Saltar al contenido principal

La vida de los jóvenes nicaragüenses que migraron forzosamente

Archivo: Una mujer sostiene el mensaje "Pueden tomar nuestras vidas, pero no nuestra libertad" durante una misa al aire libre, que exige el fin de la violencia en el país, el 28 de abril de 2018.
Archivo: Una mujer sostiene el mensaje "Pueden tomar nuestras vidas, pero no nuestra libertad" durante una misa al aire libre, que exige el fin de la violencia en el país, el 28 de abril de 2018. Rodrigo Arangua / AFP

Sueños truncados, metas interrumpidas, separaciones dolorosas y una generación completa de jóvenes que comienza a sufrir los rezagos psicológicos de la migración forzada que sorprendió a miles de nicaragüenses luego del estallido social de 2018.

Anuncios

El 9 de octubre la joven Marielis Aguirre tomó un avión consciente de que al menos en varios años no volvería a ver a su pequeña hija. Lloraba desconsolada junto a su hermana y prima en el lobby del aeropuerto de Managua. Era un adiós forzado. El viaje transatlántico hacia París y luego España tardaría casi 24 horas, donde repesaría en su mente los motivos suficientes para tomar fuerzas ante la inesperada situación. Abordar fue la decisión "más difícil de su vida", afirma.

La joven vivió la migración forzosa o auto exilio económico y explica que desde mayo de 2018 había perdido su empleo como miles de nicaragüenses que vieron sus finanzas en declive luego de que la crisis política en Nicaragua paralizara la economía local y disparara la tasa de desempleo ya existente. Más de 400.000 personas quedaron sin trabajo producto de la crisis de 2018, según constató la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social, Funides, entre ellos, Marielis.

El vuelo de Aguirre además de tardado fue tenso; al subir encontró a otros 35 nicaragüense con rumbo a España en similares condiciones. Recuerda que nadie se atrevía a cruzar miradas ni decir que se conocían porque pondría en riesgo el plan migratorio. Aguirre cuenta que su plan ha funcionado hasta ahora. Tiene dos empleos; trabajos domésticos por la mañana y niñera de tarde. Aunque a veces resulte agotador sabe que corre mejor suerte que muchos. "Aquí en España está lleno de centroamericanos y personas de otros países que están viviendo en la calle", dice.

“Tengo 6 meses acá y es aún duro el saber que mi hija está lejos de mí. Que el país se cae y yo estoy aquí. Me siento impotente, pero sé que la decisión que tomé fue la mejor", cuenta Aguirre a France 24 desde su habitación en una comunidad al norte de España, donde una amiga de infancia la acogió.

Días antes de salir del país, la joven había despedido en el mismo aeropuerto a su papá, quién también migró por motivos económicos. Marielis admite que nunca se sintió amenazada por su posición política pero alimentar a su familia fue motivo suficiente para salir. "Cada que veo una noticia me dan ganas de tomar el próximo vuelo irme a Nicaragua y seguir en la lucha", asegura.

{{ scope.counterText }}
{{ scope.legend }}© {{ scope.credits }}
{{ scope.counterText }}

{{ scope.legend }}

© {{ scope.credits }}

"El exilio existe desde hace muchos años, pero yo no soy una exiliada política, porque no me perseguían ni amenazaban. Yo salí de mi país por un exilio económico porque si no, en mi casa no comíamos", comenta vía telefónica.

Consultada por su nueva vida cuenta que aún adeuda parte de los 3.000 dólares que prestó para iniciar su travesía. Luego de honrar la deuda, planea ahorrar y enviar remesas a su familia en Managua.

Para la joven la decisión fue un paso decisivo en su corta vida. El afrontar la migración ha significado un desafío mayúsculo que aún le genera consecuencias psicológicas que no consigue superar. "Te sentís triste. Yo he pasado por depresión, me he sentido mal. Extraño todo", comenta, al tiempo que agrega que "lo peor es sentirte impotente de no poder ayudar a tu gente".

Funides advirtió meses atrás que de no resolverse el conflicto político tendría efectos negativos a largo plazo en la calidad de vida de miles de personas en Nicaragua, considerado el segundo país más pobre del continente, tan solo después de Haití. "Existen alrededor de 1,2 millones de personas que, aunque no son pobres, están en riesgo de caer en situación de pobreza si llegan a perder su empleo o si su ingreso se reduce", cita el informe 'Proyección de la actividad económica para 2019'.

Esta situación ha llevado a muchos a migrar a destinos como Estados Unidos, España, Panamá y Costa Rica, en este último es donde se concentra la mayor diáspora de nicaragüenses. Sólo el año pasado se registró el ingreso de más de 50 mil “nicas”, de los cuales al menos 40 mil solicitaron protección al estado costarricense, según detalló la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH.

Katherine Estrada: "El exilio te ayuda a madurar"

"Nosotros dijimos; aquí nos agarran", recuerda Katherine Estrada, una comunicadora de 29 años que se involucró en las protestas callejeras antigobierno en Jinotepe, al sur del país, que le valió serias amenazas a su integridad por lo que decidió salir hacia Costa Rica en julio de 2018. La seguridad se había reforzado en Peñas Blancas, la frontera sur de Nicaragua, mientras el transporte donde viajaba estuvo retenido por varias horas.

Por esos días la joven permanecía en casas de seguridad en otras ciudades debido a las constantes amenazas de paramilitares y afines al Gobierno sandinista que llegaron a divulgar publicaciones en redes sociales poniendo precio por encontrarla bajo el argumento que ella era una "terrorista" que participó en un "fallido golpe de Estado". Ella se define como una ciudadana "auto convocada" que desea la "libertad" de su país.

{{ scope.counterText }}
{{ scope.legend }}© {{ scope.credits }}
{{ scope.counterText }}

{{ scope.legend }}

© {{ scope.credits }}

Previo a la crisis, la joven laboraba en el área de marketing de una empresa. Planeaba su vida junto a su pareja y pronto le entregarían la casa donde formaría su familia y por la cual había puesto todo su esfuerzo. La casa fue entregada y paga fielmente las mensualidades del préstamo pero aún no alcanzó a habitarla.

El exilio se interpuso. Adicionalmente incursionaba en un emprendimiento local. Todo quedó atrás el día que desempacaba en San José Costa Rica, donde amigos la recibieron mientras se instalaba para empezar de cero.

Aunque encontró trabajo, nuevos amigos y se sentía segura, sus cercanos notaron que su productividad había bajado, sufría ansiedad e incluso colapsos emocionales: De repente lloraba sin saber por qué o se ponía de mal humor. En enero de este año buscó ayuda profesional y su psicólogo le diagnosticó depresión y le recomendó medicarse.

Para Katherine estos meses han sido un desafío y afirma que "es importante respirar y estar consciente de cosas como la libertad, seguridad y ver lo bueno de lo malo". Aunque no hay día que pase sin que piense en su país se adapta a una nueva vida a largo plazo en otro. "Sueño todos los días con volver a una Nicaragua libre, justa, una Nicaragua donde los derechos realmente valgan", expresó.

"La CIDH también reitera su profunda preocupación por el desplazamiento forzado de miles de personas que han tenido que huir de sus hogares como consecuencia de las graves violaciones de derechos humanos que han ocurrido desde el inicio de las protestas de abril de 2018. Tal como lo señaló en su informe, como consecuencia de los hechos violentos y de diversas formas de persecución, estudiantes, manifestantes, defensores de derechos humanos, víctimas y sus familiares se han visto forzadas a huir de sus hogares y desplazarse a otras zonas del país", manifestó la CIDH el dos de agosto pasado de 2018.

Diego Lucero: "La violencia es tanta en Centroamérica que se llega a normalizar y sentir culpa"

Para Diego Lucero, técnico de atención psicosocial del área de defensa integral del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, los efectos pasan por lo que conoce como la "ruptura del proyecto de vida" de estas personas, que en muchos casos llegan sin tener consciencia plena del proceso del que son parte emocionalmente.

Ubicado en Tapachula, Chiapas, este centro de derechos humanos realiza un trabajo psicosocial y psicojurídico, donde acompañan a centroamericanos de forma emocional durante el proceso migratorio de asilo o refugio y conocen de cerca esta realidad. Según Lucero, una mayor afluencia de migrantes nicaragüenses "fue evidente" después de la crisis política de Nicaragua y comparte que con algunos casos de migrantes que huyen de la violencia en sus comunidades "es tanto el temor fundado que el mismo miedo se vuelve uno de los aliados y les da fuerza para poder continuar".

Lucero comenta que los signos más notorios en estos migrantes van desde lo físico a lo conductual, como dolor de cabeza, cuerpo, sentimiento de persecución, angustia, miedo frecuente, daño emocional, enojo, ira, entre otros. "Sienten que no les debió haber pasado lo que les pasó", manifiesta Diego, quien agrega que los migrantes expresan los acontecimientos que se apoderan de sus comunidades y eso genera en ellos una "sensación de injusticia" que causa depresión, alteraciones en el sueño o incluso se han sentido como "inseguras o con sentimiento de culpabilidad".

"La violencia es tanta en Centroamérica que se llega a normalizar y sentir culpa", manifestó Lucero, quien recomienda a los migrantes a buscar apoyo psicosocial con organizaciones o especialistas en el tema ya que cualquier tipo de migración es "inesperada" y causa dolor.

"Por ser mujer se evidencian otro tipo de violencias", comparte desde Bogotá Josefina Dobinger Álvarez, una hondureña e investigadora social, tallerista sobre procesos de construcción de memoria colectiva desde el cuerpo con enfoque psicosocial, artístico y de género, al tiempo que menciona que a la migración se suma los "silencios acumulados", como llama a otros acontecimientos como catástrofes naturales, guerras o violencia, que causa -particularmente en las mujeres- que "se somatice con problemas de alimentación, perdida de dientes, problemas en la piel y dificultad para realizar actividades cotidianas".

"Las secuelas de la migración es como una cicatriz que va a marcar la vida", dice Josefina Dobinger Álvarez

Dobinger explica que los efectos psicológicos en cada persona dependerán de su contexto, condición económica o social en la que realiza la migración. "La culpa es un sentimiento disciplinador. Vivimos en una sociedad que nos ha dado un patrón del "deber ser". Al romperla no soy lo suficientemente capaz de responder a una situación que está afectando y genera un sentimiento de angustia", comenta Dobinger, quien reconoce que del lado no migrante también se debe trabajar como sociedades en "la capacidad del no juzgar al otro".

"La Migración es un tema donde hay que trabajar no solo xenofobia, si no la capacidad de verme reflejado en el otro. Nos estamos deshumanizando y hay silenciamiento de la sociedad hacia al otro. No somos empáticos como para poder abrazar al otro", lamenta Josefina, también Cofundadora de la organización Mujeres en las Artes Leticia de Oyuela.

Josefina Dobinger Álvarez, cofundadora de la organización Mujeres en las Artes Leticia de Oyuela.
Josefina Dobinger Álvarez, cofundadora de la organización Mujeres en las Artes Leticia de Oyuela. Cortesía Cocó Miranda

Los especialistas comparten que más allá del síndrome de estrés postraumático que muchos migrantes presentan después de sucesos relevantes que les obligó a cambiar su vida. Un efecto que poco se menciona es la "pérdida del sentido de realidad", que sucede cuando las personas no logran nombrar o poner palabras a lo que sienten.

Esta "pérdida del sentido de la realidad" está vinculada a nuevos espacios, otros idiomas, la cultura, el aprendizaje de códigos nuevos. Las personas "se enfrentan a un proceso de duelo que genera angustia” en el sentido de pérdidas de lo que se deja atrás y causa "revictimización" de las personas y podría despertar "secuelas" de otros sucesos traumáticos que se han vivido a nivel colectivo y personal.  Si bien cada situación afecta de forma distinta a las personas, los especialistas recomiendan contextualizar el proceso reconociendo esa realidad de la cual se ha sido parte, reconocerlo buscando espacios donde compartir con otras personas que han vivido experiencias similares, crear redes de apoyo y buscar acompañamiento.

"Estas experiencias (migración) se vuelven cicatrices. Cuando logramos darle nombre y decir esto pasó: Aunque diga me dolió, hay una comprensión y transformación del hecho", comenta Josefina, quien afirma que la migración puede ser un proceso enriquecedor en la vida de las personas si se realiza con el debido acompañamiento, pero advierte que de no prestarle atención podría tener "efectos catastróficos".

En los próximos días Nicaragua cumplirá un año desde que inició la crisis política que cambió el tejido social del país. Actualmente el Gobierno de Daniel Ortega, presionado por fuertes sanciones internacionales y acusado de realizar "violaciones a los derechos humanos" durante la represión a los manifestantes, negocia con la oposición una salida pacífica a la situación, que según las demandas ciudadanas pasará por la liberación de más de 700 manifestantes, reformas electorales y justicia para las víctimas del peor conflicto social que sufre el país centroamericano desde hace 30 años. El cumplimiento de los acuerdos es aún tarea pendiente.

Página no encontrada

El contenido que solicitó no existe o ya no está disponible.