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A dos años del éxodo, los rohingyas se enfrentan a una nueva guerra y a la continuidad de la miseria

Refugiados rohingya se congregan para una oración, en el campamento de Kutupalong, en Cox’s Bazar, Bangladesh, el 25 de agosto de 2019, en el segundo aniversario del éxodo masivo desde Myanmar.
Refugiados rohingya se congregan para una oración, en el campamento de Kutupalong, en Cox’s Bazar, Bangladesh, el 25 de agosto de 2019, en el segundo aniversario del éxodo masivo desde Myanmar. REUTERS/Rafiqur Rahman

En agosto de 2017 los rohingyas sufrieron una fuerte represión por parte del ejército de Myanmar. Quienes se quedaron sufren una nueva guerra y los que huyeron prefieren una vida de miseria en Bangladesh antes que regresar a la guerra.

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"Estamos atrapados en medio de su lucha", asegura Tin Shwe, un aldeano del municipio de Buthidaung, en el estado Rakhine, donde se concentran los rohingyas, una etnia y minoría musulmana de Myanmar, país de mayoría budista.

Cuando funcionarios de Myanmar recorrieron los campamentos de refugiados en Bangladesh, el pasado julio, invitando a los rohingyas que huyeron del país a regresar, entre quienes aceptaron se pudo apreciar a mujeres que cruzaron los puestos de control, mientras felizmente sostenían tarjetas de identificación, que les suministró ACNUR, la agencia para refugiados de la ONU.

Pero las autoridades de Myanmar no les mencionaron la nueva guerra que se libraba en casa. Desde finales de 2018, las tropas del gobierno han estado combatiendo contra el autodenominado Ejército de Salvación Rohingya de Arakan, un grupo armado étnico que en Rakhine recluta a budistas.

El empeoramiento de los combates ha dejado a la comunidad rohingya en el medio y enfrentando amenazas de ambos lados, según aseguran los propios aldeanos.

Si bien una gran parte de los rohingyas fue expulsada por una campaña militar que comenzó en agosto de 2017, una comunidad dispersa de alrededor de 200.000 personas permaneció en el estado de Rakhine, en caseríos que se salvaron de la violencia. Ellos, sumados a quienes decidieron regresar, están ahora, dos años después, atrapados por el nuevo conflicto.

Los Rohingyas en Bangladesh prefieren una vida en la miseria, antes que regresar a Myanmar

Fueron alrededor de 738.000 rohingyas los que huyeron de Myanmar a la vecina Bangladesh. Entre ellos están Samira Begum y su esposo Mohammad Ayub.

Archivo-Rohingyas, que cruzaron la frontera desde Myanmar dos días antes, caminan después de recibir el permiso del ejército de Bangladesh para continuar hacia los campos de refugiados, en Palang Khali, cerca de Cox's Bazar, Bangladesh, el 19 de octubre de 2017.
Archivo-Rohingyas, que cruzaron la frontera desde Myanmar dos días antes, caminan después de recibir el permiso del ejército de Bangladesh para continuar hacia los campos de refugiados, en Palang Khali, cerca de Cox's Bazar, Bangladesh, el 19 de octubre de 2017. REUTERS/Jorge Silva

Tenían lo que una familia de clase media en una zona rural de Myanmar podía esperar, tierras que cultivar y una bonita casa, hasta que tuvieron que dejar todo cuando hace hoy dos años comenzó la ofensiva del ejército del país.

Estaba embarazada y dio a luz en un campamento de refugiados de Kutupalong, en el sureste de Bangladesh, que con más de 630.000 habitantes se ha convertido ya en el mayor del mundo.

La bebé pronto desarrolló una enfermedad en la piel derivada de las condiciones de insalubridad en el congestionado campamento. "En Myanmar vivíamos bien, pero ahora lo hemos perdido todo", dijo Samira.

La portavoz de la organización Médicos Sin Fronteras, Diana Corben, advirtió que "vivir en un campamento significa masificación en condiciones poco higiénicas… lo que aumenta el riesgo de enfermedades infecciosas".

En cuanto a alimentación se refiere, las familias en el campamento de Kutupalong reciben cada dos semanas 27 kilogramos de arroz, aceite y lentejas de las agencias de cooperación. Según Samira, les ayuda a sobrevivir, pero no para satisfacer otras necesidades, por lo que su esposo trabaja en ocasiones de barrendero.

Mohammad Harun, de 11 años, que también vive en el campamento, con su madre y cinco hermanos, dijo que venden parte de la ayuda alimentaria para tener una dieta un poco más variada.

"Mi padre murió en Myanmar, por lo que no tenemos a nadie que gane dinero en casa. Así que, si queremos comer pescado o vegetales, mi madre vende parte del arroz que recibimos", afirmó.

Por su parte, el rohingya Nur Alam, de 50 años, que desconoce el paradero de sus cuatro hijos desde que inició la crisis hace dos años, dijo, sin embargo, que no piensa regresar a Myanmar.

"Si regreso, no habrá garantía de que me entierren cuando muera. Aquí al menos podré obtener eso", sentenció.

El empeoramiento de una pesadilla

El 25 de agosto de 2017, el ejército de Myanmar lanzó una fuerte ola de ataques violentos, según los militares, en respuesta a una serie de agresiones de un grupo rebelde rohingya en la región de Rakhine, en el oeste de Myanmar.

Sin embargo, grupos de derechos humanos han señalado que esta podría haber sido usada como una excusa para tratar de extinguir a la minoría Rohingya.

Archivo-Refugiados rohingya continúan su camino después de cruzar de Myanmar a Palang Khali, cerca de Cox's Bazar, Bangladesh, el 2 de noviembre de 2017.
Archivo-Refugiados rohingya continúan su camino después de cruzar de Myanmar a Palang Khali, cerca de Cox's Bazar, Bangladesh, el 2 de noviembre de 2017. REUTERS/Hannah McKay

Se trata de una comunidad que históricamente ha sido rechazada por el propio país en el que nacieron. Myanmar no los reconoce como sus ciudadanos, no cuentan con un documento de identidad oficial de las autoridades de la nación, algo que los deja en una situación de apátridas. También tienen restricciones para movilizarse por el territorio nacional.

Cuando llegó la represión militar hace dos años, alrededor de 10.000 rohingyas fueron asesinados, según estimaciones de la ONU, incluidos niños.

Además, la comunidad denunció que mujeres y niñas fueron violadas por los soldados. Otros sufrieron torturas y cientos de aldeas enteras fueron quemadas en el operativo militar que Human Rights Watch calificó como "limpieza étnica" con "indicios de genocidio".

Ante las condiciones precarias en que viven como refugiados en Bangladesh, muchos rohingyas señalan que desean regresar a sus hogares, pero bajo condiciones específicas, incluidas garantías de ciudadanía y seguridad, algo de lo que por ahora no hay garantías por parte del gobierno de Myanmar, de la presidenta Aun san Suu kyi, a quien Amnistía Internacional le retiró el premio de embajadora de conciencia, por considerar que “traicionó los valores que una vez defendió” con su “indiferencia ante las atrocidades cometidas por los militares" contra la minoría rohingya.

France24 con Reuters y EFE

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