018, 1.106 niños murieron en combates.
El conflicto sirio es uno de los más destructivos de la Historia reciente: se calcula que, solo en 2018, 1.106 niños murieron en combates. Delil souleiman / AFP

La batalla por expulsar definitivamente al grupo Estado Islámico marca el octavo aniversario del alzamiento sirio. Cerca de 360.000 personas han muerto y millones han sido desplazados.

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Mientras los argelinos salen a diario a la calle para clamar contra el presidente Abdelaziz Bouteflika para apartarlo del poder, a muchos les da por recordar con nostalgia los días de la Primavera Árabe. Aquel 2011, en que como un reguero de pólvora las protestas se extendieron desde Túnez hasta Yemen pasando por Egipto o Libia, los ciudadanos clamaban paz , libertad y justicia social. Y sobre todo, la caída de un puñado de gobernantes que habían estado al frente de férreas dictaduras que durante años habían suprimido cualquier atisbo de libertad.

El 15 de marzo de aquel año fue el pistoletazo de salida en Siria de las manifestaciones contra Bashar al-Ásad. Con lo que sabemos ahora de la situación del país, de la destrucción, los desplazamientos, del enraizamiento del grupo Estado Islámico, es difícil recordar que aquellas protestas legítimas contra la dictadura lo fueron realmente. O incluso que existieron, en un contexto que nacía con vocación pacífica. Pero ocho años después, lo que pretendía hacer caer un gobierno, se ha tornado en una guerra civil, que, lejos de acabar, a pesar de que Ásad ahora controle la mayor parte de Siria y las líneas de frente parezcan estables entre el territorio del gobierno y dos grandes enclaves en el norte y el este que aún están fuera del control de Damasco, dejará heridas que no serán fáciles de curar.

Todo lo que en 2011 impulsó a la gente a salir a protestar es aún peor hoy: más pobreza, más desigualdad, más violencia, menos libertad y menos perspectivas de futuro.

Y si una imagen vale más que mil palabras, sirva como ejemplo que en la ciudad sureña de Deraa, donde arrancaron aquellas protestas en 2011, el pasado domingo los sirios volvieron a manifestarse por la construcción de una nueva estatua del difunto padre del presidente Bashar al-Ásad Siria. La estatua original fue destruida al inicio de la revuelta.

Testigos y manifestantes citados por la agencia Reuters aseguran que caminaron por el casco antiguo de la ciudad devastada por la guerra, pidiendo el derrocamiento de Ásad: “Siria es nuestra, no para la casa de Ásad”, gritaban los ciudadanos mientras las fuerzas de seguridad cerraban el área para impedir que residentes de otras partes de la ciudad se unieran a la manifestación.

Esta fotografía publicada por la Agencia de Noticias Árabe Siria (SANA, por sus siglas en inglés) muestra al presidente de Siria, Bashar al-Ásad, mientras preside el comité central del partido gobernante Baath en Damasco el 7 de octubre de 2018.
Esta fotografía publicada por la Agencia de Noticias Árabe Siria (SANA, por sus siglas en inglés) muestra al presidente de Siria, Bashar al-Ásad, mientras preside el comité central del partido gobernante Baath en Damasco el 7 de octubre de 2018. Sana / vía AFP

La guerra en Siria ha dejado más de 360.000 víctimas mortales

La guerra civil siria cumple ocho años este 15 de marzo con más de 360.000 personas muertas, millones de desplazados y una devastación que se calcula al menos en 400.000 millones de dólares. El conflicto es uno de los más destructivos de la Historia reciente: se calcula que, solo en 2018, 1.106 niños murieron en combates, la cifra más alta desde que comenzó la guerra, según cifras de UNICEF.

Pero esa cifra que no ha dejado de aumentar desde que la organización de Naciones Unidas para la infancia empezó a recabar datos en 2014: en los últimos 3 años la cifra se ha duplicado. Henrietta Fore, directora ejecutiva de UNICEF, expresaba su preocupación en un comunicado de prensa: “la gente cree que el conflicto está terminando, pero muchos niños siguen tan expuestos al peligro como en cualquier otro momento de los pasados ocho años”.

Y es que los números solo rascan la superficie de la tragedia. Con un conflicto que Ásad parece tener ganado, problemas más acuciantes han ahondado sus raíces y harán difícil cualquier recuperación. Por un lado aquellas zonas opositoras que padecieron los bombardeos pueden no estar bajo asedio ahora, pero continúa la escasez de combustible, frecuentes cortes de energía, desempleo y una pobreza rampante. Además, hay denuncias de que el gobierno se apropia de tierras y las ejecuciones, así como las desapariciones forzadas, continúan.

Reconstruir el país, según cifras de la ONU costará en torno a 250 billones de dólares.

Reportaje exclusivo en Siria: la determinación de los últimos combatientes de Estado Islámico

Por otro la intervención extranjera. Respaldado por Rusia e Irán, las fuerzas de Ásad ahora controlan casi dos tercios del país. El despliegue de tropas turcas en el noroeste del país, en Idlib, ha permitido un acuerdo de alto el fuego en la zona en poder de facciones cercanas a la antigua afiliada de Al Qaeda en Siria. Pero la propia Turquía ha quedado atrapada en el laberinto sirio, ocupando militarmente la región de Alepo rural. Es la única zona en que la reconstrucción ha empezado, pero lo hace respondiendo a los intereses turcos y con crecientes tensiones incluso entre la población local más opuesta a una vuelta del régimen de Ásad.

Siria, un país devastado entre injerencias e intereses

Sin embargo, algunas áreas clave permanecen todavía fuera del control de Damasco, incluida una franja del noreste rico en petróleo que mantienen las fuerzas lideradas por los kurdos apoyados por Estados Unidos que luchan contra el grupo de Estado Islámico. Muchos analistas consideran que el de Siria es un panorama desolador donde tras ocho años de guerra las potencias extranjeras han entrado para quedarse: Rusia apoyando con tropas y ataques aéreos desde 2015; Irán con combatientes chiítas y asesores. Pero ninguno de esos dos países tiene la capacidad de apoyar económicamente la reconstrucción de Siria. Ahí entran otros actores como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, que ha reabierto su embajada en Damasco.

Algunos proponen ya su readmisión en la Liga Árabe pero la falta de unidad de los países árabes sobre su postura ante Ásad deja el camino libre para otras injerencias. Turquía tiene sus propios intereses: acabar con los kurdos que han tomado fuerza e imponer su presencia en el norte. Gran parte de la oposición está dispersa en el exilio, pero además, en algunas zonas dentro de Siria, los activistas denuncian que muchas facciones opositoras se han convertido en mercenarias que solo intentan llegar a un acuerdo que evite el mal mayor, la completa división del país, en favor de un solo dictador.

Informe desde Qamshli: La guerra en Siria ha dejado más de 360.000 víctimas mortales

El último asalto al grupo Estado Islámico enmarca la conmemoración de los ocho años de guerra

Mientras tanto, estos días en Baguz se combate a los remanentes del Estado Islámico, cuyo final sobre el terreno no significará sin embargo que se acabe con los yihadistas que encontraron un caldo de cultivo ideal para el proselitismo en la guerra civil siria.

Una fotografía tomada en la provincia de Deir Ezzor, en el este de Siria, muestra explosiones después de los bombardeos de las fuerzas respaldadas por Estados Unidos en la asediada represión de Baguz al grupo del Estado Islámico, el 11 de marzo de 2019.
Una fotografía tomada en la provincia de Deir Ezzor, en el este de Siria, muestra explosiones después de los bombardeos de las fuerzas respaldadas por Estados Unidos en la asediada represión de Baguz al grupo del Estado Islámico, el 11 de marzo de 2019. Delil Souleiman / AFP

Desde que se reanudó la ofensiva el domingo 10 de marzo, 3.000 miembros de Daesh se han rendido, según Mustefa Bali el portavoz de las Fuerzas Democráticas Sirias (la alianza kurda-árabe respaldada por EEUU que lidera la contienda). Alrededor de 60.000 personas han salido del territorio controlado por el EI desde diciembre, según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, alrededor de una décima parte de ellos son presuntos yihadistas. Este éxodo masivo, además, ha provocado una crisis humanitaria en los campamentos para los desplazados kurdos, donde las mujeres y los niños han llegado exhaustos después de semanas de asedio, pero también porque muchos de los recién llegados son las esposas e hijos de presuntos yihadistas extranjeros, cientos de los cuales están detenidos por las fuerzas kurdas.

En Europa la principal preocupación es contener no solo ese flujo migratorio que ha radicalizado las posturas de la Unión sobre el tema migratorio y favorecido políticas de intercambio en el que la inversión económica, como fue el caso de Turquía, confiaba en contener la presión.

Se espera que muchos sirios regresen pero la vuelta no será fácil. Ni por la presión política ni por la económica. En declaraciones recientes el comisionado de ACNUR, Filippo Grandi,  subrayaba la importancia de que se les permita operar en Siria para ayudar a los retornados a afrontar el regreso. Para Grandi los “principales desafíos” que impiden que muchos regresen a sus hogares, incluirían “cuestiones de seguridad, legales y administrativas, vivienda, escuelas, agua y atención médica”. Problemas que no parecen ser posibles de solucionar en una Siria en la que, si bien Ásad puede haber garantizado su supervivencia política, no tiene garantías de hacerlo en un país sino en un rompecabezas que necesitará mucho tiempo y esfuerzo para volver a encajar.

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