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El G7, el viejo mundo que pretende ser el nuevo

El primer ministro Boris Johnson, la canciller alemana Angela Merkel, el primer ministro de Canadá Justin Trudeau y el presidente francés Emmanuel Macron, caricaturizados en una marcha de protesta contra el G7 en la frontera franco-española, en Hendaya durante la cumbre del G7 de Biarritz, Francia, el 24 de agosto de 2019.
El primer ministro Boris Johnson, la canciller alemana Angela Merkel, el primer ministro de Canadá Justin Trudeau y el presidente francés Emmanuel Macron, caricaturizados en una marcha de protesta contra el G7 en la frontera franco-española, en Hendaya durante la cumbre del G7 de Biarritz, Francia, el 24 de agosto de 2019. Stephane Mahe / Reuters

A los siete dirigentes reunidos en Francia les va a resultar difícil convencer de la validez de su liderazgo sobre los grandes lineamientos del planeta. Representan unas relaciones internacionales polvorientas y tienen cada vez menos peso económico.

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Fue en Rambouillet, sur de París, noviembre de 1975, que el presidente francés de ese entonces, Valéry Giscard d’Estaing, organizó la primera reunión del Grupo de los Seis, compuesta por sus homólogos de Estados Unidos, Japón, Alemania occidental, Reino Unido e Italia. Un encuentro “sin reglas” y directo entre estas potencias preocupadas en ese momento por coordinar sus políticas económicas tras el fin de los Acuerdos de Bretton Woods, que habían definido el rumbo monetario post-Segunda Guerra Mundial. Al año siguiente, Canadá se sumó a esta asamblea exclusiva anual, y así se consolidó el G7.

Este orden mundial giraba entonces entorno al Atlántico y a los vencedores occidentales del arrasador conflicto, cuya recuperación demoró décadas, pero generó un salto económico. Apenas extintos los imperios coloniales, los líderes de las principales potencias no iban a dejar que se les escapara los desafíos internacionales, para los cuales encontraron un espacio cómodo para concertarse. Durante estas cumbres, se discutió tanto de las grandes orientaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), como del conflicto de las Malvinas o de las hambrunas del tercer mundo.

En plena Guerra Fría, uno de los objetivos del G7 era también contrarrestar la influencia de la Unión Soviética y sus aliados, en paralelo a la acción de cooperación militar encarnada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Pero seis años y medio después del derrumbe del bloque soviético, en 1998, Rusia fue invitada al club, más por su peso geopolítico que por su economía, colapsada a raíz de la abrupta transición que vivió. Así que la foto de familia se hizo con ocho líderes durante 16 años, hasta el punto de quiebre de 2014.

Detrás del amor-odio con Rusia, un nuevo orden económico

Ese año, Moscú terminó vetado por sus socios debido a su supuesta implicación en la guerra en Ucrania y por la anexión de Crimea. Un apartamiento que se inscribió en un reavivamiento más amplio de las tensiones entre el G7 y Rusia, pero ha dejado escasos resultados y pareciera que se podría dar marcha atrás pronto, ya que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, expresó su voluntad de ver regresar a su homologo Vladímir Putin. Francia “tomó nota” de esta postura y Emmanuel Macron recibió en su fuerte de vacaciones al hombre fuerte del Kremlin, para tratar de reanudar el proceso de paz en Ucrania.

Pero detrás de las maniobras diplomáticas, el mandatario ruso se ha mostrado poco interesado en reintegrar el grupo elitista. Quizá porque el G7, compuesto por los pesos pesados de siempre, ya no pesa mucho en un mundo multipolar que transforma los poderes, aunque estos lo nieguen.

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Rusia es parte activa de los BRICS, una agrupación de países emergentes que la reúne junto a Brasil, India, Suráfrica y China. Los cinco nuevos aliados ya protagonizaron 10 cumbres, que influencian cada vez más la economía debido a su peso. Desde 2016, la parte del Producto Interno Bruto, la riqueza producida, a valores de paridad del poder adquisitivo (PIB-PPA), que corresponde, a nivel mundial, a los BRICS supera a la de los países del G7.

El gigante indio ya adelantó Francia en potencia económica y China, por su parte, ya destronó a Estados Unidos al puesto de líder de las actividades mercantiles. Independientemente de quien ganará la guerra comercial en curso, Asia es el nuevo centro de la economía mundial y Europa juega sobre lo simbólico para mantener su influencia. A menudo olvidada, Indonesia tiene un PIB-PPA mayor al de Francia y Reino Unido, y a la entrada del viejo continente, Turquía está por superar a Italia con los mismos índices.

Un imagen proyectada que no cuadra con las intenciones

Mientras que los BRICS ya le están haciendo competencia al FMI, Beijing lanzó un fondo masivo de infraestructuras. Estos nuevos mecanismos sacuden las dinámicas que funcionan desde hace más de medio siglo y, más allá de la riqueza producida, significa el fin del orden político internacional construido a partir de 1945.

¿Cómo no va a pesar también la fuerza de los números en este pulso de poderes? Los BRICS representan a más de 3 mil millones de personas al tiempo que el G7 no alcanza los 700 millones. Fue en conciencia de estos grandes desequilibrios que se organizó el primer G20, en 2008, que es compuesto por naciones que mueve el 85% del comercio. Sin embargo, el equilibrio de fuerza es político y lo que se lanzó de manera esperanzadora lo logró suplantar al poder de decisión del G7.

En Biarritz, los ‘grandes del mundo’ desayunan al lado del mar color azul celeste de la costa vasca para definir cuales son las opciones para “luchar contra las desigualdades” en el mundo, Emmanuel Macron habla de medio ambiente a un Donald Trump poco receptivo, y el espectador común constatará que poco se habrá hecho a la conclusión de la cumbre, este lunes 26 de agosto. Este escenario con tintes anacrónicos, como cada año, movilizó a numerosos opositores y activistas que llegaron con el tradicional lema “¡Construyamos Otro Mundo!”.

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