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Genocidio de Ruanda

Ruanda 25 años después: de la barbarie al ejemplo mundial (2/2)

Foto de archivo de una niña hutu que se sienta tensa entre una multitud de 10.000 refugiados ruandeses que fueron detenidos para cruzar a República Democrática del Congo, después de que la frontera se cerrara, el 21 de agosto de 1994.
Foto de archivo de una niña hutu que se sienta tensa entre una multitud de 10.000 refugiados ruandeses que fueron detenidos para cruzar a República Democrática del Congo, después de que la frontera se cerrara, el 21 de agosto de 1994. Corinne Dufka / Reuters

Un cuarto de siglo despúes de su mayor tragedia, Ruanda se ha convertido en uno de los países más desarrollados de África. Su recuperación tras el genocidio es un ejemplo en el mundo, pero ¿cómo lograron sanar las heridas?

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Las historias de Luck Ndunguye y Albert Gasake están entrelazadas por la tragedia, aunque solo una cosa los separa: el primero perdonó, el segundo no lo consigue todavía. Pero el genocidio dio sentido a sus vidas. Luck ahora trabaja con una fundación de jóvenes sobrevivientes llamada AERG, y es quien enseña a los visitantes todo sobre ese oscuro capítulo. Su mamá no sobrevivió para ver la transformación de Ruanda, ni los tribunales de justicia, ni las prisiones construidas para los perpetradores del genocidio. Falleció en 1997 producto de una salud deteriorada tras la masacre.

Lo que le quedó a Ndunguye fue su hermano Richard, a quien su mamá dio a luz antes de morir, y los traumas posteriores al genocidio. "Según la investigación realizada por el Centro Biomédico de Ruanda en 2018, se demostró que el 35% de los sobrevivientes del genocidio viven con depresión severa, mientras que el 11,9% de la población general vive con depresión severa. Este es uno de los desafíos que enfrenta Ruanda", aseguró el psicólogo y sobreviviente ruandés Chaste Uwihoreye.

Luck creció con enfado. Con el tiempo supo que su padre y su hermana murieron en los cien días de horror que vivió el país. No conoció a los asesinos, ni supo dónde enterraron sus cuerpos, pero sí que su último halo de vida se quedó en el seno de una iglesia.

"La Iglesia Católica fue un perpetrador institucional durante el genocidio"

"Mi hermana Claudine, a quien yo quería mucho, murió en Butare", relató. "Otros miembros de mi familia del lado de mi padre y mi madre estaban en el mismo lugar. Todos fueron asesinados en el distrito de Huye, sector de Gishamvu, en una iglesia católica", aseguró Luck. No pudó determinar si fue bajo el mandato de algún sacerdote. Era difícil diferenciar a un cura, de un miliciano hutu y viceversa.

"La Iglesia Católica fue un perpetrador institucional durante el genocidio. Históricamente, la Iglesia apoyó la causa de la supremacía hutu. Muchos tutsis huyeron a las iglesias, creyendo que encontrarían seguridad allí, y en su lugar fueron asesinados", ilustró Phil Clark, profesor de ciencias políticas especializado en estudios africanos, de la Universidad de Londres. Tal vez ese fue el destino de su familia, nunca lo va a saber. Esa verdad, no le impidió entregarle su fe a la iglesia, pero tampoco señalar sus errores.

Esta foto, tomada el 12 de marzo de 2014, muestra los cráneos de las víctimas asesinadas durante el genocidio de Ruanda, presentado en la Iglesia Nyamata en Nyamata, Ruanda.
Esta foto, tomada el 12 de marzo de 2014, muestra los cráneos de las víctimas asesinadas durante el genocidio de Ruanda, presentado en la Iglesia Nyamata en Nyamata, Ruanda. Phil Moore / AFP

"Los sacerdotes contribuyeron a divulgar la propaganda contra los tutsis. En muchos casos supervisaron las masacres y usaron las capillas como sede de los crímenes. Ellos escribieron diferencias entre los hutus y los tutsis, lo que hicieron en ese periodo fue una contribución al genocidio, algunos curas católicos mataron tutsis y algunos trataron de esconderlos, pero ellos dividieron a la sociedad", aseguró Luck.

Los días de sangre y muerte acabaron con la llegada de los rebeldes tutsis a Kigali en julio de 1994. Los hutus fueron derrotados y se formó un Gobierno de unidad nacional con Pasteur Bizimungo, miembro de la etnia hutu como presidente, y Paul Kagame, representante del pueblo tutsi como vicepresidente. Sin embargo, Kagame se hizo con el poder y lleva gobernando 25 años.

Los sacerdotes contribuyeron a divulgar la propaganda contra los tutsis. En muchos casos supervisaron las masacres y usaron las capillas como sede de los crímenes"

Luck Ndunguye

Después del genocidio, vinieron días difíciles para Luck. Quedó solo con su hermano, viviendo en orfanatos, pero "como jóvenes vimos que la solución no era la venganza. Vimos que el gobierno inició programas para apoyar al pueblo, programas de unidad y reconciliación para vivir pacíficamente y que nadie podía vengarse de nadie", añadió. El hombre de ahora, de 30 años, sereno e impasible parece no tener ningún conflicto con su creencia, ni con su pasado. La rabia se diluyó.

La reconciliación: ¿el secreto de la transformación ruandesa?

Contra todo pronóstico, Ruanda resurgió de las cenizas. En 25 años pasó de tener cementarios a campo abierto y fosas comunes donde se apilaban los cadáveres a ostentar una infraestructura moderna, internet de alta velocidad y una tecnología de vanguardia con el uso de energías renovables. Un ejemplo de cómo romper con una espiral de violencia del que sus vecinos no logran salir.

También se convirtió en el país con más mujeres en el Parlamento con un 63%, y está ubicado entre los 10 países africanos con mayor crecimiento económico anual, con un 8%. El país logró duplicar su población a doce millones de habitantes, que para la época del genocidio se redujo a seis. Según datos de 2017 del Banco Mundial, también incrementó su esperanza de vida que ahora es de 67 años, mientras que en 1994 era solo de 29 años.

Para el profesor Clark, el secreto estuvo –o está– en que "el Gobierno de Kagame también se ha embarcado en un extenso programa de desarrollo socioeconómico que atraviesa la división étnica. Las enormes ganancias de Ruanda, especialmente en salud y educación, han beneficiado a hutus y tutsis por igual, lo que ha eliminado muchas tensiones a nivel comunitario derivadas de la desigualdad socioeconómica".

Sin paz ni reconciliación, no habría desarrollo posible y su base fueron los procesos de justicia y reparación que creó la sociedad ruandesa. "En términos de justicia, Ruanda usó los tribunales comunitarios o gacaca para procesar a todos los sospechosos de genocidio. Esto proporcionó una válvula de liberación para las tensiones comunales porque la gente local podía hablar abiertamente en gacaca sobre los crímenes que habían presenciado de primera mano", explicó Clark.

"La otra cosa que hizo el Gobierno por lo jóvenes fue enfocarlos hacia el futuro", dijo Luck. Para él fue muy valioso saber que con esos tribunales los criminales pedían perdón a sus víctimas. Así, poco a poco, fueron desapareciendo las "diferencias". "Sí pude perdonarlos, pero lo hice por mí, abrí mi humanidad, pero de no hacerlo, ¿puedo matarlos?, no. Ellos no pueden devolverme a mi familia, así que perdonarlos y vivir en paz, eso es lo que puedo hacer", señala.

"La sangre de mis padres sigue pidiendo justicia"

No todos son del mismo parecer. Después de 25 años, Albert Gasake se volvió defensor de las víctimas del genocidio porque, aunque reconoce los avances en su país, opina que la justicia y la reconciliación están lejos. "Cuando los sobrevivientes que viven entre los perpetradores siguen siendo intimidados, acosados, su ganado es asesinado todos los años, no veo necesariamente una reconciliación", señala.

¿Y a Kagame? "Veo un gobernante poderoso temido por todos sus súbditos". Albert, como Luck, no conoció a los asesinos de su familia. Nunca vinieron a él buscando reconciliación por lo que, asegura, el perdón de las víctimas a sus victimarios es "al menos de la forma en que lo entiendo, egocéntrico". "La sangre de mis padres sigue pidiendo justicia. No perdono. De hecho, el perdón será una traición para mis seres queridos que fueron asesinados por los hutus tan pronto", relata.

El perdón será una traición para mis seres queridos que fueron asesinados por los hutus tan pronto”

Albert Gasake

Pese a esto, Albert pudo restablecer sus relaciones con algunos hutus. "No tengo ningún problema con los hutus inocentes. Pero sí con los hutus con las manos ensangrentadas". Asegura que, 25 años después, los asesinos siguen libres. "A pesar del pedido de reparaciones de los sobrevivientes, el Gobierno de Ruanda y la comunidad internacional no tienen la voluntad política de establecer mecanismos de reparación para los sobrevivientes".

A los organismos internacionales, todavía les preocupa la impunidad con que viven algunos de los grandes perpetradores. Albert culpa a los franceses. Y es que "a través de la intervención de la Operación Turquesa, Francia permitió que muchos de los orquestadores del genocidio huyeran a Zaire (ahora República Democrátca del Congo) a fines de 1994 y principios de 1995", señaló Clark. Estados Unidos y la ONU tardaron incluso en acuñar el término genocidio a la violencia en Ruanda porque, si lo hacían, "estarían obligados por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Genocidio a intervenir en Ruanda", añadió el experto.

Por eso, la lucha de Albert no termina. "La marginación y las historias no contadas de sobrevivientes pobres que viven en el campo junto a sus asesinos a veces me mantienen despierto en la noche", dice, y ese es precisamente su motor.

"No somos tutsi, no somos hutu, somos ruandeses, somos africanos"

A 25 años de la tragedia, los expertos coinciden en que Ruanda está lejos de vivir un hecho similar al genocidio. Aunque algunos estigmas sociales sobre el genocidio continúan arraigados, especialmente, contra los hijos productos de las violaciones, las heridas del pasado de la mayoría han sanado.

Sí pude perdonarlos, pero lo hice por mí, abrí mi humanidad, pero de no hacerlo, ¿puedo matarlos?, no. Ellos no pueden devolverme a mi familia, así que perdonarlos y vivir en paz, eso es lo que puedo hacer”

Luck Ndunguye

La sociedad de Ruanda cambió. "Unas de las mejores cosas ahora después de 25 años de genocidio es que no hay cosas que nos dividan ahora. No somos tutsis, no somos hutus, somos ruandeses, personas negras, somos africanos", dice Luck con optimismo. Para él, los días oscuros quedaron atrás y por delante no hay otra cosa que "un futuro brillante".

Mientras algunos, como Albert, trabajan sin descanso por obtener justicia, otros como Luck no dejan de promover la reconciliación como forma de vida. Dos sobrevivientes, dos resilientes con diferentes propósitos, pero una generación determinada a avanzar. Tal vez ese es el secreto de una nación que dejó la sombra del genocidio y abrazó el cambio. Su capacidad para resistir la adversidad es ahora su identidad. Su mayor legado del genocidio.

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