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La extracción de arena que amenaza los ríos en Kenia

Un grupo de extractores de arena a orillas del río Athi, a 25 kilómetros de Nairobi, el 11 de mayo de 2019.
Un grupo de extractores de arena a orillas del río Athi, a 25 kilómetros de Nairobi, el 11 de mayo de 2019. Lourdes Uquillas / EFE

La creciente demanda de materiales de construcción amenaza los ríos de Kenia, en donde la extracción ilegal de arena a orillas de los caudales se ha convertido en una actividad tan rentable como dañina para el ecosistema.

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En Kenia la arena es un tesoro. El creciente auge de la construcción en este país africano convirtió a este recurso en una fuente de ingreso económico de fácil acceso para quienes, con solo acercarse a la orilla de un río, la toman de manera ilegal para venderla en el mercado negro.

Pero lo que pareciera una inofensiva labor de extracción a baja escala se reproduce hoy a tal magnitud en distintas zonas, que amenaza la estabilidad de los ecosistemas en los que cada vez son menos las toneladas de arena.

Un reciente informe presentado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) indica que, cada año, son consumidos entre 40.000 y 50.000 millones de toneladas de arena a nivel mundial y que buena parte de esa cifra está siendo extraída en territorio keniano.

A poco más de 25 kilómetros de Nairobi, la capital, frente al cauce del Río Athi, está uno de los tramos más afectados por la visita recurrente de los tomadores clandestinos. A través de un recorrido realizado por miembros del equipo de la agencia de noticias EFE en compañía de representantes del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, algunos de ellos explicaron que las jornadas allí son tan intensas que ya es poco el material que queda.

Entre varias de las palas y picos que utilizan los llamados "areneros" como herramientas de explotación, Fred Nyongesa, el representante de la Oficina keniana de Recursos Hídricos, precisó que las excavaciones lo que arrojan ahora es una “mezcla” debido a que “la arena buena se ha terminado”.

Muestra de la arena de la fábrica Bamburi Special, a pocos kilómetros de Nairobi, el 11 de mayo de 2019.
Muestra de la arena de la fábrica Bamburi Special, a pocos kilómetros de Nairobi, el 11 de mayo de 2019. Lourdes Uquillas / EFE

Las excavaciones profundas que taladran las cuencas

Ante el aumento de puntos de explotación, el recurso descrito por los expertos como el “más fino”, que es el obtenido de la capa superficial, es mucho más escaso, por lo que los extractores se ven obligados a cavar más profundamente para sacar granos más gruesos que no pueden ser vendidos directamente para la mezcla con concreto.

Para trasladar el material, los operarios utilizan sacos que llevan nuevamente hasta la orilla con ayuda de pequeños tractores que se apoyan en las áreas secas de las cuencas más apartadas.

Mweu Kyule, uno de los líderes de la comunidad, reconoce que estas labores solo benefician a unos pocos y que estos trabajadores ganan poco más de tres euros diarios.

Helen, una vecina de Kyule, es quien le paga a los explotadores. Para ella, esto más que una riqueza natural en un eje de negocio. En promedio, gana un euro y medio por la venta de cada tonelada de arena y, en una buena temporada, logran sacar hasta 1.100 toneladas.

Las falencias legislativas que dificultan el control de la extracción

Esta actividad despierta amores y odios entre los kenianos. Amores para quienes encuentran en ella la manera de mantener a flote la economía de sus familias y odios entre los que abanderan causas ambientalistas.

Ambos polos están en un limbo. Los primeros intentan extraer la mayor cantidad de arena entre noviembre y marzo, antes de la llegada de las lluvias, dado que es una tarea estacional que solo pueden ejercer en meses secos; al tiempo que los segundos excavan en la legislación en busca de artículos que impidan su desarrollo. Sin embargo, la ausencia de leyes más duras hace de este un flagelo casi que imposible de controlar.

Desde hace una década, la construcción de pequeños diques empezó a darle forma a la extracción ilegal, acumulando sedimentos en puntos de bajo caudal a lo largo de todo el cauce, desde su nacimiento hasta la desembocadura, en aguas del océano índico.

Para Nyongesa las consecuencias son nefastas ya que, con el regreso de los meses invernales, el aumento del nivel de las aguas genera inundaciones incontenibles por la pérdida de retención de líquido en las orillas, dado que, sin sedimentos, las corrientes se desbordan.

Aunque poco se conoce del paradero final de la arena extraída clandestinamente, las autoridades presumen que iría a parar a las bodegas de una compañía identificada como Bamburi Special Product Ltd, la cual dice dedicarse a la fabricación de este material desde una sede localizada a pocos metros del Río Athi, donde se concentra la preocupación de quienes reclaman la mitigación de esta amenaza.

Con EFE y medios locales

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