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La dura convalecencia de los "resucitados" del coronavirus en Alemania

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Aquisgrán (Alemania) (AFP)

"Tuve suerte", dice Martina Hamacher, de 60 años, que acaba de pasar su primera noche sin asistencia respiratoria tras varias semanas enferma, tres de ellas en reanimación.

Todavía lleva los tubos y cables que le permitieron escapar a la muerte. Forma parte de los primeros casos de COVID-19 en Alemania y del foco inicial que apareció en febrero en la región de Heinsberg, en el oeste del país.

El hospital universitario de Aquisgrán se adaptó rápidamente para la llegada de enfermos, como el conjunto del sistema sanitario alemán.

Hoy, al menos 11.000 camas de reanimación siguen libres, mientras faltan en muchos otros países como Francia o Italia.

Alemania es un modelo en Europa por su manera de tratar la pandemia, con una tasa de mortalidad del 2,9%.

En Aquisgrán, las unidades de reanimación de esta inmensa clínica no están saturadas y nunca lo estuvieron.

En los pasillos de la unidad de reanimación, con 17 camas, se ve a hombres y mujeres dormidos, incapaces de sobrevivir por sí solos. En muchos casos, el coronavirus afectó a los pulmones pero también a otros órganos.

El personal médico, en medio de los pitidos incesantes de las máquinas, trabaja en cuerpos conectados a cables. Para hacerlo tienen que protegerse con mascarillas, guantes y ropa especial.

"Forma parte de nuestro deber, nos necesitan y respondemos presente", dice Kathi, una enfermera.

"Es importante para mí que los cuidados intensivos no estén solo asociados a la muerte y a las máquinas", dice Gernot Marx, director del departamento.

"Devolvemos a la vida a la mayoría de pacientes gracias al número de máquinas pero también gracias a las personas que trabajan y se entregan", afirma.

Sin la implicación del personal sanitario "no creo que todavía estuviera aquí", dice Hamacher.

"Empezó lentamente", con algunos pacientes, recuerda Marx. "Nos dimos cuenta de que había que aprovechar el tiempo para prepararnos, porque las imágenes que venían de Bérgamo [en Italia] nos asustaron", añade.

"Estábamos decididos a que no se convirtiera en una realidad aquí".

En pocos días, el número de camas en cuidados intensivos pasó de 96 a 136. También se pueden movilizar otras setenta plazas rápidamente.

El hospital tiene en este momento 51 pacientes infectados, 35 de ellos en cuidados intensivos.

Según Martina Hamacher, todo empezó "como una gripe", con "un poco de fiebre". Pero rápidamente se agravó la situación.

"Nunca viví algo así, este sentimiento de no poder respirar... Es imposible de describir, siempre se me quedará en la cabeza", dice.

"En los pacientes afectados de COVID-19 tenemos largos periodos de ventilación mecánica y si eso salva la vida en un primer momento los pulmones quedan dañados", explica a la AFP la doctora Anne Brücken.

Después de varias semanas de asistencia respiratoria "los pacientes no consiguen salir de la ventilación fácilmente". Este proceso dura una o dos semanas más y tiene el objetivo de reducir progresivamente la dependencia de las máquinas.

"Cuanto más dura la ventilación, más se debilitan los músculos que utilizamos normalmente para respirar" y a veces "hay que volver a aprender a tragar", explica la médica.

Luego los pacientes suelen ir a centros de convalecencia durante varias semanas.

En la nueva habitación de Martina Hamacher, la paciente de 60 años, hay dibujos infantiles en las paredes. Para entrar hay que llevar mascarilla y bata y las visitas siguen estando prohibidas.

"Sería mejor si alguien pudiera venir de vez en cuando (...) sobre todo los pequeños", dice.

Pero para ella solo es un detalle. "Ahora me siento como una reina, las cosas mejoran", dice con una tímida sonrisa. "La vida es bella, no importa lo que venga ahora, hay que aprovecharlo".

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