Los profesionales sanitarios latinoamericanos que salvaron vidas en Italia

En la foto aparece la salvadoreña Michelle Palma, técnica de cuidados intermedios en una clínica para ancianos de Milán, que se vio obligada a vivir en su centro de trabajo para evitar contagiar el virus.
En la foto aparece la salvadoreña Michelle Palma, técnica de cuidados intermedios en una clínica para ancianos de Milán, que se vio obligada a vivir en su centro de trabajo para evitar contagiar el virus. © Irene Savio / France 24

Cientos de trabajadores sanitarios procedentes de América Latina se han enfrentado en primera línea a la pandemia del coronavirus en uno de los países más castigados por el virus, Italia. Muchos de ellos todavía sufren las consecuencias económicas de haber pasado esas semanas tan duras y otros han pagado con la vida su trabajo. Ahora, algunos de los testimonios recogidos se tienen que enfrentar a la precariedad económica que asola ya a este país europeo. 

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La primera en enfermar de su familia fue ella. Empezó a sentirse mal el 10 de marzo y dos días después llegó el resultado del hisopado: positiva en Covid-19. En ese mismo instante, la auxiliar de enfermería boliviana, Jacqueline Santos Ramos, trabajadora en un hospital de Bérgamo, ciudad italiana entonces epicentro de la epidemia de coronavirus, tuvo miedo de que también los suyos se contagiaran. El presagio se volvió realidad.

Poco después la madre de Jacqueline, que vive en el apartamento de abajo de su planta, también empezó a tener síntomas. Vómitos, dolor de huesos y también tos. El siguiente fue el padre, de 66 años, que, en la fase más aguda, requirió de ayuda para respirar. Pero Jacqueline no se desanimó. Se cuidó con medicamentos recetados por su médico de base, ayudó -como pudo- a sus padres, y el 29 de marzo, ya negativo en las pruebas, retomó su trabajo en la unidad para enfermos de Covid-19 a la que había sido asignada.

“Lo hice porque me necesitaban. El hospital estaba al límite, con poco personal y muchos trabajadores contagiados. Y los pacientes seguían llegando. Uno tras otro. Algunas noches se llegó a contar cuatro muertos a la vez”, cuenta esta profesional de 49 años, originaria de La Paz, y cuyo marido también trabaja en su mismo sector.

“Nos sentíamos satisfechos cuando lográbamos enviar alguno vivo a casa. Llorábamos de alegría”, añade al confirmar que, cuando la pandemia estalló definitivamente en el norte de Italia, también en su centro hubo escasez de material de protección.  

El golpe del Covid-19 en Italia, país que aún hoy es el cuarto con el mayor número de muertes en el mundo, también ha sacado a luz historias como la de Jacqueline, una inmigrante que llegó a Italia en el año 2000 en busca de un futuro mejor, estudió y acabó salvando vidas en el país que la acogió, en medio de una de las catástrofes sanitarias más devastadoras que ha vivido el mundo en el último siglo. Un virus letal que pocos vieron venir y que, tan solo en Italia, infectó a casi 29.000 trabajadores del personal sanitario, víctimas, ellos, por estar en la primera línea.

Médicos, enfermeros, auxiliares y limpiadores de hospitales, clínicas y centros para ancianos y discapacitados, que no en todos los casos lograron mantener a salvo la vida. Fue el caso de Manuel Efrain Pérez, un médico peruano de 75 años, que quiso a prestar su servicio voluntario en una estructura para ancianos de Módena (norte), y murió a causa del Covid-19 a finales de abril. Pero también el del sanitario Miguel Ángel Pachas, también originario de Perú y de 53 años -30 de los cuales transcurridos en Italia-, falleció en Milán, la capital regional de Lombardía. 

Miembros del personal médico  junto a pacientes que padecen  coronavirus en la unidad de cuidados intensivos del hospital Papa Giovanni XXIII en Bérgamo, Italia, el 12 de mayo de 2020.
Miembros del personal médico junto a pacientes que padecen coronavirus en la unidad de cuidados intensivos del hospital Papa Giovanni XXIII en Bérgamo, Italia, el 12 de mayo de 2020. © Flavio Lo Scalzo / Reuters

La primera línea

El peruano Johnny Valdivia, técnico en enfermería de 48 años, trabaja en una residencia para personas discapacitadas en Milán. Durante la fase más aguda de la pandemia en Italia, desde marzo hasta mayo, formó parte del ‘task force’ de su estructura, dedicada a atender a los pacientes infectados de coronavirus. Por ello, cada día que salió a trabajar tuvo que enfilarse el ropaje protector anti-coronavirus, lavar todo con lejía, y extremar las precauciones para evitar el contagio.

“Tuvimos un momento de estrés muy fuerte. Con mi mujer Virginia, que también es sanitaria, trabajábamos sin descanso y, cuando llegábamos a casa, llorábamos. El maldito virus nos afectó mucho”, cuenta. “Nunca le tuve miedo a nada. Al revés, siempre me ha gustado mantener alta la adrenalina. Fui socorrista, trabajé en una funeraria… pero esto ha sido otra cosa”, afirma Johnny, al describir esos terribles días. 

Para cuidarse a sí misma y a sus pacientes, la salvadoreña Michelle Palma, de 23 años y técnica de cuidados intermedios en una clínica para ancianos de Milán, durmió por dos meses -desde marzo hasta mayo- lejos de la casa que comparte con su madre. “La clínica nos ofreció esta posibilidad y muchos aceptamos para proteger a nuestras familias y a nuestros pacientes, que son muy frágiles ya que sus edades oscilan entre los 83 y los 104 años”, cuenta Michelle al añadir que la gran mayoría de sus compañeros de trabajo son extranjeros y muchos, latinoamericanos. “Algo que nos ayudó fue que hubo mucho compañerismo”, afirma esta joven emigrada a Italia hace 4 años.

“Hubo muchos latinoamericanos en primera línea, sobre todo en Lombardía (norte, la región en la que hubo la mitad de los muertos totales de Italia), donde la comunidad de peruanos y ecuatorianos es numerosa”, continúa Johnny, el sanitario peruano. “Personalmente, me siento orgulloso de lo que he hecho, aunque también siento que tuve suerte. En mi estructura prácticamente no nos faltó el material para trabajar, pero sé de compañeros que en otros sitios lucharon con las puras manos”, añade.

Aunque con menos intensidad en las zonas del país donde el brote fue menos fuerte, esta difícil situación también se repitió en otras regiones italianas. “Es todo mucho más agotador ahora. No solo por todas las precauciones que hemos de tomar en el trabajo, sino porque vivimos con el miedo de que tienes de volver a casa y quizá estar contagiado”, afirma la enfermera Gricelda Quilares Alvarado, originaria del Estado mexicano de Guanajuato y empleada en una clínica de Roma.  

“En mi caso, el problema es que mi marido, mi hija de 3 años y yo estamos solos aquí, por lo que si enfermamos no tenemos a nadie”, precisa, al añadir que además también debe lidiar con el hecho de que en la actualidad su salario es la principal fuente de ingreso de la familia, ya que el hotel en el que trabajaba su marido aún no ha vuelto a abrir y también debe mantener los cuidados de su suegra enferma de Alzheimer, que está internada en un geriátrico en México. 

El personal médico ayuda a un paciente antes de someterse a una tomografía computarizada en el UPMC Hillman Cancer Center San Pietro FBF. EN Roma, Italia, 25 de mayo de 2020.
El personal médico ayuda a un paciente antes de someterse a una tomografía computarizada en el UPMC Hillman Cancer Center San Pietro FBF. EN Roma, Italia, 25 de mayo de 2020. © Yara Nardi / Reuters

También víctimas de la crisis económica

De hecho, como gran parte de la población italiana, afectada ahora por la otra pandemia, la económica, tampoco muchos de estos trabajadores han sido salvados de las otras secuelas que ha dejado la Covid-19. Un ejemplo es el de Jacqueline, la enfermera boliviana de Bérgamo, cuyo contrato caducó el pasado 10 de mayo y no ha sido renovado. La ‘nueva normalidad’ le ha dejado así, sin trabajo y ahora, también, con un fuerte daño psicológico. 

“Pienso muy a menudo en todos los que no hemos podido salvar. Y no poder trabajar no ayuda, pues no me siento útil como antes”, explica, al precisar que, sin embargo, conseguir un nuevo trabajo se anuncia “complicado, pues en muchas clínicas privadas la Covid-19 ha paralizado gran parte de las actividades sanitarias no urgentes". 

En verdad, de acuerdo con el palestino Foad Aodi, presidente de la Asociación de los Médicos Extranjeros en Italia (AMSI, por sus siglas en italiano), un número mayor de trabajadores sanitarios latinoamericanos sufre, como otros colectivos de migrantes, de salarios más bajos y condiciones peores -como contratos que caducan en plazos muy cortos-, en particular en las estructuras privadas del país. Y la pandemia ha acentuado estas situaciones.

“En Italia hay 80.000 profesionales no italianos que trabajan en el sistema sanitario nacional. Se trata de un colectivo en riesgo de explotación laboral, sobre todo en las estructuras privadas. Hemos llegado a saber de personas que cobraban siete euros la hora, si bien el contrato nacional en las estructuras públicas establece una cifra que es más del doble”, cuenta.

Aun así, muchos de estos profesionales -procedentes también de países como Colombia, Argentina o El Salvador- también han estado muy pendientes de la evolución de la pandemia en sus países de origen, y han enviado mensajes de alerta en las redes para advertir sobre la seriedad del Covid-19 y sus repercusiones a corto, y largo plazo. 

 

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