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Entre la fragmentación y la apatía, Túnez celebra sus elecciones parlamentarias

Una mujer asiste a un centro de votación en la Ciudad de Túnez durante las elecciones legislativas, el 6 de octubre de 2019.
Una mujer asiste a un centro de votación en la Ciudad de Túnez durante las elecciones legislativas, el 6 de octubre de 2019. Zoubeir Souissi / Reuters

Los ciudadanos deciden la conformación del Parlamento en los terceros comicios legislativos desde la revolución de 2011. La votación se da a una semana de la segunda vuelta presidencial y en un contexto de división y aparente desinterés.

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Túnez celebra sus terceras elecciones legislativas desde la revolución de 2011, que inspiró la “Primavera Árabe” y permitió la instauración de una nueva Constitución. Sin embargo, ocho años después de esa revuelta, el presente político es tumultuoso en el país, con los partidos tradicionales puestos en duda y el desencanto reinando en la población.

En concreto, más de 7 millones de ciudadanos están habilitados para votar en los comicios parlamentarios. Más de 15 mil candidatos distribuidos en cerca de 1.500 listas competirán por ocupar los 217 escaños en juego.

Estas elecciones –cuyos resultados preliminares se conocerían el próximo miércoles 9 de octubre- representan el segundo capítulo de una tríada de comicios que comenzó el 15 de septiembre con la primera vuelta de las presidenciales y culminará el próximo domingo 13 de octubre con el segundo turno entre el jurista ultraconservador Kaïes Said y el populista magnate de la televisión, Nabil Karoui, excolaborado del fallecido presidente Beji Caïd Essebsi encarcelado desde agosto bajo acusaciones de evasión fiscal y lavado de dinero, alegaciones presentadas hace 3 años y negadas por el dirigente.

La abstención asoma como una de las principales amenazas de los comicios legislativos, en los que el partido conservador religioso islamista Ennahda aspira a recuperar el terreno perdido tras el desgaste por haber integrado los gobiernos de coalición con la vieja élite secular que, a la luz de los tunecinos, han fracasado.

Para ello, la formación islamista apuesta a la presencia de su líder histórico, Rachid Ghannouchi, quien integra una lista electoral por primera vez, además de su tácito apoyo a Said, el candidato independiente que lideró la primera vuelta presidencial.

Por su parte, Qalb Tounes (Corazón de Túnez, en español), la formación creada por Karoui, aspira a sostener su crecimiento, apoyado en un discurso populista, crítico de la aguda crisis económica del país y respaldado por la carismática figura de su líder, dueño de la cadena con más audiencia del país, Nessma TV.

La división amenaza la formación del nuevo gobierno

La disputa entre Ennahda y Qalb Tounes –que han prometido no integrar un gobierno que incluya a la otra formación- y la emergencia de pequeños partidos avizoran un Parlamento dividido, que haría más difícil la conformación de una coalición para nombrar al primer ministro.

Las proyecciones previas dan cuenta de la potencial entrada al cuerpo legislativo de algunos partidos emergentes y otros de raíces pasadas, como la formación liderada por la abogada ultraderechistaq Abir Moussi, integrada por nostálgicos de Zine El Abidine Ben Ali, derrocado en 2011. También se vislumbra una fuerte caída del gobernante Niida Tounis, que en los últimos dos años perdió dos tercios de sus diputados debido a las divisiones internas.

Según la Constitución tunecina enmendada en 2014, el partido vencedor de las elecciones parlamentarias tendrá dos meses para presentar un Ejecutivo y lograr el visto bueno de, al menos, 109 diputados.

En caso de no lograrlo, el presidente podrá encargar la formación del Ejecutivo a una persona, que nuevamente tendrá dos meses para hacerlo y necesitará el respaldo de la mitad más uno de los diputados de la cámara.

De acuerdo al sistema electoral de Túnez, el primer ministro respaldado por el Parlamento dirime la mayoría de las políticas nacionales para el gobierno interior, mientras que el presidente controla la política exterior y de defensa.

Una población desencantada por el desempleo, la inflación y la desigualdad

Si bien la elección del Parlamento resulta clave para la política interna del país, entre los ciudadanos de Túnez reina una sensación de descontento que se traduce en una escasa participación en las urnas.

Solo ocho años después de la revolución, buena parte de la población ha caído en el desencanto por la incapacidad de los gobiernos de coalición para hacer frente a la débil situación económica y la caída de los servicios públicos.

El desempleo se ubica en un 15% a nivel nacional –y hasta 30% en algunas ciudades-, un índice más alto que durante la presidencia del autócrata, Zine El Abidine Ben Ali, derrocado en 2011 y fallecido en septiembre en el exilio en Arabia Saudita.

Además, en 2018, la inflación alcanzó un récord de 7,8% y se mantiene en 6,8%, las huelgas son frecuentes en el sector público, la desigualdad se mantiene profunda y la pobreza se siente en muchas áreas.

“Después de la revolución, todos éramos optimistas y teníamos muchas esperanzas. Pero la esperanza ha disminuido mucho ahora como resultado del desastroso desempeño de los gobernantes y el antiguo parlamento”, dijo Basma Zoghbi, un trabajador del municipio de Túnez, que sí decidió votar.

El gobierno que surja de las elecciones se enfrentará al desafío de mejorar los servicios y la economía, al tiempo que deberá controlar la alta deuda pública de Túnez.

Con Reuters y EFE

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