Entre la muerte y la vida, la distopía de los días pospandémicos en Italia

Un trabajador médico con equipo de protección atiende a un paciente el 24 de marzo de 2020 en la nueva unidad de cuidados intensivos Covid-19 en el hospital Casal Palocco, cerca de Roma, Italia.
Un trabajador médico con equipo de protección atiende a un paciente el 24 de marzo de 2020 en la nueva unidad de cuidados intensivos Covid-19 en el hospital Casal Palocco, cerca de Roma, Italia. © Alberto Pizzoli / AFP

Los últimos cementerios que habían permanecido inaccesibles en Italia durante el gran confinamiento reabrieron hace pocos días. Pero, con la misma sorpresa con la que llegó el cierre, también la reapertura trajo algunas novedades. 

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Con la manutención y la limpieza reducidas al mínimo durante el encierro masivo por la pandemia, muchos recintos sepulcrales aparecieron envueltos en centenares de plantas de achicoria, dientes de león y otras especies de vegetales que ganaron terreno en los últimos meses. 

En este paisaje casi surrealista, miles de familias han podido finalmente recobrar acceso a las tumbas de sus seres queridos, entre ellos también las de los fallecidos por Covid-19 que han muerto solos sin poder ser despedidos en los últimos dos meses y medio, cuando los funerales estaban prohibidos.

La dramática escena forma parte de una serie de postales de la Italia que, en estos días, se está desconfinando poco a poco. Además de las últimas disposiciones relativas a los ritos funerarios, en estos días también se autorizó la reapertura de pequeños comercios, peluquerías, bares, restaurantes y, a partir de este lunes, también de los gimnasios y piscinas. 

La inesperada prudencia y las reacciones de comerciantes desesperados

El ruido, la gente y los vehículos han regresado así a las calles y a las plazas de las ciudades italianas, aunque no en avalancha como se había pensado. Un hecho que quizá sea consecuencia de que la resurrección de las ciudades ha ido acompañada por una inesperada prudencia de muchos ciudadanos y cambios en los horarios de los comercios, a los que los ayuntamientos autorizan la apertura solo en franjas horarias distintas para evitar aglomeraciones.

El objetivo de esto último, según las autoridades, es evitar las llamadas horas pico, claves para cumplir con el distanciamiento social, esquivar un colapso del transporte público y los rebrotes. Las medidas, no obstante, han provocado el malestar de algunas asociaciones de comerciantes, una categoría duramente golpeada a nivel económico por la pandemia. 

“Estoy ganando el 70% menos que antes de la crisis”, explicaba el propietario de una pequeña taberna en la lujosa Vía dei Greci, a pocos pasos de la célebre Plaza España de Roma. “Una de las razones es que trabajo con poquísimas oficinas ya que la mayoría de los empleados teletrabajan”, explicó.

Otros están sufriendo desenlaces aún peores. Reflejo ha sido un reciente vídeo que se volvió viral en las redes sociales italianas: el del desesperado dueño de una pequeña pizzería en la isla de Cerdeña que, hace unos días, gritó "gracias Covid" y luego destrozó su establecimiento a martillazos. 

De igual manera, en Bari, en el sur, una mujer, dueña de una tienda de alhajas, tuvo un ataque histérico delante de un empleado de un banco y llegó a pedirle "50 euros para comer". Mientras que otro empresario, de Nápoles, se quitó la vida en un momento de graves dificultades económicas, algo que además hizo disparar la alarma por los suicidios que la catástrofe económica provocada por la pandemia podría desencadenar.

Entre los propietarios de bares y restaurantes que han reabierto, también sigue existiendo desorientación sobre las normas a seguir, que el gobierno italiano ha ido corrigiendo y cambiando, como si de pruebas y ensayos se tratara. 

“¿Las familias pueden sentarse juntas? ¿O también deben respetar el metro de distancia?”, preguntaba esta semana un cliente de una pizzería del bario romano de Trastevere. “No estamos seguros. No lo hemos entendido. Pero mejor que se sienten algo distanciados también”, le respondían los camareros, envueltos en cubrebocas cada día más molestos con la llegada del calor. 

Algunos, aún pudiendo, se han negado a reabrir. Por ello, según la Federación Italiana de Establecimientos Públicos, el 30% de los restaurantes y cafés del país podrían no volver más a levantar sus persianas.

Las señales de la naturaleza

Entre los amigos y conocidos, cuyos encuentros ahora están autorizados por el gobierno, las conversaciones también suelen ser cortas y algo atosigantes. Giran, sobre todo, en torno a preguntas e interrogantes que aún no tienen respuestas seguras. El regreso de los niños a las aulas. La posibilidad de tomar un avión, y viajar. Los brutales recortes de las empresas, y los subsidios sin precedentes de los gobiernos. Los estudios que van saliendo, de quién es la culpa y quién lo resolverá. 

También no faltan los teóricos de las conspiraciones que, pasado el momento más agudo de la crisis, ahora se atreven con mayor énfasis a poner en discusión la información que se difunde. “¿Tú lo has visto a este virus? ¿Conoces personalmente a alguien que haya muerto por coronavirus, o no?”, repetía Nunzio con tono inquisidor, al pasear su perro en el parque romano de Villa Pamphili.

Liberados del encierro, la sensación es que, más allá de todo, la pandemia no nos ha hecho humanos mejores ni peores, aunque no todo sea como antes, tal como había avisado el exalcalde de Venecia, el filósofo Massimo Cacciari. “Nada cambiará”, llegó a decir el intelectual en una entrevista en abril. 

Algunas señales que envía la naturaleza van en esta dirección. El aire ya empieza a abandonar su frescor, el suelo ya está devolviendo decenas de mascarillas y guantes botados por algunos despreocupados por la ecología y el civismo y, tanto la laguna de Venecia como el Tíber de Roma, están perdiendo poco a poco esos colores verde y azul que fueron una de las grandes sorpresas del encierro. 

Dos mujeres de una ONG dedicada a preservar las góndolas pasan junto a una obra de Banksy al repartir comida entre las familias que no tienen la posibilidad de salir a comprarla el 18 de abril de 2020 en Venecia, Italia
Dos mujeres de una ONG dedicada a preservar las góndolas pasan junto a una obra de Banksy al repartir comida entre las familias que no tienen la posibilidad de salir a comprarla el 18 de abril de 2020 en Venecia, Italia Andrea Pattaro AFP

Resiste, en cambio, cierta solidaridad. En muchas ciudades siguen colgando cestas llenas de comida con los carteles que rezan “quien puede, deje, y quien no puede, agarre”, y las donaciones relacionadas con el Covid-19 continúan registrando cifras récord. En concreto, desde el comienzo de la pandemia hasta el pasado 20 de mayo, se llevaron a cabo 937 iniciativas y fueron donados 731 millones de euros, de acuerdo con datos de la fundación Italia No Profit, recogidos por la prensa italiana.

Las colas son otra realidad que parece haber llegado para quedarse. Las hay por todos lados. Desde la oficina de correos, pasando por las verdulerías, las florerías, las zapaterías, las jugueterías, las tiendas de ropa, los supermercados e incluso las iglesias, cuya reapertura ha sido otra de las noticias de los últimos días. Y esto a pesar de que ni las normas para la desinfección estaban tan claras.

Tanto, que el jueves pasado el Vaticano optó por enviar una nota desaconsejando el uso de productos químicos para la desinfección, como la lejía y amoníaco, ante el riesgo de dañar el patrimonio cultural de las iglesias. “La alternativa propuesta es el uso, de acuerdo con las recomendaciones de las autoridades sanitarias, de soluciones hidroalcohólicas diluidas y jabones neutros, pero siempre aplicadas "de manera controlada y bajo la supervisión de un técnico de bienes culturales”, manifestó el Consejo Pontífico para la Cultura del Vaticano, que preside el cardenal italiano Gianfranco Ravasi.

Así y todo, no hay una extendida crispación social, como ocurre en otros países. Al menos de momento. Podría cambiar. Para el 2 de junio el partido ultraderechista de La Liga ha convocado una manifestación de protesta callejera contra las medidas del Gobierno, la primera de la oposición desde el inicio de la crisis.

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