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Historia

Así fue el gran viaje que inmortalizó a Alexander Von Humboldt

A Alexander Von Humboldt se le suele relacionar con ciencia, ecología, biogeografía y aventura. Ahora lo recordamos porque nació hace 250 años para nutrir el mundo de la ciencia con un simple concepto: interacción.

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Los historiadores coinciden en que a Von Humboldt se le debe atribuir la noción de que todo cuanto existe en la naturaleza está conectado, cada elemento está interrelacionado, y si un solo individuo sufre un trastorno, el resto del sistema también se verá afectado. A esta conclusión llegó el científico alemán, nacido en la antigua Prusia, luego de una fascinante y temeraria expedición de 5 años por varios países de América Latina.

Con los bolsillos llenos por heredar una gran fortuna tras la muerte de su madre, Von Humboldt se embarcó junto al botánico Aimé Bonpland en una travesía de 1799 a 1804. Después de abandonar Europa atracaron en Cumaná, al norte de Venezuela, desde donde partieron para alcanzar la cuenca del Orinoco.

Montados en una canoa navegaron el curso de este río, surfearon rápidos y finalmente se toparon con el Río Negro, un afluente del Amazonas. Así transcurrieron tres meses bajo lluvias tropicales, nubes de mosquitos, e intensa humedad. Pronto se quedaron sin provisiones y sobrevivieron gracias a una alimentación basada en semillas de cacao y agua de río.

Entre tanto, Von Humboldt documentó miles de especies botánicas y se conmovió con las costumbres indígenas. Su insaciable curiosidad científica lo hizo probar el curare: el veneno aplicado a las flechas con que solían cazar los indígenas. Así demostró su teoría de que el tóxico era letal solo si se suministraba directamente en la sangre, como lo hacían los nativos al escupir las flechas con sus cerbatanas para impactar aves y mamíferos.

Luego de internarse por la selva del Amazonas, Von Humboldt se interesó por las montañas de los Andes

Más adelante, Von Humboldt y Bonpland se hospedaron en Santafé de Bogotá, Colombia. Allí conocieron a José Celestino Mutis, el destacado botánico español, con quien Von Humboldt compartió conocimientos por seis semanas, el tiempo que le costó a Bonpland recuperarse de una severa fiebre.

Aliviado de su malestar, Bonpland se reincorporó a la expedición. El siguiente destino fue Ecuador, donde Von Humboldt se interesó a profundidad por los volcanes. De hecho, cuando en la época se creía que el Chimborazo era la montaña más alta del mundo, con sus 6.300 metros, Von Humboldt y Bonpland subieron hasta poco más de los 5.600, armados de un equipo rudimentario, por no decir riesgoso. Era la máxima altitud lograda por el hombre hasta esa fecha.

Luego de Ecuador, le llegó el turno a Perú. Von Humboldt observó y midió la temperatura y el ciclo de la corriente oceánica que bordea a la costa peruana, al punto que dicha corriente fue bautizada con su nombre. Ya en 1803, durante el cuarto año de su viaje, los arriesgados expedicionarios zarparon de Guayaquil con rumbo hacia México, Cuba, y finalmente Estados Unidos, donde se encontraron con el presidente Thomas Jefferson, que los recibió como invitados de honor.

Tras 5 años de expedición por América Latina, Von Humboldt regresó a Europa para escribir y publicar sus diarios de viaje

A su regreso en Europa en 1804, Von Humboldt se asentó en París por dos décadas para desglosar sus investigaciones de América. En dicho período publicó más de 30 volúmenes de narraciones, estudios regionales y una colección de 4.528 plantas, acompañadas por sus observaciones botánicas. Pero más allá de la cantidad de su obra científica, lo que importa es su calidad. Cada especie venía ilustrada con un hermoso dibujo, su ubicación exacta, la altitud, la presión atmosférica, el campo magnético. Era tan agradable su forma de presentar la ciencia, que se convirtió en un pionero en acercar el conocimiento científico al hombre común y corriente.

Cuando culminó su estancia en París, Von Humboldt regresó a Berlín, su ciudad natal. En su recta final escribió Cosmos, su obra cumbre. En estas páginas quedó plasmada su máxima de cuán crucial es la conexión entre los seres vivos y sus entornos geográficos.

A los 89 años el expedicionario murió, pero su legado se ha mantenido vivo por generaciones, inspirando a biólogos, ecólogos, astrónomos, científicos, naturalistas y humanistas. Por ello es considerado el último científico universal.

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