En El Salvador de Nayib Bukele, ¿qué tan en riesgo está la democracia?

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, abandona el Congreso nacional después de una sesión especial para impulsar la aprobación de fondos para un plan de seguridad del Gobierno en San Salvador, El Salvador, 9 de febrero de 2020.
El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, abandona el Congreso nacional después de una sesión especial para impulsar la aprobación de fondos para un plan de seguridad del Gobierno en San Salvador, El Salvador, 9 de febrero de 2020. © Victor Pena / Reuters
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La imagen de un grupo de militares irrumpiendo en el Parlamento salvadoreño le dio la vuelta al mundo. En el país centroamericano se alzan voces que alertan sobre actitudes de autoritarismo. ¿Qué está pasando en El Salvador? ¿Cómo se llegó a este punto? 

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Fue un primer campanazo para académicos y sectores de la sociedad civil en El Salvador: la llegada del mediático presidente Nayib Bukele rodeado de militares al principal órgano legislativo para presionar la aprobación de un presupuesto para su plan de control territorial.

El mandatario buscaba que los miembros de la Asamblea, de mayoría opositora, aprobara los fondos para su plan de lucha contra las pandillas. El Consejo de Ministros de Bukele llamó a los diputados a una sesión extraordinaria el domingo 10 de febrero para que aprobaran un préstamo de 109 millones de dólares para financiar la tercera fase del Plan de Control Territorial.

Acto seguido y al no encontrar eco, Bukele acudió al Parlamento rodeado de militares, "amparado por un derecho divino" y llamando a la población a una "insurrección", lo que provocó el rechazo de los diputados , incluso los de la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), la coalición que lo alzó en el poder.

Bukele, un mandatario que mantiene altos índices de respaldo y favorabilidad, se sentó en la silla del presidente del Parlamento y dijo: "Está claro quién tiene el control aquí".

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La escena fue la primera alerta que recordó la época más cruenta de El Salvador, un país que vivió una larga y dolorosa guerra civil y que lleva apenas 30 años de democracia.

Para Margarita Marroquín, docente de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y analista, la democracia está en riesgo. La docente dice que las redes sociales en el actual Gobierno operan con cierta uniformidad y que si bien después el mandatario se retiró del recinto legislativo sin disolverlo, "no ha reconocido su error, lo que demuestra que él no busca diálogos o consensos".

Saúl Hernández, periodista y politólogo, respalda esa postura pero no le sorprende. "El contexto de nuestro país es de rasgos autoritarios, incluso la población está dispuesta a que se tolere la tortura. En el 2018 la encuesta de Latinobarómetro indicó que la mitad de los salvadoreños cree la democracia importante, la otra mitad no".

Hernández agrega que para la mayoría del país, la imagen de los militares armados con fusiles en el Parlamento no es visto como algo grave, "sino más bien como una señal de que el presidente ha puesto a trabajar un congreso deslegitimado".

Actualmente las mayorías parlamentarias representan a los dos partidos tradicionales que han liderado el país desde el fin de la guerra: el partido de izquierda Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que nació de la exguerrilla, y el partido conservador Arena. Los dos representan sectores distintos pero son vistos como parte de la élite del poder.

¿Cómo llegó El Salvador a este punto?

La violencia fue el principal catalizador del descontento en el país centroamericano. Por años, el país, que además tiene a más del 20% de su población en pobreza, se acostumbró a vivir bajo el imperio de poderosas pandillas.

Solo por dar una muestra de ese flagelo, entre 2014 y 2017 más de 20.000 salvadoreños fueron asesinados en el pequeño país de poco más de 6 millones de habitantes. En el 2015, según Crisis Group, la tasa de homicidios llegó a 103 por 100.000 habitantes.

Los responsables de esa violencia son los grupos que disputan las economías ilegales y el territorio: los maras, que incluyen la MS-13, activos en el 94% del territorio, y los del Barrio 18 que los enfrentan separados por fronteras invisibles que dividen pueblos y ciudades enteras.

En ese contexto, el populismo mesiánico de Bukele fue bien recibido luego de que los tribunales de Justicia señalaran a algunos congresistas de partidos tradicionales de haberse favorecido de la influencia de los maras para orientar votantes y respaldos.

Una activista sostiene un cartel que dice: "Bukele oppressor" mientras participa en una protesta contra el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, en el Congreso Nacional en San Salvador, El Salvador, 10 de febrero de 2020.
Una activista sostiene un cartel que dice: "Bukele oppressor" mientras participa en una protesta contra el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, en el Congreso Nacional en San Salvador, El Salvador, 10 de febrero de 2020. © Jose Cabezas/Reuters

El presidente, que ha realizado una cuidadosa labor de medios, atacó al Congreso, argumentó una situación de calamidad pública y entró escoltado por militares.

Y aunque la jugada tenía un importante impacto mediático, terminó valiéndole el rechazo de amplios sectores civiles. Más si se tiene en cuenta que ni para los periodistas o los congresistas en El Salvador es claro para qué quiere Bukele los recursos. "Hay una baja de homicidios desde la llegada de su Gobierno pero no sabemos de dónde viene, ni qué medidas están tomando, ni quién es el responsable", dice Marroquín.  

Este tipo de dudas generan preocupaciones en El Salvador, un país donde los gobernantes han sido acusados de negociar con las bandas para disminuir la violencia, sin realizar cambios de fondo.

Para Hernández, la reacción del mandatario busca desviar la atención sobre dos escándalos: "Bukele estaba siendo blanco de críticas por el mal manejo de la crisis de agua, pero especialmente porque medios independientes confirmaron que una de las empresas de seguridad que podría tener contratos en su plan de control territorial financió el viaje de su viceministro (de Justicia)".

Pero el presidente se ha defendido en sus redes sociales, las cuales se han convertido en su trinchera predilecta, y no ha cedido ante la presión.

Las elecciones parlamentarias de 2021 planean en el horizonte

El país centroamericano ahora está concentrado en qué pasará en las elecciones parlamentarias del próximo año, una elecciones definitivas en las cuales el partido de Bukele se juega la posibilidad de lograr mayorías que le permitirían tener casi que un blanco en el poder.

Hernández cree que allí radica el mayor riesgo para la joven democracia de El Salvador, porque aunque la imagen autoritaria de los militares en el Congreso pueda erosionar el apoyo de una parte de la capa media que votó por él, la mayoría que sufre la violencia puede darle un peligroso respaldo en tiempos de gobiernos populistas y totalitarios.

Margarita Marroquín agrega, además, que Bukele mostró ser un político tradicional arropado "en las redes sociales" y que el peligro real de afectar la democracia puede traer recuerdos poco gratos de la guerra civil. "No hemos terminado de sanar las heridas y ya vemos algunas señales de retroceso. Eso es de cuidado", alerta la experta.

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