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La epidemia de ébola en la República Democrática del Congo abre un debate de salud pública

Un trabajador de salud mientras inyecta a un hombre con la vacuna contra el Ébola en Goma, República Democrática del Congo, el 5 de agosto de 2019.
Un trabajador de salud mientras inyecta a un hombre con la vacuna contra el Ébola en Goma, República Democrática del Congo, el 5 de agosto de 2019. Baz Ratner / Reuters

La propagación del virus del ébola en la República Democrática del Congo preocupa cada vez más a los habitantes, quienes extreman medidas para evitar convertirse en nuevos pacientes.

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El habitual abrazo o apretón de manos ha sido reemplazado por un incómodo choque de codos al saludarse entre conocidos en Goma. Cada día que pasa es más común que los ciudadanos eviten, en lo posible, el contacto directo con otras personas.

Ya no nos podemos saludar”, dice con una gesto agridulce Arsene, uno de los miles de mototaxistas que atraviesan diariamente la ciudad, mientras que una mujer y su hija se aprietan contra su espalda en la parte trasera de la moto.

En las calles, en cada entrada, en las fronteras, hay grifos de agua con cloro para desinfectarse las manos; y una persona -ya sea un trabajador de la salud o el guardia de turno– que apunta un termómetro electrónico a la sien de los transeúntes para detectar si hay fiebre que indique posible infección. La semana pasada, Goma pasó de registrar uno a tener cuatro casos confirmados de contagiados por ébola.

La epidemia de ébola en la República Democrática del Congo sigue sin ser contenida. El viernes dos de agosto se detectaron 12 nuevos casos en el nordeste del país, y en Goma, la capital provincial de dos millones de habitantes, y punto fronterizo con Ruanda, los puestos de salud se multiplican.

Mientras que la incertidumbre y los nervios se van propagando entre la población, en los altos niveles de la política local y la comunidad internacional se discute la estrategia para hacer frente a la epidemia, que -al llegar a una ciudad principal y con tanto movimiento humano como Goma– ha sido declarada emergencia de interés internacional por la Organización Mundial de la Salud.

Trabajadores de la salud vestidos con trajes protectores mientras desinfectaban una ambulancia que transportaba a un paciente sospechoso de ébola al recién construido centro de tratamiento en Goma, República Democrática del Congo, el 4 de agosto de 2019.
Trabajadores de la salud vestidos con trajes protectores mientras desinfectaban una ambulancia que transportaba a un paciente sospechoso de ébola al recién construido centro de tratamiento en Goma, República Democrática del Congo, el 4 de agosto de 2019. Baz Ratner / Reuters

Al interior del equipo de Respuesta contra la epidemia, conformado por el gobierno congoleño, la Organización Mundial de la Salud, Médicos Sin Fronteras y de otras entidades internacionales, se ha despertado un intenso debate sobre las vacunas a utilizar para contrarrestar la epidemia. El debate ha tenido como protagonistas al ex-ministro de salud Oly Ilunga y al doctor Jean Jacques Muyembe, virólogo y uno de los descubridores del virus cuando se registró el primer caso en los bancos del río Ebola en 1976.

El doctor Muyembe es el nuevo coordinador del equipo de respuesta contra la epidemia, y ha sido explícito en su respaldo a la utilización de una nueva vacuna desarrollada por la compañía Johnson y Johnson para complemetar la estrategia de reacción.

Por su parte, el ex-ministro Ilunga, quien estaba a la cabeza de dicho equipo y que fue relevado por Muyembe, en su última rueda de prensa como ministro impartida en Goma el día siguiente a que la Organización Mundial de la Salud declarara la emergencia internacional, fue claro en su oposición al uso de la vacuna de Johnson y Johnson. Esta vacuna, argumentó, se encuentra aún en su fase experimental y no ha sido utilizada en escenarios de epidemia real. Pocos días después Ilunga presentó su renuncia, en desacuerdo con la nueva propuesta.

La polémica sobre la nueva vacuna

Hasta ahora se había estado usando la vacuna rVSV-ZEBOV, desarrollada por la farmacéutica Merck & Co., que tuvo su primera implementación en Guinea durante la epidemia de ébola en África occidental en 2015. Sus resultados, según expertos de la OMS, han demostrado que tiene una notable eficacia del 97.5%.

Las dos vacunas, tanto la de Merck como la de Johnson y Johnson, se encuentran aún en fase experimental. Sin embargo, su uso es permitido en situaciones de emergencia y bajo la aprobación del gobierno local. Pero la segunda, aunque ha mostrado resultados satisfactorios en primates y en 6000 seres humanos en las pruebas clínicas, no ha sido utilizada en pacientes infectados con el virus.

Esta nueva vacuna presenta un desafío adicional. Y es que requiere de dos aplicaciones para ser completamente efectiva. Una vez se aplica la primera dosis, la persona tiene que recibir una segunda dosis 56 días después.

Esta doble dosis sería especialmente difícil de suministrar, dado que puede crear confusión en la población con respecto a la vacuna que ya se ha venido utilizando (y para la cual se han puesto en práctica intensas campañas de concientización en las comunidades afectadas), y porque el este del Congo es una zona donde gran parte de la población está en constante movimiento entre ciudades e incluso países fronterizos. A estos obstáculos se suma que se trata de una zona de conflicto en la que desde hace 25 años operan docenas de grupos armados y que tiene uno de los índices de desplazamiento más altos del mundo.

Disminuye la confianza en Beni y Butembo

En las áreas donde hasta ahora se ha concentrado la epidemia, en las ciudades de Beni y Butembo, fuertemente afectadas por el conflicto, el gobierno congoleño tiene poca credibilidad, de manera que buena parte de la población no cree en la enfermedad (cuyos síntomas son similares a los de la malaria, endémica en la zona), y piensan que se trata de una estrategia para desestabilizar la región.

"En lugar de enfocarse en la estrategia de respuesta como un asunto de salud pública, el juego político que ha rodeado el debate sobre las vacunas solo contribuye a llenar de desconfiaza y sospecha a una población que ya está de por sí en una condición vulnerable", dice la doctora Natalie Roberts, coordinadora de operaciones de Médicos Sin Fronteras en el Congo, refiriéndose al pulso entre Ilunga y Muyembe. Y agrega: "utilizar la vacuna de Johnson y Johnson va a aportar una herramienta más para hacer frente a la epidemia. Evita también que una sola compañía o producto monopolice las soluciones posibles".

Se trata también de la cantidad de vacunas disponible. Al comienzo de la epidemia había 300.000 dosis de la vacuna Merck, lo cual no es suficiente teniendo en cuenta las características de contagio en el Congo, explica Roberts. Mientras que la vacuna de Johnson y Johnson ha fabricado ya 1.5 millones de dosis. "¿Cómo optimizar la cantidad del medicamento? Este es un debate que no es nuevo y que la comunidad científica lleva meses discutiendo". Roberts argumenta también que la nueva vacuna es más fácil de transportar y de conservar, mientras que la de Merck requiere de contenedores especiales que mantienen el producto a 80 grados bajo cero, añadiendo un reto logístico al trabajo en esta región.

Al otro lado de la frontera, el gobierno de Uganda -donde hace unas semanas se presentaron casos (que por el momento fueron controlados)- está iniciando un programa de implementación de esta nueva vacuna de Johnson y Johnson. Las autoridades de ese país argumentan que Uganda tiene unas condiciones distintas a las del país vecino, ya que la movilidad de la población no es tan alta y donde se ha llevado a cabo una rigurosa campaña de concientización.

El trabajo con la comunidad afectada es parte esencial de la respuesta. "La gente tiene que estar debidamente informada de que se trata de vacunas que aún no tienen licencias, cuyos efectos secundarios a largo plazo aún se desconocen, y sobre todo aclarar que la vacuna no cura la enfermedad: es una medida preventiva", enfatiza.

Sumándole espinas a la desconfianza general que provocan las intervenciones internacionales en la zona, de aquí se deriva parte de la prevención de muchos, que piensan que la vacuna que se les inyecta es la que contiene la enfermedad. Como muchas otras, la vacuna causa malestar físico una vez empieza a hacer efecto, "y por otra parte hay personas que la han recibido después de que han entrado en contacto con un paciente infectado de ébola, y ya una vez contagiadas no hay ninguna vacuna que funcione".

Grupos de la sociedad civil en el nordeste del país también han expresado su desconfianza en esta operación conjunta entre el gobierno congoleño y las organizaciones internacionales. Hay enfermedades como el sarampión o la malaria que desde hace décadas cobran cientos de vidas, así como las frecuentes masacres por grupos armados que han matado y desplazado a millones. Las organizaciones locales se preguntan porqué estas prioridades de la comunidad han caído en oídos sordos durante años, mientras que el ébola, que amenaza también a occidente, recibe atención y reacción inmediata.

Una encrucijada sobre la seguridad

En condición de anonimato, un trabajador humanitario comenta en Goma: "No se puede implementar efectivamente una estrategia de respuesta en salud sin que esté articulada con una estrategia robusta de seguridad; esto es algo que no existe en la zona, lo cual dificulta nuestros esfuerzos por contener la epidemia".

Pocos días después de que se confirmara un segundo caso de ébola en la ciudad –un trabajador que viajó 300 kilómetros desde las minas de oro en la provincia de Ituri– siete barcos de pasajeros que diariamente conectan a Goma con la ciudad de Bukavu al extremo sur del lago Kivu, fueron detenidos en el puerto de llegada.

Las autoridades portuarias prohibieron temporalmente el desembarque porque abordo de uno de los barcos había un "caso de alto riesgo". Al día siguiente, el gobierno de Ruanda ordenó por unas horas el cierre de la frontera con Congo en Goma, un punto por el que diariamente pasan miles de migrantes, viajeros y comerciantes que viven y trabajan a ambos lados de la frontera. Hasta entonces, para los habitantes de Goma la epidemia había sido una amenaza distante. Pero en esa semana se dispararon las alarmas de un posible aislamiento de la ciudad, y la población experimentó de primera mano las consecuencias colaterales de la llegada del virus a la capital provincial.

"Yo no me quiero inyectar ninguna vacuna ni quiero ser un experimento", dice con convicción Pierre Mwamba, un mecánico de Goma. "Pero ese día, cuando vi que cerraban la frontera, me habría hecho inyectar cualquier cosa. Ese día empecé a tener miedo".

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