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Cultura

El Premio Nobel de Literatura fracasa en su regreso y no se aleja de la controversia

Olga Tokarczuk y Peter Handke ganaron este año los Nobel literarios 2018 y 2019. Pese a su gran obra, con ellos la Academia Sueca vuelve a pecar de eurocentrismo y falla en reinventarse, después de vivir un año sin premio y posponerlo por abusos sexuales. La gota es que a estos autores les han llovido tantas o más críticas que aplausos. ¿Qué diría Alfred Nobel de todo esto?

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Es sabido que el Premio Nobel de Literatura nunca llueve a gusto de todos. Como justo y correcto se recibió el de 2017 al británico-japonés Kazuo Ishiguro. Pero el de 2016, al músico, poeta y compositor estadounidense Bob Dylan, fue un grito en el cielo. Que este año tocara medalla por partida doble no ha ayudado a ese sentimiento, que con la polaca Olga Tokarczuk y el austríaco Peter Handke se ha debatido entre la sorpresa y el descontento.

Ellos han sido los ganadores de 2018 y 2019 respectivamente. Con intención o no, la Academia Sueca dio a una mujer su año sin medalla, pospuesto por casos de abuso sexual y filtraciones ligadas al marido de una de las académicas. 2019 quedó para un hombre, cuando tras la oleada #MeToo se esperaba que la sede de Estocolmo hubiera reflexionado sobre su escándalo y sobre su palmarés, que solo cuenta con 15 mujeres premiadas de 116 ediciones.

Aunque lo que ha sentado peor es que ambos escritores sean centroeuropeos. De este aplazamiento se anhelaba más conciencia, algo de más lejos del epicentro Nobel, de un lugar menos reconocido. Porque si se mira la lista, los más celebrados han sido los franceses, los estadounidenses e ingleses, los alemanes y los suecos. Del continente africano solo hay cinco autores, mientras Rubén Darío, Nawal El Saadawi, Mercè Rodoreda, Mia Couto, Virginia Woolf, Maryse Condé, son algunos de los nombres que alimentan el eterno no-Nobel.

La premisa del propio Alfred Nobel siempre fue dirigida “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”. Y tal vez, solo tal vez, la dirección ideal, además de la intelectual, habría sido un nombre internacional para calmar los ánimos, pero también salir de una crisis que en su día puso a la Academia en entredicho y que en su regreso le persigue por cosas así.

La escritora Olga Tokarczuk es fotografiada durante una entrevista con Michal Nogas en Varsovia, Polonia, el 16 de abril de 2018.
La escritora Olga Tokarczuk es fotografiada durante una entrevista con Michal Nogas en Varsovia, Polonia, el 16 de abril de 2018. Agencja Gazeta / Adam Stepien / REUTERS

De Tokarczuk, nacida en 1962 en Sulechów, se ha celebrado su “imaginación narrativa que, con pasión enciclopédica, representa el cruce de fronteras como una forma de vida”. Aun cuestionando la elección de la Academia, no se puede quitar mérito a una autora cuya firma son los opuestos naturales, las luchas, las tensiones, aplicadas desde la poesía hasta el ensayo, la novela y el libro de viajes.

En 2018, año por el que se le concede el premio, su libro ‘Los errantes’ (premio Man Booker International) la puso en la escena mundial. Si bien sus estudios en psicología la habían llevado mucho antes a trabajar su pluma, en concreto desde 1993, con la publicación de su primera obra ‘El viaje de los hombres del Libro’. Desde entonces, pese al trasfondo parapsicológico, negro y ecologista de títulos como ‘Ara a través de los huesos de los difuntos’, siempre ha retratado la trágica historia de su Polonia, defendiendo su pluralismo, a un nivel que para muchos no la hace merecedora del Nobel.

Tras saberse vencedora, varios la acusaron de “traidora” por una razón: Tokarczuk es lo opuesto, es quien defiende el mestizaje, quien defiende a migrantes, quien defiende a homosexuales. Del otro lado, tiene un muro nacionalista que no quiere que se critique a su gobierno. Algo que ha rescatado la Academia, ahí sí fiel a su espíritu de elevar a una escritora con un significado político y contestatario. Por esa misma razón, ella misma ha festejado el doble premio para Europa Central, donde siente que hay “problemas con la democracia” y valora que esto puede dar “una especie de optimismo”.

El autor austríaco Peter Handke aparece en su casa, tras el anuncio de que ganó el Premio Nobel de Literatura 2019, en Chaville, cerca de París, Francia, el 10 de octubre de 2019.
El autor austríaco Peter Handke aparece en su casa, tras el anuncio de que ganó el Premio Nobel de Literatura 2019, en Chaville, cerca de París, Francia, el 10 de octubre de 2019. Christian Hartmann / Reuters

Si la escritora de menos de 60 años dividió a Polonia, en Austria Peter Handke de 76 no ha pasado de puntillas, y menos en Croacia, Albania, Kosovo y Bosnia y Herzegovina, ante el reconocimiento de “un trabajo influyente, que con ingenio lingüístico ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”.

Como escritor es alegremente polifacético, un incansable de la novela, la poesía, pero también del cine y el teatro experimental, con más de cien obras que dan una esperanza, un paraíso en la tierra antes de la muerte. Su íntimo traductor en español, Eustaquio Barjau, no se atreve a elegir entre el primerizo ‘Los avispones’ de 1966 u otros como ‘Insultos al público’, ‘Ensayo sobre el jukebox’, ‘Desgracia impeorable’ o ‘Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina (Justicia para Serbia)’.

Así como la Academia estuvo casi dos años en silencio, desde hacía tiempo a Handke le daba la luz de la popularidad, pero también la sombra de su moralidad, por su posición sobre la guerra de Yugoslavia y la historia serbia. Porque en ese sentido su figura aún es más controversial que su prosa, al haber sido muy cercano al antiguo líder serbio Slobodan Milosevic, casi juzgado por La Haya por crímenes de guerra y contra la humanidad y genocidio, además de haber negado la masacre de Srebrenica y la muerte de 8.000 musulmanes durante la guerra en Bosnia.

Por ese motivo, la asociación de víctimas del genocidio “Madres de Srebrenica” salió a pedir su retiro del Nobel por “defender a los criminales”. También el ministro de Exteriores albanés Gent Cakaj, que lo tildó de “negador del genocidio”. O incluso una víctima sobreviviente de la masacre, que afirmó que “un fan de Milosevic y un notorio negador del genocidio gana un Nobel de Literatura; vaya tiempo para estar vivo”.

Handke es consciente de su perfil público. Él mismo pidió una vez que se aboliera el premio, por eso se mostró “asombrado” de que el Nobel le llegara, porque es una apuesta “muy valiente por parte de la Academia Sueca”. No obstante, su pensamiento no es “un crimen” ha defendido numerosas veces ante la prensa. Y así lo han apoyado en Austria como “gran escritor”, “voz calmada y cautivadora (que) ha estado dibujando durante décadas mundos, lugares, personajes que no podían ser más fascinantes”; palabras de nada menos que del presidente austríaco Alexander Van der Bellen.

El Secretario Permanente de la Academia Sueca, Mats Malm, anuncia a Olga Tokarczuk como la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2018 y Peter Handke como el ganador del Premio Nobel de Literatura 2019, en Estocolmo, Suecia, el 10 de octubre de 2019.
El Secretario Permanente de la Academia Sueca, Mats Malm, anuncia a Olga Tokarczuk como la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2018 y Peter Handke como el ganador del Premio Nobel de Literatura 2019, en Estocolmo, Suecia, el 10 de octubre de 2019. Anders Wiklund / TT News Agency / Reuters

Las críticas sobre los Nobel de Literatura 2018 y 2019 van desde el patriotismo y conservadurismo hasta el reclamo de unos autores que defiendan los derechos humanos ante líderes políticos. No para todos Olga Tokarczuk y Peter Handke entran en la definición, pero como decíamos antes, nunca el premio llueve a gusto de todos. Y menos con una Academia a la que le ha faltado autocrítica.

Para esta edición fue abierta en su jurado, formado por cuatro miembros del Comité y cinco expertos externos, entre los cuales había cuatro mujeres. Pero todos eran suecos, y no apostaron a la literatura universal, sino a una tradición que en realidad necesita reinvención. No tanto para elegir a un Bob Dylan o a un político como Winston Churchill, sino para dar futuro a un premio que existe desde 1901 y requiere una concepción diferente.

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