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En Irak, la protesta se consolida pese a la represión

Disturbios entre manifestantes y las fuerzas de seguridad durante las protestas contra el Gobierno en Bagdad, Irak, el 7 de noviembre de 2019.
Disturbios entre manifestantes y las fuerzas de seguridad durante las protestas contra el Gobierno en Bagdad, Irak, el 7 de noviembre de 2019. Alaa al-Marjani / Reuters

Convencidos de la legitimidad de la “revolución” que esperan concretar, los manifestantes iraquíes consolidan la organización de su movimiento y presionan cada vez más a su Gobierno. Los centenares de muertos no atenuaron el descontento.

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Las balas sonaron nuevamente este jueves 7 de noviembre en Irak. En la sureña Basora, la segunda más grande del país, la jornada terminó en medio de la confusión y de los vaivenes de las ambulancias. Se reportaron al menos cuatro muertos a raíz de la represión que salpicó las manifestaciones en esta localidad.
A unos 60 kilómetros de ahí, en la zona portuaria de Um Kasar, grupos de manifestantes bloquearon el acceso al terminal internacional, uno de los más importantes para la importación de víveres y medicamentos.

En esta región de mayoría chiita, una de las ramas del Islam, los líderes religiosos se sumaron a los reclamos populares y la mayor plegaria semanal, la del viernes, termina cada vez como una ocasión para organizar las marchas y diferentes acciones.

Nuevos muertos a raíz de la represión

Sin embargo, esta ola de protestas lideradas por los jóvenes no radica sus fundamentos por las creencias, ni por los bandos o los clanes. Esta ebullición de buena parte de la sociedad reclama una unidad nacional para exigir el desarrollo de los servicios públicos básicos, unos empleos dignos y el cese del despilfarro de los recursos de la nación, cuya clase dirigente se encuentra entre las más corruptas del planeta.

Una unidad perceptible en el centro de Bagdad, la capital, donde los manifestantes se apoderaron de un edificio en desuso para convertirlo en su punto de encuentro. Los opositores multiplican las acciones que reivindican como “desobediencia civil”, traduciéndolas en bloqueos de los puentes que permiten atravesar el Tigris y en llamados para las actividades, en contexto de adhesión de los sindicatos a la protesta.

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Este jueves, seis manifestantes fallecieron en la ciudad en medio de la confusa respuesta de las fuerzas de seguridad a los disturbios, al tiempo que internet permanecía en buena medida cortado.

Ninguna solución política a la vista

Cada día, Irak exporta unos 3,4 millones de barriles de petróleo, lo cual equivale a una ganancia de USD 193,8 millones, acorde a los precios actuales. Los manifestantes reclaman que semejante riqueza sea objeto de una mejor repartición y por eso se han movilizado para perturbar el tránsito del crudo, impidiendo así el envío de decenas de miles de barriles.

A nivel político, el bloqueo parece total. El Ejecutivo expresó su disposición para organizar elecciones anticipadas, pero el primer ministro, Adel Abdul Mahdi, juega sobre la incertidumbre acerca de su posible dimisión. Pese a las pérdidas de apoyo de las formaciones que lo habían respaldado, el jefe del Gobierno sigue atrapado entre dos potentes actores: el influyente clérigo chiita Muqtada al-Sadr y la coalición de milicias, también de obediencia chiita, conocida como las Fuerzas de Movilización Popular. Un grupo paramilitar con una influencia notable sobre el Estado y cuyo principal patrocinador es Irán.

El fin de la intromisión de la vecina República Islámica está también entre los pedidos de los manifestantes y se sospecha que los hombres afines a Teherán sean responsables de una parte de las muertes que ocurren en cada día en las protestas. De hecho, la multitud tintada de rabia ya no duda en atacarse directamente contra los intereses de ese país, como lo hicieron este miércoles a punta de cócteles Molotov sobre el consulado iraní de Kerbala. Unas acciones radicales que se han visto también, tanto contra las sedes de Gobierno, como las de los partidos acusados de comportarse como “mafias”.

Con AFP y Reuters

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