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Detrás de las huellas de las tortugas oliváceas en Costa Rica

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Playa Hermosa (Costa Rica) (AFP)

"¡Respeto!". El guía Raúl Fernández habla a su pequeña tropa en la noche frente al Océano Pacífico de Costa Rica, en Playa Hermosa (noreste), antes de embarcarse en la oscuridad siguiendo los pasos de las tortugas oliváceas.

Fernández, de 41 años, ha estado guiando a los turistas durante 12 años para observar a estas tortugas (Lepidochelys olivacea), que ponen sus huevos en estas costas de julio a diciembre, a pocos metros de donde rompen las grandes olas que disfrutan surfistas de todo el mundo.

Presente en toda la zona tropical, esta especie es considerada como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Para proteger los nidos, guardias armados patrullan por la noche Playa Hermosa para mantener a raya a los cazadores furtivos que roban los huevos. No tienen cualidades particulares de gusto e incluso, según Raúl Fernández, "comerlos puede hacer que vomites".

Desafortunadamente para las tortugas, estos huevos blancos y esféricos tienen la reputación de tener propiedades afrodisíacas y, por lo tanto, son objeto de un tráfico jugoso a nivel internacional.

Pero el guía no cree en la efectividad de la represión. En el pequeño grupo que conduce a la luz de la luna, dos niñas son objeto de sus atenciones: "Contra los hueveros, nosotros contamos con la nueva generación. Enseñamos a los jóvenes esa riqueza de la naturaleza para que la protegen en el futuro", dice Fernández.

Después de unos 15 minutos de caminata por la playa, el guía ve huellas que provienen del mar. Al final, allí está ella, depositando sus huevos -que pueden llegar a cien- en el hoyo que cavó en la arena, de unos 50 centímetros de profundidad.

Para proteger los huevos de su principal depredador en la playa, el humano, los guardias del Refugio de la vida salvaje de Playa Hermosa recogen de las arenas cada año entre 10.000 y 15.000. Después de 45 días de incubación, los recién nacidos son liberados en la playa: "Uno de cada mil escapará de los depredadores y se convertirá en adulto", dijo Mauricio Salazar, de 40 años y administrador del Refugio.

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