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Colombia: después de 17 años de la masacre, Bojayá enterrará a sus muertos dignamente

Familiares transportan este lunes 11 de noviembre por el río Atrato (Colombia), los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá ocurrida en 2002.
Familiares transportan este lunes 11 de noviembre por el río Atrato (Colombia), los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá ocurrida en 2002. Luis Eduardo Noriega / EFE

Pasaron 17 años y seis meses desde la tragedia para que Bojayá recibiera los cofres con los restos de las 78 personas identificadas que fallecieron en la masacre. ¿Podrá cicatrizar esta herida del conflicto en una zona donde se perpetuó la guerra?

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Fue un duelo prolongado por 17 años, pero este 11 de noviembre finalmente la espera cesó. Un helicóptero de Naciones Unidas partió la mañana del lunes desde Medellín con los restos de 78 víctimas identificadas de la masacre de Bojayá, municipio ubicado en el departamento de Chocó, que el 2 de mayo de 2002 vivió una de las tragedias más cruentas que mancharon para siempre la historia reciente de Colombia. Ese día murieron al menos 79 personas, incluidos alrededor de 45 niños, y cien más resultaron heridas.

Los cofres donde reposaban los restos navegaron en una balsa rodeada de flores blancas por el río Atrato, que en incontables ocasiones se ha teñido de sangre, pero que este lunes, le devolvió a esta comunidad un halo de alivio para continuar cicatrizando las heridas. Al ritmo de 'alabaos', canticos fúnebres de alabanza, los familiares recibieron pequeños ataúdes de madera, algunos de color café donde reposan los restos de los adultos y otros blancos, donde están los de los niños fallecidos, en un capítulo histórico que pretende que esta comunidad que estuvo abandonada por más de tres lustros, pueda empezar a hacer su duelo como corresponde.

Un grupo de familiares ingresa este lunes 11 de noviembre a la antigua iglesia de Bojayá, en el departamento de Chocó en Colombia, lugar donde ocurrió la masacre en 2002 con los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá.
Un grupo de familiares ingresa este lunes 11 de noviembre a la antigua iglesia de Bojayá, en el departamento de Chocó en Colombia, lugar donde ocurrió la masacre en 2002 con los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá. Luis Eduardo Noriega / EFE

Con los restos en mano, los sobrevivientes avanzaron hacia el área urbana del municipio cantando "ni una gota de sangre más en Bojayá", en una especie de rito inaugural que desde este lunes honrará el espíritu de sus muertos de acuerdo a sus tradiciones ancestrales, es decir, al ritmo de los alabaos, el guali y el chingualos. Estos últimos son una especie de versos recitados durante los velorios de los niños. Pero el alabao no es solo un canto fúnebre que encarna el dolor, sino que también simboliza para la comunidad afro del Pacífico una esperanza a la que se aferran los habitantes de Bojayá.

"Esta entrega significa el descanso eterno de las personas que fallecieron el 2 de mayo, pero también el descanso eterno de los que seguimos viviendo, porque nosotros descansamos cuando nuestros hermanos descansen. ¿Y cómo descansan ellos? Cuando se le hagan los rituales", explicó al diario colombiano 'El Espectador' Máxima Asprilla Palomeque, una de las cantaoras de esta comunidad y quien perdió a varios de sus familiares en la masacre.

El próximo domingo 17 de noviembre será el velorio, y al día siguiente se realizará el sepelio. Durante las siguientes nueve noches la comunidad continuará elevando cánticos para augurarles un descanso en paz. Pero hace 17 años, la tragedia emanaba desde todos los frentes.

La masacre de Bojayá: la crónica de una muerte anunciada

Es una masacre que se realizó bajo un Gobierno, encabezado por el entonces presidente Álvaro Uribe, que bajó los brazos y miró a otro lado cuando las alertas apuntaban a que algo horrible iba a suceder en aquel pueblo olvidado por el Estado que era Bojayá. Parecía un cuento sacado del repertorio de García Márquez. Para 2002 la guerra en Colombia se recrudecía. Por un lado, estaba la que libraba el Estado con la extinta guerrilla de las Farc, para entonces la más grande y organizada del país; por otro la del paramilitarismo; la del narcotráfico; y luego, la guerra entre las Farc y los 'paras'.

El 24 de abril de 2002, ocho días antes de la masacre, la Defensoría del Pueblo, alertó al ministerio de Defensa, a la Policía y al Ejército Nacional, ante una inminente incursión paramilitar en el corregimiento Bellavista, antigua cabecera municipal de Bojayá. Desde las entrañas de la selva se propagó el rumor de la presencia de tres frentes de las Farc y de grupos paramilitares en la zona.

El primero de mayo, dicen los sobrevivientes que hubo un silencio mortal, que fue interrumpido al día siguiente cuando ocurrió la masacre. 400 personas buscaron refugio en la iglesia San Pablo Apóstol ante la inminencia del enfrentamiento. Sin embargo, la población le pidió a los paramilitares que se fueran del lugar y no los usaran como escudos humanos. Pero no hicieron caso.

Después de las diez de la mañana, la guerrilla lanzó cuatro cilindros bombas y uno de ellos estalló dentro de la iglesia, pero ni el Cristo, que luego se convirtió en el símbolo de la tragedia, se salvó. Como muchas personas, perdió sus piernas y brazos. En el lugar había 45 niños.

Las fosas comunes: el segundo lugar de la tragedia

El 3 de mayo de 2002, un día después de la masacre, los sobrevivientes se vieron obligados a arrojar los restos sin vida de sus seres queridos en fosas comunes por órdenes de la extinta guerrilla. No hubo cánticos, ni tiempo de llorar a los fallecidos. El estupor y el desconcierto inundaban el ambiente.

Según un relato que pudo construir la Unidad de Víctimas, ese día, "el padre Antún Ramos, párroco de Bojayá, en compañía de otras personas regresaron a Bellavista con bolsas de basura, y antes de empacar los restos se dieron cuenta que Minelia, la loquita del pueblo, había organizado los muertos como creía que eran los cuerpos, como una especie de rompecabezas fúnebre: la cabeza de un niño con el cuerpo de un adulto, un tronco con dos pies izquierdos, y así el resto de los miembros".

Los ritos tuvieron que ser aplazados. Meses después de la tragedia, los cuerpos fueron enterrados en el cementerio local y en otros camposantos vecinos sin haber sido identificados. Nadie pudo llorar a sus muertos, porque no sabían quiénes eran. En 2016 la comunidad pidió que los cuerpos fueran exhumados para identificarlos y en 2017 comenzó este proceso que concluyó este 11 de noviembre, apoyado por el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá y la Oficina en Colombia de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

"Más allá de todo esto lo que queremos es seguir en los procesos de reparación colectiva para cada una de las víctimas" aseguró el director de la Unidad para las Víctimas del Gobierno colombiano, Ramón Alberto Rodríguez.

Chocó, un territorio bajo fuego

El regreso de las víctimas a su tierra ha sido considerado por muchos de los sobrevivientes como un acto de reparación y esperanza, aunque otros no perdonen todavía y tengan reparos contra el Estado.

José de la Cruz Valencia hace parte del primer grupo y aunque reconoce que también se han logrado avances en otros aspectos y que los actos de esta semana se "convierten en una esperanza de vida para los sobrevivientes de la masacre", pidió al Gobierno que "asuma acciones concretas para salvaguardar la vida de las personas que residimos en Bojayá".

En 2016, en el marco del proceso de paz, las Farc pidieron perdón a las víctimas de la masacre y unos años antes los paramilitares al mando de ‘El Alemán' hicieron lo mismo en una audiencia pública, Bojayá, 11 de noviembre de 2019.
En 2016, en el marco del proceso de paz, las Farc pidieron perdón a las víctimas de la masacre y unos años antes los paramilitares al mando de ‘El Alemán' hicieron lo mismo en una audiencia pública, Bojayá, 11 de noviembre de 2019. Luis Eduardo Noriega / EFE

Valencia explicó que actualmente el departamento del Chocó sigue bajo la sombra de una guerra cruenta y que hay constantes enfrentamientos entre guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y grupos herederos de los paramilitares que ponen bajo el fuego cruzado a las comunidades negras e indígenas de ese departamento.

"Lo que Bojayá necesita es la presencia del Estado, no solo con militares sino un Estado con educación, con interconexión eléctrica y con estabilización económica que nos permita enfocar nuestros proyectos de vida tanto individual como en lo colectivo", reclamó.

En la masacre de Bojayá el 2 de mayo de 2002 murieron al menos 45 niños, según la Unidad de Víctimas de Colombia.
En la masacre de Bojayá el 2 de mayo de 2002 murieron al menos 45 niños, según la Unidad de Víctimas de Colombia. Luis Eduardo Noriega / EFE

El sacerdote Jesús Albeiro Parra Solís, que en la época de la matanza era el director de la Pastoral Social, coincidió en que el episodio de la masacre no se cierra con la sepultura y reclamó acciones efectivas de "verdad y garantías de no repetición", así como que se vincule a otros responsables de esa matanza, entre ellos al Estado.

En 2016, en el marco del proceso de paz, las Farc pidieron perdón a las víctimas de la masacre y unos años antes los paramilitares al mando de 'El Alemán' hicieron lo mismo en una audiencia pública. En 2017, el Tribunal Administrativo de Chocó ordenó a las Fuerzas Armadas a que pidieran perdón por la omisión en la masacre, aunque algunos generales en retiro rechazaron la decisión. Las víctimas esperan que el Estado también lo haga.

Con EFE y medios locales

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