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El "herrero de los campos de desplazados" construye nuevos hogares en Siria

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Hazano (Syrie) (AFP)

De cuclillas sobre la tierra ocre y rodeado de olivos, Jomaa Al Mustaif corta con la sierra eléctrica largos caños metálicos. El "herrero de los campos de desplazados", como se le apoda, levanta nuevos hogares en el noroeste sirio donde viven quienes huyeron del conflicto en otras partes del país.

"Hasta ahora la demanda no ha parado", confía este hombre de 34 años, de cuerpo esmirriado y piel quemada por el sol, que vive desde hace dos años en el norte de la provincia de Idlib, donde proliferan los campos informales de desplazados.

La región dominada por yihadistas es objeto de manera regular de ataques aéreos del régimen de Bashar Al Asad o su aliado ruso, y los civiles se ven obligados a menudo a abandonar todo para huir de los combates.

En un momento en el que se avecina el invierno frío y húmedo del norte de Siria, las estructuras metálicas de Mustaif, reconocidas por su solidez, son muy buscadas.

El herrero se jacta de haber tenido tiempo atrás un comercio floreciente en su pueblo de Sinjar, en el sudeste de Idlib. Pero, como muchos otros, la guerra que azota a Siria desde 2011 lo forzó a partir.

"Tuve que construir mi propia tienda para vivir. La gente la vio y comenzaron a llegar los pedidos", cuenta este padre de cuatro niños.

Su familia se quedó en otro campo de desplazados, pero él se instaló de manera temporal cerca del pueblo de Hazano, donde la demanda aumentó. Al costado de la ruta, en un olivar, Mustaif tiene un taller improvisado al aire libre.

En el suelo están apilados largos caños metálicos de varios metros que acaban de ser descargados de una camioneta. Ahora hay que cortarlos para construir la estructura de una tienda de campaña.

- "Apenas para vivir" -

Mustaif es ayudado por algunos primos e incluso su sobrino de 13 años Ahmed, que tuvo que abandonar la escuela para ayudar financieramente a su familia, y oficia de aprendiz.

El sonido estridente de la sierra y del martillo que golpea el metal se mezcla con el ruido de los generadores eléctricos. En sandalias y sin guantes de protección, con una vieja máscara que le cubre el rostro, el herrero suelda un caño.

Mustaif dice haber vendido en un mes más de 150 tiendas, más espaciosas que las que ofrecen las oenegés, en las que, según él, "no se puede alojar a familias numerosas".

"Son sólidas en caso de lluvia y fuertes tormentas", agrega con orgullo.

Potenciales clientes llegaron al taller y Mustaif levanta una tienda delante de ellos como demostración.

Hay varios tamaños disponibles. La más grande, de nueve por cuatro metros, cuesta 140.000 libras sirias (unos 320 dólares).

Los clientes deben comprar también las lonas aislantes que cubren la estructura, y pagar para tener un piso de cemento.

"Nuestras ganancias son mínimas. Apenas para vivir y cubrir las necesidades de la familia", asegura Mustaif.

"Soy un desplazado como los demás. Siento su dolor", dice.

Su equipo trabaja bajo la mirada de desplazados sentados a unos metros en una alfombra de yute, bajo la sombra de los olivos.

Dominada por los yihadistas de Hayat Tahrir Al Sham, la gran mayoría de la provincia de Idlib escapa aún al control del gobierno de Asad.

Entre abril y fines de agosto la zona fue bombardeada sin interrupción por el régimen sirio, apoyado por la aviación rusa. Unos mil civiles murieron durante ese periodo, según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (OSDH). Más de 400.000 personas fueron desplazadas, de acuerdo con la ONU.

El ejército sirio y su aliado ruso mantienen un alto el fuego desde el 31 de agosto, pero los combates y bombardeos mortíferos continúan de manera esporádica.

- "Endeudado" -

La mitad de los tres millones de habitantes de Idlib y su región son desplazados que huyeron de combates en otras partes del país o de regiones reconquistadas por Damasco.

Reslan Mohamed Al Hasan, su mujer y sus ochos hijos dejaron su hogar hace tres años y han llegado para comprar una tienda de campaña más grande.

"La tienda que tenemos no está hecha para resistir el invierno", explica este cuarentón fornido, vestido con una chilaba color beis y una kufiya roja y blanca en la cabeza.

"Me endeudé con familiares y amigos. 5.000 libras por aquí, 10.000 por allí...", reconoce, mientras carga un caño metálico desde el taller a su tienda de campaña actual.

Una vez que la estructura está colocada, la cubre con un conjunto de mantas usadas y agujereadas. En el suelo de despliegan una alfombra de yute y colchones. Y en un rincón se apilan otros colchones y utensilios de cocina.

Reslan sueña con un piso de cemento y una lona aislante. Pero eso llegará cuando tenga más dinero.

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