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Una vida de miseria para los pioneros en la Amazonía brasileña

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Santarém (Brasil) (AFP)

Maria Helena Locatelli migró al norte de Brasil en 1972 persiguiendo la promesa de una tierra propia y un futuro mejor. Pero al llegar sólo encontró miseria.

Ella integró una ola de pioneros que se mudaron a los márgenes de la carretera transamazónica -construida por la dictadura militar- para poblar una región que era considerada susceptible a una invasión extranjera.

Bajo el eslogan "Tierras sin hombres para hombres sin tierras", el gobierno prometió cien hectáreas y una casa a las familias pobres de zonas rurales que estuvieran dispuestas a mudarse a la selva tropical.

La gente creyó en la propagada, cuenta Locatelli, ahora de 71 años, hasta que llegaron y descubrieron "que no había nada".

"No era cierto, fue una gran mentira", dice Locatelli, quien vivía en Rio Grande do Sul y tenía 25 años cuando su entonces esposo Orlando escuchó en la radio la invitación del gobierno para ocupar la Amazonía, a miles de kilómetros de distancia.

Con dos hijos pequeños y dos gemelos en camino, la pareja se mudó al estado de Pará.

Las condiciones eran difíciles, afirma. Pero después de haber vendido su casa y todas sus pertenencias, no tenían como volver atrás.

Durante meses durmieron sobre un piso de tierra en una cabaña que compartían con otros recién llegados.

"Había gente de Bahía, de Ceará, de Fortaleza, de Rio Grande do Sul", recuerda Locatelli.

Con el tiempo recibieron un denso pedazo de selva virgen cerca de Rurópolis, a tres horas por tierra de Santarém, donde vive ahora. La casa y los muebles prometidos por el gobierno no existían.

No había agua corriente, abundaba la malaria y los cultivos no prosperaban

"Era pura miseria (...) Sufríamos mucho. Mucha gente moría", relata.

- Peor para otros -

Orlando, ahora exesposo de Locatelli, compró entonces una sierra para cortar los árboles en el terreno que obtuvieron y comenzó a ganar dinero talando en propiedades de otras personas.

Fue el comienzo de la amplia deforestación en la región, acelerada en las décadas siguientes a medida que ganaderos y agricultores se adentraron en la selva.

A los pocos meses, Orlando resultó seriamente herido por la caída de un árbol que mató a otro hombre. Con su marido accidentado, Locatelli debió convertirse en la fuente de ingresos de su familia.

A pesar de haber cursado apenas unos pocos años de escuela primaria, se inscribió en un curso de entrenamiento para maestras y trabajó en la escuela comunitaria al lado de la carretera.

Locatelli se consolaba a sí misma al ver que otras familias estaban en peores condiciones.

"Tenía que permanecer fuertes y enfrentar la vida", dice. "No permití que pasáramos hambre".

Si bien aquellos duros años permanecen grabados en su memoria, Locatelli se entristece al ver la extensión que han alcanzado la deforestación y los incendios este año.

La tala de árboles en la Amazonía casi se ha duplicado en los primeros ocho meses del año, comparada con el mismo período de 2018, totalizando 6.404 kilómetros cuadrados, el equivalente a 640.000 canchas profesionales de fútbol.

"No pienso lo mismo que pensaba cuando llegué. Dependemos mucho de la selva", reflexiona Locatelli.

"He llorado varias veces y le pedí a Dios que interceda de alguna manera para evitar que la selva sea arrasada", afirma.

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