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Los 40 años de la Revolución sandinista señalan la profunda crisis en Nicaragua

Una multitud se reúne frente a la Plaza de la Revolución en Managua, Nicaragua, en el vigésimo aniversario del triunfo del Frente  Sandinista, el 19 de julio de 1999.
Una multitud se reúne frente a la Plaza de la Revolución en Managua, Nicaragua, en el vigésimo aniversario del triunfo del Frente Sandinista, el 19 de julio de 1999. Miguel Álvarez / AFP

En estos 40 años Nicaragua vio caer al último dictador de la dinastía Somoza, también presenció el triunfo de la Revolución sandinista y el ascenso de Ortega, quien, a opinión de muchos, se ha convertido en aquello en contra de lo que luchó.

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Nicaragua acostumbraba celebrar con júbilo año tras año, el aniversario de la Revolución sandinista que el 19 de julio de 1979 marcó la caída del general Anastasio Somoza y su aviesa dictadura. Desde 1980 cuando se decretó el primer gobierno democrático en el país, los homenajes a la revolución popular quedaron casi marcados en la memoria colectiva como el cierre de uno de los capítulos más oscuros de su historia.

Para entonces, la celebración era genuina, delirante, apenas comprensible. El frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) había conseguido de la mano de las bases populares, echar abajo al último de los Somoza, que se mantuvo en el poder de 1937 a 1979. Pero los nicaragüenses nunca imaginaron que 40 años después, el joven guerrillero Daniel Ortega se convertiría en el espejo de Anastasio Somoza, a quien combatió ferozmente desde el frente sandinista en los años 70.

Los simpatizantes sandinistas celebran el 23 aniversario de la revolución, en Managua, el 19 de julio de 2002, reunidos en la plaza "Juan Pablo II" para conmemorar la caída de la dictadura de Somoza.
Los simpatizantes sandinistas celebran el 23 aniversario de la revolución, en Managua, el 19 de julio de 2002, reunidos en la plaza "Juan Pablo II" para conmemorar la caída de la dictadura de Somoza. Aleman Miranda / AFP

Ahora, este 19 de julio de 2019, intentado aferrarse a sus bases como en tiempos difíciles lo hizo el último dictador, Ortega presidirá un homenaje a la Revolución, que, para él, "sigue triunfando". Lo hará en medio de las graves denuncias de ONG por violaciones a los DD.HH. cometidas en el último año, pero con la bendición del presidente ruso Vladímir Putin, quien le extendió un salvavidas en esta fecha especial: "Nicaragua siempre puede contar con la ayuda de Rusia".

En medio de un ambiente de animadversión, muchos nicaragüenses se preguntan si realmente hay algo que celebrar. Así pasó Nicaragua de la gloria del sandinismo a la crisis del orteguismo.

La dinastía Somoza: una historia de torturas, muerte y sed de poder

Las historias de terror en Nicaragua comienzan en el Ejército y terminan en la lucha armada. La dinastía Somoza arrancó con el padre, Anastasio Somoza García, hijo de un senador y terrateniente que en 1932 asumió la dirección de la Guardia Nacional de Nicaragua, cuando el cuerpo armado fungía casi como un poder supremo. Un lustro después subió al poder al asesinar a Augusto César Sandino, que estaba al frente del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua.

Esta organización política armada surgió como respuesta a la presencia de tropas estadunidenses en el país. La muerte de Sandino le entregó el control total a Somoza cuya familia política gobernó por los siguientes 42 años. Al fin y al cabo, contaban con la protección de EE. UU. Se dice que Franklin D. Roosevelt una vez lo defendió, diciendo: "Es un hijo de pu**, pero es nuestro hijo de pu**". Tras un atentado que acabó con su vida, su hijo mayor, Luis Somoza, quedó a cargo desde 1956 hasta 1963, después finalmente cedió el poder al último del clan: su hermano menor, el general Anastasio, que retuvo el control del país hasta 1979.

Las anécdotas no pararon ahí. El último hombre de la dictadura se encargó de extender el periodo de tiranía y de recordar a diario a los ciudadanos, con mano de hierro, quién estaba en el poder. La inequidad y el sometimiento desbordaban. Pero Somoza sabía bien cómo dilapidar el descontento. Cuenta el secretario de la embajada de Colombia en Nicaragua, Fabio Avella, que alimentaba a los leones y serpientes que tenía en su búnker con los presos políticos que capturaba. La tortura era monstruosa, parecía una película de Kubrick.

El dictador nicaragüense Anastasio Somoza saluda a sus partidarios detrás de un vidrio a prueba de balas durante una reunión en Managua en 1978, unos meses antes de ser derrocado por el movimiento nacional del Frente Sandinista el 19 de julio de 1979.
El dictador nicaragüense Anastasio Somoza saluda a sus partidarios detrás de un vidrio a prueba de balas durante una reunión en Managua en 1978, unos meses antes de ser derrocado por el movimiento nacional del Frente Sandinista el 19 de julio de 1979. AFP

Ante este panorama, fue que nació en el 1961 el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que, con el apoyo de las bases populares, empezó a crecer, a sumar victorias y a presionar al dictador. Su impulso, una Revolución cubana en su esplendor. Se calcula que unas 5.000 personas perdieron la vida durante los cruentos años. Las personas huían despavoridas de la guerra solo con lo que llevaban puesto. Escapan en carretillas improvisadas por carreteras llenas de muerte, de soldados heridos, de dolor y desesperanza.

Somoza fue cometiendo errores. Entre ellos, el asesinato del periodista Bill Stewart por parte de la Guardia Nacional, el 20 de junio de 1979, cuando era el turno de Jimmy Carter en la Casa Blanca. Esa muerte precipitó su caída. Fue allí cuando Washington le retiró el apoyo, el Frente Sandinista creció y Somoza terminó huyendo del país. El FSLN llegó a Managua el 19 de julio de ese año: la Revolución había triunfado. Un año después, el 17 de septiembre de 1980, luego de que el dictador Alfredo Stroessner, lo recibiera en Paraguay, Somoza fue asesinado mientras se movilizaba en su mercedes Benz por la calle España, en Asunción.

Ortega, el presidente en su laberinto

Un joven Daniel Ortega, guerrillero, torturado por la dictadura y exiliado, regresó fortalecido, esperando triunfante su turno de llegar al poder. Sorpresivamente en 1985 lo hizo en unas elecciones cuestionadas, enarbolando los valores democráticos, de los que se ha distanciado hoy.

En 1990, cuando el bloque socialista se vino abajo, también lo hizo su Gobierno. Violeta Barrios de Chamorro ocupó su lugar tras nuevos comicios y se convirtió en la primera mujer electa presidenta en América. El Frente Sandinista se convirtió en la primera fuerza política de la región que, tras alcanzar el poder, lo entregó en las urnas.

Pero el paso del tiempo convirtió al joven idealista en un hombre envejecido, con un rostro duro, reacio, cuya ambición de poder, trastocó los valores por los que un día luchó. "El presidente de Nicaragua se convirtió en el monstruo que siempre quiso combatir, en un dictador", dijo a France 24 el internacionalista italiano Francesco Mancuso.

El presidente de Cuba, Fidel Castro conversa con el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, el 4 de enero de 1989, en La Habana, durante las celebraciones del 30 aniversario de la revolución cubana.
El presidente de Cuba, Fidel Castro conversa con el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, el 4 de enero de 1989, en La Habana, durante las celebraciones del 30 aniversario de la revolución cubana. Rafael Pérez / AFP

Después de varios intentos fallidos, Ortega volvió al poder en 2007 y desde entonces no lo deja. Construyó un sólido matrimonio que, en papeles, debería culminar en 2022, pero lleva más de 12 años en firme. "Desde que llegó al país, empezó a crear un proyecto totalitario en el que fue acaparando poderes y alteró el orden constitucional, porque reinterpretó la Constitución, para reelegirse", señaló el periodista nicaragüense Anibal Toruño.

El presidente fue encerrándose en un laberinto que construyó para sí mismo. En 2017 su mujer, Rosario Murillo, se convirtió en vicepresidenta, formando una poderosa dupla que desde abril 2018 ha cocinado una crisis sin precedentes. Para entonces Ortega decidió reformar el sistema de seguridad social y como consecuencia estallaron una serie de protestas que derivaron en la exigencia del fin de su mandato. Las movilizaciones dejan 325 muertos según ONG y cientos de "presos políticos", en medio de la brutal represión que despachó el mandatario contra los manifestantes.

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Pero a pesar de las múltiples acusaciones de corrupción, sanciones económicas de EE. UU. e informes gravísimos de violaciones de DD.HH. contra su Gobierno, Ortega sigue en pie. Tan triunfante como cuando brilló la Revolución, pero esta vez es esa misma Revolución, y especialmente su aniversario, es el que marca la mala hora de un país que timonea con la mano dura que un día condenó.

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