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ARTE + FRANCE 24

México: los migrantes desaparecidos tras el sueño americano

Rubén Figueroa tiene una misión: encontrar a algunos de los miles de migrantes ilegales que desaparecen cada año sin dejar rastro en su largo viaje hacia Estados Unidos...
Rubén Figueroa tiene una misión: encontrar a algunos de los miles de migrantes ilegales que desaparecen cada año sin dejar rastro en su largo viaje hacia Estados Unidos... ARTE

Se estima cerca de cuatro de cada diez migrantes centroamericanos que cruzan México en su recorrido hacia EE. UU., desaparece. Podrían estar vivos, muertos o ser víctimas de trata de personas. La misión de Rubén Figueroa es encontrarlos.

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A veces solo tiene una ínfima pista para comenzar su búsqueda. Una foto vieja que guardan con esperanza los familiares, el número del que se comunicó por última vez o el lugar en el que sus allegados le perdieron la pista. A pesar de los pocos o detallados datos que obtenga de los desaparecidos, Rubén Figueroa los organiza todos en una carpeta, caso por caso. Ese es el comienzo.

Figueroa trabaja para el Movimiento Migrante Mesoamericano, organización que se encarga de buscar a los centroamericanos que alguna vez transitaron por México y que desaparecieron en su intento de alcanzar el sueño americano. Una misión compleja, algunas veces satisfactorias, pero muy frustrante, ya que de las 400.000 personas que se estima, cruzan México cada año, 160.000 se esfuman sin dejar rastro, según las oenegés Amnistía Internacional y Sin Fronteras.

A pesar de que el tiempo y los recursos para encontrar a tantos migrantes desaparecidos son limitados, Rubén no deja de buscar incluso en las más recónditas ciudades centroamericanas de donde miles salen huyendo de la pobreza y la violencia. "No hay sufrimiento más grande que un ser querido desaparezca. Debería haber un ejército de personas buscando a los migrantes desaparecidos", dice.

El engaño de los traficantes aumenta el dolor

Fue así como llegó al remoto municipio guatemalteco de Huehuetenango. Allí conoció el caso de Sebastiana, la madre de un migrante indígena que desapareció hace más de diez años camino a Estados Unidos. "Él me dice en sueños, 'Mamá déjelo, todo se terminó, pero tenga paciencia algún día voy a llegar, cuídeme mi lugar'", relata Sebastiana entre sollozos mientras muestra fotos de él .

Su hijo emprendió el viaje guiado por un traficante, a los que se les conoce como 'coyotes'. Este le dijo que la última vez que supo de su hijo fue en Texas, donde cayó desmayado, sin poder caminar. "El traficante le dijo que lo dejó en la frontera, pero todos los traficantes dicen eso, aunque sepan que estas personas murieron. Es perverso. Muchas madres mueren esperando sin información de sus hijos", explica Rubén, que formuló una hipótesis: para él, el muchacho desapareció cruzando el desierto y sus restos podrían reposar allí. "Son kilómetros de zonas despobladas. Si me sumerjo allá, hasta yo podría desaparecer", aseguró.

Sebastiana sigue buscando a su hijo en medio de sus rituales. "La desaparición de un hijo mata de dolor a una madre, carcome el alma y el cuerpo", aseguró Rubén. Su empatía y su profundo conocimiento de la ruta migrante y las zonas donde han desaparecido, le ha permitido tener también algunas alegrías.

El misterio resuelto de la migrante hondureña que decidió desaparecer

El drama de ser migrante centroamericano empieza al salir de casa y nunca termina, pero el de las mujeres tiene una connotación especial. En una aislada vereda no muy lejos del departamento hondureño de Intibucá, Rubén visitó a la madre de Jacqueline, una migrante hondureña que salió rumbo a México y con quien perdió contacto hace tres años. La última información que tuvo su familia de ella fue que trabajaba en un restaurante en Chiapas, un estado al sur de México.

"Me niego a creer que está muerta", le dijo la madre a Rubén, quien recogió las fotos, las puso en su respectiva carpeta y salió a buscarla. Se adentró a esa zona, y de ahí pasó de tienda en tienda buscándola. Recibió información de que había trabajado en un prostíbulo y luego que se había ido a vivir con un hombre al que decían "el güero", un hombre que la maltrataba.

Rubén dejó su número en cada bar. Hasta que recibió una llamada de Jacqueline, quien lo citó en un parque del pueblo. Cuando él le contó que su familia estaba desesperada buscándola, ella le dijo que no quería hablar con ellos. Entonces él llamó a su familia para comunicarle que la había encontrado, pero ella insistió en que no quería contactarlos. Jacqueline, por alguna razón había decidido alejarse de sus seres queridos.

"Su caso me dejó una enseñanza muy fuerte. Este camino no es nada fácil para las mujeres migrantes, sobre todo si han sido violentadas. Roban totalmente su identidad, oscurecen sus recuerdos. Cortan la comunicación con sus familiares. Las aíslan", explicó Rubén.

"¡Hijo, escucha, tu madre está en la lucha!"

Cada año la organización de Rubén organiza una marcha con las madres cuyos hijos siguen desaparecidos. Estas mujeres son traídas de Honduras, Guatemala, Nicaragua y El Salvador hasta México para protestar por su ausencia, pero también para ver si tienen la suerte de encontrarlos. Van incluso hasta las cárceles, donde algunos migrantes centroamericanos han permanecido recluidos hasta por más de 20 años sin comunicarse con sus familias.

Las madres no se cansan de luchar. En las plazas de México cada una lleva colgado el nombre y la foto de su hijo, con la esperanza encendida, de poder dar con él. Es inevitable para muchas de ellas no llorar una pérdida suspendida en el tiempo, pero las más fuertes de espíritu se encargan de animarlas: "Estas son mis palabras hermanas, sigan adelante, no lloren, porque llorar pone triste a las demás. Sigan adelante. Oren", dijo una mujer.

En medio de la marcha, dos mujeres pudieron reencontrarse con sus hijos gracias al trabajo de Rubén, que en seis años ha logrado juntar a 30 migrantes con sus familias. Él también fue uno de ellos. A los 16 años viajó a EE. UU. para ofrecerle un futuro mejor a su mamá y como dice, contó con la suerte de regresar cinco años después. De esa experiencia le quedaron dos lecciones: "que el pago al esfuerzo del migrante es la soledad" y que sí desaparece, espera que alguien le ayude a su mamá a buscarlo.

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