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75 años de la liberación de París, de la batalla a los símbolos

Desfile militar en los Campos Elíseos, un día después de la liberación de París, el 26 de agosto de 1944.
Desfile militar en los Campos Elíseos, un día después de la liberación de París, el 26 de agosto de 1944. Jack Downey / Library of Congress

El 25 de agosto de 1944, las tropas nazis que controlaban París se rindieron ante los líderes de la Francia libre, quienes lograron erigirse como los protagonistas centrales del evento. Esta etapa marcó el inicio de la lucha ideológica de posguerra.

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Hace 75 años, la Segunda Guerra Mundial se acercó un poco más a su fin y en Francia reinó el júbilo. Ese día, su capital se libró de la ocupación alemana que duraba desde junio de 1940, tras una humillante derrota militar que abrió el paso a la colaboración del Estado con el Reich de Adolfo Hitler.

“¡París! ¡París ultrajado! ¡París roto! ¡París martirizado! ¡Pero París liberado!”, así se expresó en un discurso de antología el General De Gaulle, desde la plaza de la Alcaldía central. París “liberado por sí mismo, liberado por su pueblo, con el apoyo de Francia entera, es decir la Francia que lucha, es decir la única Francia, la verdadera Francia, la Francia eterna”, agregó el militar, quien, ese 25 de agosto, se convirtió en la máxima figura de una resistencia triunfante, que se empeñó por liderar contra viento y marea, frente al oscurantismo nazi y sus aliados franceses.

Pero detrás de este mensaje de unión del líder de la “Francia libre”, una multitud de divisiones marcaban este final de guerra. Empezando entre las filas de la misma resistencia local compuesta por dos principales bandos fraccionados, los “gaullistas” y los comunistas. Fue de hecho un coronel comunista y jefe de las Fuerzas Francesas del Interior (FFI), Henri Rol-Tanguy, que proclamó la insurrección armada contra el ocupante desde las catatumbas de Denfert-Rochereau, el 18 de agosto.

Una insurrección popular

Una decisión que generó tensión, ya que la llegada de las tropas de los Aliados a la capital gala no estaba prevista hasta principios de septiembre, y el baño de sangre en el cual terminó el recién intento de levantamiento del pueblo de Varsovia atormentaba la mente de los aliados. Peor aún, las divisiones recién desembarcadas en Normandía, lideradas por el general estadounidense Dwight D. Eisenhower, preveían eludir la batalla de París para seguir avanzando en dirección de Alemania.

Pero más allá del pulso entre ejércitos, el llamado de Rol-Tanguy fue impulsado por una presión popular cada vez más creciente que tenía acorralados en unos bastiones a los 16.000 soldados alemanes. En cuatro años de ocupación, la resistencia parisina no dejó de organizarse, a punta de emisoras y periódicos clandestinos.

Pero 1944 fue el año de la ofensiva, marcado por las primeras derrotas de Alemania en el frente occidental y el desembarco exitoso del 6 de junio. Así que el 14 de julio, día de fiesta nacional, algunos barrios ya ni escondieron la bandera tricolor, los cantos de Marsellesa y las provocaciones diversas hacia un ocupante que ya parecía más un espectador, aunque si encarceló a algunos.

A partir del 10 de agosto, miles de trabajadores, sobre todo empleados de los transportes públicos, entraron en huelga para exigir la liberación de sus compañeros. París quedó paralizada. Una insurrección se sentía llegar, así que los alemanes confiscaron las armas de los policías de la capital oficialmente bajo sus órdenes. Los agentes respondieron primero con un paro, el 15 de agosto. Cuatro días más tarde, con otras armas, se tomaron la Prefectura, una importante sede administrativa.

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París se levantó. Ancianos, jóvenes y resistentes de diversos orígenes montaron unas 600 barricadas, herramienta de siempre de las revoluciones capitalinas. El 22 de agosto, el estado mayor de Estados Unidos autorizó finalmente a la división del general francés Philippe Leclerc avanzar rumbo a la ciudad, que ya ardía. En medio de las divisiones, los Aliados dejaron a esta parte del ejército francés libre protagonizar la toma de la ciudad, unas tropas que contaban también entre sus filas a más 160 republicanos españoles, cuya lucha contra el franquismo los llevó a este nuevo frente de batalla.

La construcción del mito entorno a la resistencia

No obstante, por poco los Aliados se quedaron no más que con ruinas por liberar, ya que Adolfo Hitler exigió la destrucción de París, una orden que no ejecutó el gobernador nazi de la ciudad, Dietrich von Choltitz, quien explicó años más tarde que el Führer había “perdido la razón”, pero que también fue convencido por un diplomático sueco que la guerra estaba perdida. Las dinamitas colocadas se quedaron sin explotar y von Choltitz entregó su rendición a Leclerc y de Gaulle en la tarde el 25 de agosto.

Fueron justamente los alemanes los que más sufrieron durante esta batalla, dejando en el camino 3.200 muertos. Los resistentes de la FFI registraron 901 bajas y los soldados de Leclerc, 76. La división del general encabezó el desfile de la victoria en los Campos Elíseos.

Inevitable y altamente simbólico, es poco probable que este triunfo hubiera sucedido sin el desembarco de Normandía liderado por Estados Unidos, ni sin los exitosos militares de la Unión Soviética que lucharon contra Alemania en el frente oriental de Europa. Pero para los líderes franceses vencedores se trató de la liberación de un pueblo por el pueblo mismo.

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El fin de la dominación nazi en París marcó el inicio de la construcción de un relato nacional por parte de las nuevas autoridades, que consistió en insistir sobre la fuerza de una resistencia nacional, que contó con una participación masiva para contrarrestar al sometimiento ante los nazis del régimen de Vichy, que cayó mientras París se liberaba.

Este mito oficial, calificado de “resistencialismo” por el historiador Henry Rousso, fue usado políticamente tanto por los comunistas, que tardaron en entrar en resistencia, como por De Gaulle, que necesitaba a un país unificado detrás suyo, luego de ganar el pulso a sus enemigos internos, forjarse la confianza de los principales Aliados, el británico Winston Churchill y el estadounidense Franklin D. Roosevelt.

La Francia colaboracionista: un tabú oficial durante décadas

El general De Gaulle, que pocos conocían en 1939, convenció a sus socios que él era la mejor opción para administrar la Francia liberada. Proclamado en Argelia el 3 de junio de 1944, el Gobierno provisional de la República francesa (GPRF) se instaló en París el 31 de agosto.

No todos los habitantes de París participaron en la liberación de la capital, así como no todos los franceses resistieron al yugo nazi. En un primer tiempo, surgió una preocupación de orden público a raíz del riesgo de purgas y cacerías de brujas de los que colaboraron con los alemanes. Un fenómeno particularmente visible con mujeres señaladas de haber mantenido relaciones con nazis que terminaron en público con la cabeza rapada.

Más tarde, el resistencialismo permitió a las autoridades eludir el tema del colaboracionismo con los alemanes. El primer estudio que reveló cuántas raíces echó esta tendencia en la sociedad fue publicado por el historiador estadounidense Robert O. Paxton, en 1972, en ‘La Francia de Vichy: Vieja Guardia y Nuevo Orden, 1940-1944’.

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Entre los datos notables, la fuerza armada de la cual disponía el régimen colaboracionista, que además de la policía y la gendarmeria, armó unas milicias paramilitares con el principal propósito de combatir a la resistencia. En el momento del desembarco, más de 15.000 milicianos se dedicaban en cazar a la FFI.
La liberación de París dio comienzo a las peleas de interpretaciones de la memoria histórica de la ocupación y la guerra. La multiplicación de las versiones coincidió con el fallecimiento de De Gaulle, quien encarnaba el relato y la versión oficial.

Políticamente, a partir de agosto de 1945, De Gaulle gobernó durante más de un año con las diversas tendencias de la resistencia, incluyendo a los comunistas. Entre las novedades ideológicas surgidas del poder provisional, está la Seguridad Social, un novedoso sistema de bienestar social financiado por el Estado, que será consagrado en la Constitución de 1946.

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