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Vejez y pandemia en Cuba: "¿Miedo?, ¡ya la he pasado más feo!"

Las ancianas cubanas Olga y Carmen Moré O'Farill, de 74 y 85 años, salen hasta la puerta de su casa en La Habana, el 2 de junio de 2020.
Las ancianas cubanas Olga y Carmen Moré O'Farill, de 74 y 85 años, salen hasta la puerta de su casa en La Habana, el 2 de junio de 2020. YAMIL LAGE AFP
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La Habana (AFP)

En el mundo de Carmen no hay coronavirus. A sus 85 años ha perdido un poco la lucidez, pero no la alegría. "¿Quién es vieja?", bromea. Una pregunta que en Cuba tiene más de 2 millones de respuestas.

Al final de una cuartería en La Habana, paredes descascaradas y piso agujereado, Carmen Moré vive con sus hermanos Olga (74), y William (71). Aunque todos tienen algún grado de demencia senil, saben que no deben salir de casa.

Con 11,2 millones de habitantes, el 28,8% de la población de Cuba tiene 60 años o más: 2 millones 338 mil 344. Casi 200.000 de ellos superan los 85 años.

La mayoría tiene una pensión equivalente a 10 dólares y dependen de ayuda familiar, aunque el médico es gratis y la medicina barata.

En esta pandemia, Cuba aísla a contagiados y a sus contactos. De los más de 2.100 contagiados, el 63,7% de los casos graves fueron personas de la tercera edad.

Y de los 83 fallecidos, el 80,7% tenía más de 60 años. Cuba es uno de los países con más ancianos en la región.

"La edad sigue siendo un factor de riesgo de la enfermedad (...) Nuestra población se ha ido envejeciendo (...) Aquí hay provincias y municipios con un grupo de edad por encima de 60 años, es elevado y es un grupo que hay que proteger", dijo el director de Epidemiología del Ministerio de Salud, Francisco Durán.

Muchos ancianos viven al cuidado de su familia, pero otros, ya sea por la migración o por situaciones del destino, viven o en albergues o solos. Tienen una asignación mensual de alimentos, pero es insuficiente.

En La Habana, el municipio de El Vedado es el que más ancianos tiene en el país. Allí también vive el músico Degnis Bofill, de 31 años, miembro de los Corona Voluntarios, que asisten a los adultos en riesgo.

Vive cerca de Carmen, Olga y William y les lleva alimentos. "Se trata de que no estén solos", dice.

"Nosotros nos sentimos bastante bien, y con todos los compañeros y amigos que vienen a esta humilde casa a visitarnos, qué más podemos pedir", cuenta Olga.

Las preguntas sobre si Olga tiene hijos o familia se confunden en la bruma que comparte con sus hermanos.

- Nada de miedo -

"Los viejitos en Cuba son superfuertes, a veces cuando estoy comprando cosas, me encuentro con viejitos en la cola que me dicen: no me voy a quedar en mi casa porque si no cómo voy a comer", cuenta Degnis.

En Arroyo Naranjo, en las afueras de La Habana, Sergio Ballesteros (70), se levanta temprano para cuidar su campo de girasoles. Trabaja solo, al lado de su casa. Así mantiene el aislamiento social y no descuida sus cultivos.

"Me estoy cuidando, no salgo pero me he mantenido trabajando. Y si uno deja la finca, se pierde todo", cuenta. Lleva mascarilla. Allí trabaja hace 40 años. Es viudo, tiene dos hijos y cuatro nietos.

Tenía nueve años en 1959 cuando venció la revolución y ha vivido todas las etapas, entre ellas la crisis económica de los años 90, tras la caída de la Unión Soviética.

"A esta edad no le tengo miedo a nada. Ya la he pasado más feo. Me dio un infarto, me operé de cáncer. He pasado varias etapas. ¿Y le voy a tener miedo al virus ahora? No. Claro, no quiero morirme, me protejo y me cuido, pero miedo no le tengo", asegura.

- Longevidad S.A. -

A sus 81 años, Emilio García continúa reparando frenos de camión en un pequeño taller instalado en su casa. Se relaja en su jardín o tocando el laúd.

Sabe que la situación que vive el mundo es "bastante grave", y por la pandemia ya ha perdido a un hermano y a su cuñada que vivían en España.

Tiene cuatro hijos: uno en Estados Unidos y otro en Perú, por los que está preocupado, y otros dos en La Habana.

"Me siento bien, para la edad que tengo, no me puedo quejar de la vida mía, ha sido buena", dice. Ha pasado por siete cirugías, tres de ellas estomacales.

Confía en la longevidad familiar. Su abuela materna y su padre murieron a los 101 años.

"Le digo a las nuevas generaciones que no se alteren, son alterados, quieren salir para la calle y creen que no va a pasar nada. Sí, puede pasar. No anden en la calle", dice.

En su casa, Olga pide a Degnis que regrese pronto a verla. "Somos humildes, pero tenemos amor, y con amor todo se resuelve ¿No es verdad?", dice.

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