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70 años de la OTAN: la coacción militar ante todo

Los marines españoles de la Fuerza de Respuesta de la OTAN durante el Ejercicio "Maritime Commitment 04" en la Sierra del Retín, sur de España, el 29 de febrero de 2004.
Los marines españoles de la Fuerza de Respuesta de la OTAN durante el Ejercicio "Maritime Commitment 04" en la Sierra del Retín, sur de España, el 29 de febrero de 2004. Cristina Quicler / AFP

El pacto estratégico entre Estados Unidos y sus aliados cumple 70 años y, pese a las críticas de Donald Trump, se encuentra más fuerte que nunca. Se ha consolidado tras el fin de la Guerra Fría, en un mundo multipolar que cuestiona su hegemonía.

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En vísperas del aniversario de la mayor alianza militar del planeta, el presidente estadounidense manifestó un inédito entusiasmo, “se realizaron unos progresos formidables y la OTAN quedó mucho más fuerte, declaró Donald Trump al tiempo que recibía a Jens Stoltenberg, secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. “La gente paga y estoy feliz”, agregó.

Una felicidad que se explica por los avances que obtuvo el mandatario acerca del financiamiento de la OTAN. Un “reparto de la carga” reclamado por varias administraciones sucesivas, pero que tomó una forma más agresiva con Trump.

En 2014, los integrantes de la organización se comprometieron en alcanzar en 10 años el 2% de su Producto Interno Bruto, la riqueza de la nación, en gastos de defensa con el fin de matizar el titánico presupuesto armamentístico de Estados Unidos, cuya suma representa más del doble de los dispendios acumulados de los demás miembros.

El empresario sacudió a sus aliados, pero parece finalmente haber querido no estropear a la celebración de los 70 años de la OTAN. Una entidad conformada por 29 países que acumula más 900 mil millones de dólares de gastos de defensa y se impuso de lejos como la mayor fuerza de coacción militar en el mundo.

Ceremonia de creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte el 04 de abril de 1949 en Washington. EE. UU.
Ceremonia de creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte el 04 de abril de 1949 en Washington. EE. UU. AFP

Guerra Fría y amenaza nuclear global

El 4 de abril de 1949, 12 países aliados en la Segunda Guerra Mundial firmaron en Washington el Tratado del Atlántico Norte. Un nuevo mecanismo de cooperación con propósito de protección mutua de sus integrantes en medio de la precaria paz que regía el escenario internacional.

La Unión Soviética pasó en ese entonces de ser el socio clave de la victoria ante la Alemania nazi a un objeto de preocupación para las cancillerías occidentales, que se enteraron que Moscú no tenía la intención de desocupar las riendas de Europa central y oriental. Una voluntad que se había manifestado en febrero de 1948 en Praga, cuando los comunistas prosoviéticos derrocaron al Gobierno checoslovaco.

Mientras los bloques se hacían cada vez más claros, y la confrontación inevitable, como se demostró en Corea, la URSS respondió a Estados Unidos y sus aliados con la creación de otra alianza militar: el Pacto de Varsovia, en 1955.

Un pacto que comprendía a unos 4 millones de soldados, frente a 2,6 millones para la OTAN, que tenían a su disposición, entre otras armas convencionales, a más de 42.000 tanques para el bloque este y unos 13.000 al otro lado, según las cifras de la alianza atlántica.

Frente a sus socios europeos, en plena reconstrucción y enredados en nuevos conflictos de descolonización, el liderazgo estadounidense era obvio, lo cual no era del agrado de todos. En 1966, el presidente Charles de Gaulle, retiró a Francia de la dirigencia militar de la OTAN, “los estadounidenses dominan de manera abrumadora en la organización de comandos”, había afirmado poco antes, “estamos totalmente excluidos de la elaboración de los planes.” El sillón francés permaneció vacío hasta 2009, cuando Nicolás Sarkozy reintegró al país a la comandancia militar.

Pese a este tipo de discrepancias, los miembros de la alianza supieron responder conjuntamente a los retos que les presentaba la Guerra Fría, como durante la crisis de Berlín, en 1961, y durante el pánico internacional suscitado por la presencia de misiles soviéticos en Cuba, en 1962. Un periodo durante el cual se puso en evidencia la amenaza nuclear global, con la puesta en marcha de la bomba atómica por parte de las principales potencias.

Un tema que llegó al tope de las prioridades de la OTAN cuando la URSS comprobó con su primer cohete Soyuz, en 1967, que las bombas destructoras ya no tendrán límites de alcance en caso de conflicto.

Por suerte, el enfrentamiento entre los bloques nunca ocurrió. A la dislocación de la Unión Soviética, en 1991, la OTAN perdió su principal razón de ser, sin embargo, no desapareció, más aún, se amplió hacia el este.

En Moscú, se derrumbó el régimen comunista que dominó durante casi siete décadas, pero no los oficiales que no tenían ninguna intención de dejar a la recién creada Federación de Rusia ser relegada a un estatus de potencia de segundo plano. Entre los influyentes de los pasillos del poder, un tal Vladímir Putin, cuya obsesión era mantener una cierta influencia internacional pese al desastre económico de la transición.

Mientras tanto, el primer campo de batalla de la OTAN ulterior a la Guerra Fría se instaló en los Balcanes, en 1992. La Yugoslavia en curso de estallido provocó a un conflicto tanto complejo como sangriento en el cual las fuerzas atlantistas, bajo el mandato de la ONU, intervinieron masivamente.

En marzo de 1999, la guerra llegó a Serbia y Kosovo, y las bombas de las fuerzas occidentales irritaron profundamente a Moscú, por razones que siguen enumerando desde la cancillería en ocasión de los 20 años de esta operación: “la alianza del Atlántico Norte no tenía fundamentos legítimos algunos para tales acciones, ante todo, no disponía del mandato del Consejo de Seguridad de la ONU”, menciona el comunicado”, “este acto de agresión pisoteó burdamente los principios fundamentales del Derecho Internacional”.

Terrorismo y fragmentación de los conflictos

Por primera y única en su historia, tras los atentados de septiembre de 2001 en Nueva York, la OTAN recurrió a su artículo 5, la herramienta jurídica que estipula que cualquier agresión contra un integrante implica la reacción conjunta de los otros.

A partir de ese momento, los conflictos se alejaron de Europa, llevando a las tropas de la alianza hasta Afganistán desde el mismo año que el ataque a los Torres Gemelas, y, más recientemente, en 2011, en Libia, en una operación que provocó la muerte de Gadafi y nuevas protestas de Moscú.

Paradójicamente, Rusia nunca estuvo más cerca de Estados Unidos que después de 2001. Vladímir Putin ofreció en ese entonces su asistencia en la lucha en contra del nuevo ‘enemigo’ mundial: el terrorismo. No obstante, este momento quedó como una cita fallida. Las tensiones no se contuvieron ya que, a medida de los años, las autoridades rusas empezaron a considerar la OTAN como una amenaza para su “espacio vital”.

En 70 años de existencia, la Organización del Tratado del Atlántico Norte se amplió en siete ocasiones, hasta las propias fronteras rusas. “La Federación de Rusia desaprueba la expansión de la OTAN (…) y la intensificación de sus actividades militares en las zonas fronterizas”, recordaba Moscú en noviembre pasado.

Un proceso de ampliación al cual acuden muchos candidatos, antiguamente patios traseros de la potencia soviética, como Georgia y Ucrania, que se encuentran en curso de “diálogos intensificados” con la OTAN. Ambos países conocen la capacidad de intervención militar rusa, y algunos, como los senadores franceses, consideran el posible ingreso de estas naciones a la alianza como un “casus belli” para Rusia, un motivo de guerra.

Desde 2014 y con la anexión considerada ilegal de Crimea, se han tensado aún más las relaciones ruso-atlánticas, en un ambiente de carrera armamentística que no se había visto en décadas.

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