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Bashar al-Assad cumple 20 años en el poder a la sombra de una Siria en ruinas

El presidente Bashar al-Assad se prepara el 17 de julio de 2000 para dirigirse al parlamento en Damasco por primera vez desde que asumió el cargo.
El presidente Bashar al-Assad se prepara el 17 de julio de 2000 para dirigirse al parlamento en Damasco por primera vez desde que asumió el cargo. LOUAI BESHARA AFP

Sin celebraciones oficiales se cumplieron dos décadas de al-Assad en el poder. Un aniversario que coincide con su año más frágil, según los expertos, auspiciado por una guerra sin tregua, que ha dejado más de medio millón de muertos y la mayor crisis de refugiados del mundo en los últimos 25 años, según la ACNUR.  

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Bashar al-Assad es el único mandatario que sobrevivió a la Primavera Árabe. No aparece mucho en televisión. Tuvo que abandonar la oftalmología para volcarse de prisa en una carrera militar cuando supo que iba a ser presidente de Siria. El 17 de julio del 2000 se juramentó en el cargo con 34 años. 

En su alocución inaugural prometió modernizar al país, emprender un camino de reformas administrativas y económicas, luchar contra la corrupción. El ala más radical que acompañó a su padre, Háfez al-Assad, o veía demasiado blando. Pero 20 años después, esas expectativas solo quedaron estampadas en su primer discurso. 

Desde que estallaron las protestas civiles hace nueve años, las consecuencias en materia de Derechos Humanos han sido devastadoras. Más de 380.000 civiles muertos registrados por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos con sede en Londres, 5.550.440 refugiados en el mundo y 6,6 millones de desplazados internos, contabilizados por la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

El sucesor de Háfez al-Assad, cuya joven figuraba traslucía esperanzas de progreso, ahora se encuentra aislado, gobernando un país resquebrajado por una guerra civil que se desborda pero no toca fondo, batallando contra un enemigo invisible que no distingue entre creyentes y laicos o sunitas y chiitas, y que promete más devastación. 

Al-Assad: presidente por azar, gobernante por tradición

El mandatario sirio se encontraba adelantando sus prácticas en oftalmología en Londres en la década de los noventa. Era el segundo en la "línea sucesora" de la familia, pero su hermano mayor Bassel falleció en 1994 en un accidente de coche.

De manera repentina, abandonó sus estudios y empezó un vertiginoso ascenso militar hasta el 17 de julio de 2000, cuando se posesionó en el cargo para reemplazar a su padre, muerto un mes antes. 

Una imagen gigante del presidente sirio Bashar al-Assad en Douma, cerca de Damasco, Siria, el 17 de septiembre de 2018.
Una imagen gigante del presidente sirio Bashar al-Assad en Douma, cerca de Damasco, Siria, el 17 de septiembre de 2018. © Reuters

Háfez al-Assad ostentó el poder durante tres décadas dejando un camino de violencia y represión tras de si. Pero su familia no venía de un linaje real: su abuelo era campesino y pertenecía a la minoría alauí, que representa cerca del 12% del país. Fue el golpe de Estado que propinó su padre en 1970 el que catapultó a la familia al-Assad al poder de Siria. 

"Al-Assad se hizo cargo de un régimen autoritario, estatal-socialista y lo convirtió en un orden oligárquico controlado por sus compinches, mientras abandonaba su base popular original", aseguró Heiko Wimmen, el director regional para International Crisis Group. 

Siria: una joya del turismo árabe en ruinas

Corrían los primeros tiempos de Bashar al-Assad y, con su llegada, la economía parecía potenciarse. Se desarrolló el comercio y el sector turístico vivió un impulso vertiginoso. Desde su llegada al poder, la economía del país protagonizó un cambio notable con la apertura de comercios y el estallido del sector turístico.

Los jóvenes sirios también tuvieron acceso a internet y a un mejor sistema educativo, pero con la llamada primavera de Damasco, en la que intelectuales y opositores tanto creyentes como laicos pidieron la apertura política, la vertiente autoritaria empezó a brotar y a tomar forma en lo que se consolidaría con las revueltas de 2011. 

Ariha, en la  provincia siria de Idlib, al noroeste del país, ha sido golpeada por años de guerra y devastación. Imagen del 27 de junio de 2020.
Ariha, en la provincia siria de Idlib, al noroeste del país, ha sido golpeada por años de guerra y devastación. Imagen del 27 de junio de 2020. Omar Haj Kadour / AFP

“Bashar decidió entonces cerrar todos los salones de debate que habían surgido en la capital y encarcelar a toda voz disidente”, dijo por teléfono desde Texas Sam Dagher, experto en Siria y autor del libro "Assad or we burn the country" ("El Asad o quemamos el país") a 'El País' de España. 

En esa primera década en el poder, al-Assad se acercó a Occidente, en especial a Francia, de la mano de su mujer Asma, nacida y criada en Londres, y retratada en numerosos medios como la "rosa del desierto", pero esas relaciones se cortaron desde el inicio de la revuelta en Siria, en la llamada "Primavera Árabe" de 2011.

"En respuesta a la guerra civil provocada por la tensión social acumulada, el régimen volvió a la máxima violencia en lugar de la cooptación", explicó Wimmen.

Siria, un país fraccionado donde Al-Assad sobrevive

A fuerza de puño de hierro, al-Assad fue el único gobernante que se mantuvo en el poder después de las revueltas de la Primavera Árabe, pero la guerra transformó para siempre a Siria. Incluso en medio del complejo conflicto, en el que entraron a participar las potencias internacionales, la Organización para la Prohibición de Armas Químicas señaló que el Gobierno sirio llevó a cabo tres ataques con cloro y gas sarín contra la población en marzo de 2017, dejando cerca de un centenar de lesionados y fallecidos en marzo de 2017.

La guerra asumió además nuevas dimensiones con las potencias internacionales que intervinieron en el campo de batalla y con la ocupación del Estado Islámico (EI), que agravó aún más la situación en el país.

El presidente sirio Bashar al-Assad fotografiado en diciembre de 2017 con el presidente ruso Vladimir Putin, que brinda apoyo militar al Gobierno sirio.
El presidente sirio Bashar al-Assad fotografiado en diciembre de 2017 con el presidente ruso Vladimir Putin, que brinda apoyo militar al Gobierno sirio. Mikhail Klimentyev / AFP

"El país está destruido y fracturado. Un tercio de los sirios viven en áreas controladas por al-Assad, Irán y Rusia; otro tercio dividido entre áreas controladas por los kurdos y Turquía, y otro tercio son refugiados", asevera Dagher.

Como consecuencia, los kurdo-sirios declararon un gobierno de facto desde 2013 en el norte y noreste de Siria, que aún se mantiene, mientras que las facciones rebeldes consiguieron durante esta última década capturar amplias áreas controladas previamente por Damasco. Sin embargo, al-Assad ha conseguido retomarlas en los últims dos años gracias a la intervención de Rusia desde el 30 de septiembre de 2015 en el territorio.

¿Qué gobierna ahora al-Assad?

En medio de la guerra y de la pandemia, Siria se enfrenta a una de las peores crisis económicas, que le obligó a devaluar su moneda local en un 44 %. Además está acorralado por la comunidad internacional tras las últimas sanciones: la Ley César estadounidense, que de nuevo tiene como objetivo a al-Assad y, por primera vez, a su mujer Asma.

Aunque los analistas no piensan que estas nuevas sanciones vayan a afectarles, porque el Gobierno ha sobrevivido a ellas, aferrándose a Rusia, por ejemplo, "la crisis puede aumentar la propensión del régimen a la represión violenta, ya que ese es el único medio que queda para contener el descontento", destacó Wimmen.

Una mujer siria contempla las casas destrozadas de Guta, Siria. Imagen de archivo.
Una mujer siria contempla las casas destrozadas de Guta, Siria. Imagen de archivo. © National Geographic

Esta crisis ya ha tenido un reflejo en unas protestas que comenzaron el pasado mes en la ciudad de Al Sueida, en el sur de Siria. "Las protestas en Al Sueida son muy significativas porque recuerdan al mundo que, después de lo que el país ha pasado, el problema sigue siendo el mismo y nada cambiará a menos que se aborde el problema real", explicó Dagher.

"La gente en Al Sueida le recuerda al mundo de qué se trata. Es como volver al punto de partida o cerrar el círculo: volver a 2011", sentenció.

Con EFE y Reuters

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