El bosque keniano de Karura, una tierra de asesinos convertida en paraíso natural

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Nairobi (AFP)

"Recogíamos los cuerpos que habían sido arrojados, algunos estaban descompuestos, otros más frescos", cuenta John Chege, recordando sus primeras patrullas por el bosque de Karura, en pleno corazón de Nairobi, cuando los ladrones y asesinos superaban en número a los caminantes.

Karura tenía una mala reputación, acompañada de leyendas urbanas que la invocaban para asustar a los niños que se portaban mal. Por la noche, Chege y los otros guardabosques salían antorcha en mano, con la esperanza de no cruzar el camino de un intruso.

"Era un infierno", asegura Chege, jefe de los guardabosques de Karura desde 2009, cuando se hicieron grandes esfuerzos para devolver el lugar a los habitantes de Nairobi.

Karura ahora acoge actualmente a unos 30.000 visitantes por mes, en comparación con cero en 2009.

En 10 años, esta peligrosa tierra de nadie se ha convertido en uno de los lugares más seguros y populares de la capital de Kenia, un soplo de aire fresco en una ciudad minada por el ruido, la contaminación y los atascos.

Según los defensores del medio ambiente, Karura, el segundo bosque más grande del mundo en el corazón de una ciudad, también se ha convertido en un símbolo de resistencia al acaparamiento de tierras, una práctica corriente en Kenia, y al desarrollo inmobiliario.

Cada año la superficie de los bosques kenianos se reduce 5.000 hectáreas, según cifras del Ministerio del Medio Ambiente, pero Karura sobrevive al desarrollo exponencial de Nairobi.

- "Amenaza" -

Cambiar la mala reputación de Karura no ha sido fácil, incluso después de la construcción de un cerca eléctrica alrededor del bosque, asegura Karanja Njoroge, expresidente de la Asociación de Amigos del Bosque de Karura, que coadministra esta área protegida.

"En 2009, decirle a alguien que lo íbamos a llevar al bosque de Karura era como una amenaza", recuerda Njoroge. "Significaba que iba a ser asesinado o castigado".

Chege y sus guardabosques, entrenados por el ejército británico, corrieron en uniforme al lado de las personas que salían a practicar jogging. "¿Un visitante quería correr 10 km? Mi muchacho (el guardabosques) también corría 10 km", recuerda.

Pero poco a poco, el número de visitantes aumentó y los criminales fueron expulsados. Incluso reabrió un club deportivo que había sido abandonado debido a la inseguridad.

Las comunidades locales han desempeñado un papel crucial en esta transformación.

El propio Chege, un antiguo leñador, viene de un barrio marginal al norte de Karura, cuyos habitantes utilizaban el bosque como vertedero y retrete, y cortaron los árboles.

Hoy en día lo protegen. Plantan árboles, cortan las malas hierbas y están al acecho de cualquier visitante sospechoso.

- Premio Nobel -

Karura, con sus 1.000 hectáreas rodeadas de algunos de los barrios más ricos de la capital, se libró del desarrollo inmobiliario en la década de 1990 cuando se ofrecieron grandes extensiones del bosque a las élites que tenían apoyos políticos.

Wangari Maathai, fundador del Movimiento del Cinturón Verde y primera africana en recibir el Premio Nobel de la Paz, tomó la defensa de Karura y movilizó a líderes religiosos, estudiantes y abogados.

En enero de 1999, unos hombres armados la hirieron cuando plantaba un árbol en señal de protesta. El ataque dio la vuelta al mundo y escandalizó a una opinión pública cansada del acaparamiento de tierras por parte de las élites corruptas.

Los proyectos inmobiliarios fueron abandonados, pero el bosque todavía guarda las huellas de este pasado, con claros creados para construir casas que nunca salieron del suelo, o tuberías destinadas a las alcantarillas.

- Desfigurado -

A pesar de estas victorias, la tranquilidad del bosque no está garantizada.

Otros bosques, como Oloolua al sur de Nairobi, han sufrido invasiones. Incluso el Parque Nacional de Nairobi fue desfigurado por la construcción de un puente para una línea de ferrocarril pese a un dictamen judicial.

En Karura, la ampliación de una carretera al este del bosque es motivo de preocupación. Y la amenaza del acaparamiento de tierras sigue presente.

Sea como fuere, la metamorfosis de Karura sigue siendo un éxito. Las especies de árboles nativos vuelven a crecer en detrimento de las introducidas por los colonos británicos para construir el ferrocarril hacia Uganda, y los caminantes pueden cruzarse con monos y pequeños antílopes.

Wanjira, la hija de Wangari Maathai, cree que su madre estaría muy orgullosa de Karura, "y tal vez incluso sorprendida de ver lo mucho que la gente la adora". "Esperaba que los hijos de sus hijos (...) pudieran disfrutar del bosque, y eso fue lo que pasó".