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Honduras y El Salvador tras medio siglo de la tensión migratoria que detonó la ‘Guerra de las 100 horas’

Tres excombatientes hondureños en el "Cementerio de héroes", en Ticante, Honduras, el 16 de mayo de 2019, dos meses antes de la conmemoración de los 50 años de la ‘Guerra de las 100 horas’.
Tres excombatientes hondureños en el "Cementerio de héroes", en Ticante, Honduras, el 16 de mayo de 2019, dos meses antes de la conmemoración de los 50 años de la ‘Guerra de las 100 horas’. Gustavo Amador / EFE

Cincuenta años después de la ‘Guerra de las 100 horas’, el conflicto que marcó la historia de Honduras y El Salvador, ambas naciones centroamericanas recuerdan el dolor del enfrentamiento que causó más de 5.000 muertes.

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Medio siglo atrás, la tensión migratoria detonó una guerra entre Honduras y El Salvador. Un atípico conflicto se encendió entre tropas y grupos contrarios como una hoguera en terreno seco. Aquel episodio de dolor y muerte marcó la historia de ambas naciones centroamericanas. Acabó con la vida de más de 5.000 personas en solo 100 horas. Dividió a dos pueblos hermanos. Bañó de sangre las fronteras del 14 al 18 del fatídico julio de 1969.

Muchos lo anticipaban. Pero, finalmente, ninguno lo esperaba. Luego de que miles de salvadoreños se asentaran en tierras hondureñas tras dejar el país durante el gobierno del entonces presidente Fidel Sánchez Hernández, a consecuencia de la sobrepoblación y la concentración de la tierra en mano de unos pocos, los roces entre las administraciones convirtieron a los migrantes en blanco de persecuciones.

El impulso de una serie de medidas agrarias por parte del poder salvadoreño era cada vez más rechazado por los hondureños que, según investigadores como Emerson Hernández, autor del libro ‘Guerra Honduras – Salvador’, se hastiaron de ver cómo sus vecinos encontraban en esa nación una especie de “válvula de escape” para apartarse de la crisis de tierras.

Una historia de fútbol, política, tierras y muerte

Pero, aunque esta resistencia al refugio de al menos 300.000 migrantes en Honduras, que cuenta con una dimensión territorial cinco veces mayor que la de El Salvador, empezó a hacerse visible en las calles con actos violentos aislados, el desarrollo de un encuentro futbolístico entre los equipos de los dos países se convirtió en el ícono de las diferencias.

Ante el marcador en el que la selección salvadoreña se impuso 3-0 sobre los hondureños en el partido clasificatorio a la Copa Mundial, periodistas como el polaco Ryszard Kapuściński asociaron la batalla en las canchas a este caso, bautizándolo como ‘La Guerra del Fútbol’, término que se popularizó como título del conflicto que aún despierta lamentos entre las familias de las víctimas.

Más allá de las balas y las lágrimas, el enfrentamiento frenó, para entonces, el funcionamiento del Mercado Común Centroamericano (Mercomún), agudizó la pobreza y aumentó la creación de fosas comunes en las que fueron dejados los cadáveres en ciudades como Ocotepeque.

Para analistas como el hondureño Manuel Torres, se trató de una guerra absurda con un precio social muy alto en medio de perspectivas económicas en las que las élites solo buscaban salvaguardan sus intereses a toda costa.

Como conocedor del conflicto que afectó a ambos sectores empresariales, Torres insiste en que la guerra no se produjo por el fútbol, alega que el citado partido fue apenas un “elemento catalizador” que trascendió a los grandes medios de comunicación internacionales como una comparación más atractiva que histórica.

A los ojos de Torres, cuya madre es hondureña y cuyo padre es salvadoreño, esta guerra no fue más que una conspiración entre ambas bandas estimulada por una ola de patriotismo a través de las banderas de los equipos, pero con un trasfondo netamente político y agrario que solo se vio reflejado en el uso de las armas tres semanas después.

El fin de la puja territorial

Y es que en la puja por el poder territorial y por el alcance de políticas que favorecieran a un frente más que a otro, el entonces mandatario de Nicaragua, Anastasio Somoza, se alzó como una ficha clave al no apostar por evitar el enfrentamiento debido a su presunto interés en las discrepancias salvadoreñas y hondureñas.

Incluso Estados Unidos tomó partido para aquella época abasteciendo a los salvadoreños con sus armas, pese a que, en principio, desconocía las tensiones que derivaron en el fallo de la Corte Internacional de Justicia que el 11 de septiembre de 1992 concluyó la disputa limítrofe debido a la falta de acuerdo entre los gobiernos.

Dicho fallo le confirmó a los hondureños la potestad sobre las dos terceras partes de unos 400 kilómetros cuadrados que durante años levantaron resquemores mutuos. Cerradas las heridas, el pasado violento se ciñe sobre estas naciones haciendo del nacionalismo la carta más poderosa de los gobernantes tras un medio siglo de balas con miras a toda una vida en paz.

Con EFE y medios locales

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