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Damares Alves, la ministra de Bolsonaro que ve la vida de color rosa

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Brasilia (AFP)

Nadie ha sido objeto de más burlas por sus declaraciones radicales que Damares Alves, una de las dos únicas mujeres en el gabinete ministerial de Jair Bolsonaro. Pero esta pastora evangélica no ha perdido un ápice de fe en sus convicciones ni en el "mejor presidente del mundo".

A la ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos de Brasil no se le da la mano: para saludarte, alza los brazos antes de abrazarte efusivamente.

Quien se definió como "terriblemente cristiana", adversaria del aborto "incluso en caso de violación" y de las militantes feministas, está en plena cruzada contra la violencia contra las mujeres.

Brasil es "el quinto país del mundo que más mata mujeres", señaló en una entrevista con la AFP en Brasilia.

Muchos de sus detractores le reprochan que no ataje el problema por la raíz al querer capacitar a "cuatro millones" de "manicuristas, peluqueros o entrenadores de gimnasia" para detectar "mujeres que muestran señales de depresión, tristeza o rastros de golpes en el cuerpo".

"Trabajo mucho y duermo cuatro horas por noche", dice este mujer enérgica, abogada de formación, que busca potenciar los bajos presupuestos de su ministerio multicartera. "Logramos hacer una limonada con un limón", se congratula.

Lamenta no obstante que "la prensa a veces haya tomado frases fuera de contexto" para "desacreditarla".

Su frase "los niños se visten de azul y las niñas de rosa", por ejemplo, viralizó en las redes sociales y provocó que en las ciudades de Brasil florecieran hombres vestidos de rosa y mujeres de azul.

"Lo dije para fortalecer a la familia, sin ideología", asegura la ministra. "Exactamente como prometió el presidente Bolsonaro durante su campaña".

De la misma manera, "la prensa se rió de mí cuando dije que había visto a Jesús sobre un árbol de guayaba", en un momento de intenso sufrimiento de su infancia.

"Tenía diez años y estaba triste, porque a los seis años fui brutalmente violada (...). Y estaba en un árbol de guayaba, porque quería morir", cuando vio a Jesús, asegura.

"Pero la prensa está empezando a comprender que no estoy loca ni se me va la cabeza", precisa.

- "Un crucifijo en la vagina"

Esta mujer divorciada, de 55 años, detesta a las "feministas feas" que "libran su lucha introduciéndose un crucifijo en la vagina" o "masturbándose con imágenes de la Iglesia".

"El movimiento feminista en Brasil debe poder dialogar", aconseja.

El mismo diálogo que ella defiende con los indígenas que, según Bolsonaro, viven confinados en reservas "como animales en zoológicos" y sueñan con "evolucionar".

La ministra lleva un colorido brazalete hecho a mano por indígenas, y su gran oficina está decorada con muchos motivos de los pueblos originarios. Un estilo abigarrado y colorido, que contrasta con el oscuro de su vestimenta, su cabello y sus gafas.

Afuera, en el vestíbulo, Kayutiti Lulu Kamayura, su menuda hija adoptiva de 21 años, la está esperando, al anochecer de otra larga jornada de trabajo.

"¡Mi familia somos yo y una niña indígena!", afirma con una gran sonrisa.

Pese a las crecientes denuncias, particularmente de la Amazonía, de invasiones de tierras ancestrales y asesinatos de quienes las defienden, la ministra asegura que "en Brasil no se violan los derechos de los indígenas" y que el gobierno les lleva "salud y desarrollo".

"No queremos más instituciones entre nosotros y los nativos", advierte, después de criticar a la Funai, un organismo público que protege los derechos de los pueblos originarios. "No son indios, son seres humanos", sostiene.

- "Mi termómetro es la calle"

Alves no duda al afirmar que Brasil "es un país democrático" y "que nunca se hablado tanto de derechos humanos como hoy", gracias a Bolsonaro.

Antes de denunciar una "reducción del espacio democrático", la Alta Comisionada de la ONU, Michelle Bachelet, "debería habernos llamado porque se lo habríamos explicado", comenta.

Alves se dice satisfecha con el gobierno y se asume como una apasionada del bolsonarismo. Pero, ¿qué opina de la caída de la popularidad del presidente tras solo diez meses en el poder?

"Mi termómetro es la calle, la gente. En la calle, mi presidente es ovacionado ¡la gente quiere abrazarlo, besarlo!".

"No veo una caída de la popularidad, veo un pueblo enamorado de su líder", insiste la ministra, que conoce desde hace 22 años al exdiputado Bolsonaro, cuando trabajaba como asesora de varios parlamentarios, entre ellos el pastor evangélico Magno Malta.

"En la intimidad, [Bolsonaro] es un hombre honesto, generoso, sincero y enamorado de Brasil". Y "de ninguna manera" machista, subraya.

Alves tiene fe y ve la vida de color rosa: "Vamos a ser un país feliz, es posible", augura.

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