Las ollas comunes aportan el único alimento para miles de chilenos durante la pandemia

Se estima que en Santiago de Chile hay cerca de 250 ollas comunales y muchas más en el resto del país.
Se estima que en Santiago de Chile hay cerca de 250 ollas comunales y muchas más en el resto del país. © France 24

En Chile, la pandemia expuso las desigualdades que sacó a la superficie el estallido social de octubre de 2019. Ahora miles recurren cada día a las ollas comunes que proliferan en barrios humildes y de clase media para poder comer, una necesidad no cubierta para todos.

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Casi 40 años atrás, durante la dura crisis económica de 1982 y cuando Chile se encontraba bajo la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), hubo un movimiento de solidaridad vecinal tan fuerte como el que se vive actualmente a través de la proliferación de ollas comunes en los barrios más humildes, pero también de clase media, de Santiago y las grandes ciudades del país.

A medida que avanza el tiempo y la mitad de Chile se encuentra confinado para tratar de evitar los efectos devastadores de la pandemia por el nuevo coronavirus, también escasean cada vez más los recursos básicos.

Por ello para miles de chilenos las ollas comunes son hoy la única posibilidad de asegurar un plato de comida caliente en sus jornadas. 

Las cifras oficiales delinean el panorama. En Chile se han perdido 1,8 millones de empleos y suspendido más de 700.000 desde comienzo de año.

El efecto del estallido social de octubre también se acumula para debilitar más una maltrecha economía cuyos números macroeconómicos esconden realidades frágiles: las de los 2,5 millones de personas en empleos informales que si no trabajan no comen, las millones de empleados que fueron enviadas a sus casas sin sueldos y recurren a su seguro de cesantías o ahora al retiro del 10% de sus fondos de pensiones para poder sobrevivir a varios meses sin ingresos.

Según un informe de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) de mayo de 2020, más de dos millones de personas en Chile se ven amenazadas por el hambre.

Entonces ahora la solidaridad vecinal se activa, en la forma de ollas comunitarias donde se cocina masivamente, con lo poco o mucho que puede aportar cada uno.

"Cuando uno no tiene de dónde tirar, ¿qué hace?"

En el humilde barrio de La Florida, uno  de los más poblados de Santiago, lleva funcionando más de tres meses la olla común Los Copihues, una iniciativa que surgió de una de las vecinas del barrio, que a menudo parten de iniciativas femeninas

"La gente conversaba mucho que estaba sin trabajo, cuando empecé a escuchar voces y voces y cada vez se sumaba más gente, se tomó esta iniciativa de poder llevar el alimento a las casas que de verdad estuvieran cesantes, en situación de calle, gente con Covid-19 y postrados y de la tercera edad", explica a France 24 Victoria Maripil, que se encarga de coordinar y buscar activamente ayuda y recibir donaciones.

Las más de diez personas detrás de la organización, incluidos cocineros profesionales, se encuentran sin trabajo debido a la pandemia. Funcionan exclusivamente con donaciones de los propios vecinos de barrio, en muchos casos también cesantes

En total cada día se da alimento a 300 personas de casi 100 familias y se incluye una merienda para 100 niños. 

Ante la ausencia de ayudas del Gobierno o la tardanza para adquirirlas, las ollas comunales se han multiplicado en los barrios de Chile.
Ante la ausencia de ayudas del Gobierno o la tardanza para adquirirlas, las ollas comunales se han multiplicado en los barrios de Chile. © France 24

"A mi esto me ha sacado de mucho apuro, porque cuando uno no tiene de dónde tirar, ¿qué hace?", relata impotente Teresa Serrano, que con la ayuda de la olla común alimenta a siete miembros de su familia, entre ellos su biznieto de siete años. Con "los miserables 140.000 pesos chilenos (USD 180 mensuales)  que da el Gobierno no alcanza para nada", dice de su pensión. 

"Dependo de la olla común porque gracias a ella llevo el sustento a mi casa", comparte Antonella, de 23 años, cesante que con esta ayuda alimenta a su familia de cuatro personas, dos de ellas niños. 

“Aquí por lo menos tenemos todas las semanas el almuerzo seguro”, dice Rosa Bravo, de 52 años, también cesante.

Con unas ayudas estatales criticadas por no llegar siempre a todos y hacerlo a veces tarde, los efectos de la pandemia golpea a miles de personas, de diferentes barrios y clases sociales, mientras las ollas comunes siguen reproduciéndose día a día y garantizando miles de comidas diarias ante la dureza de la crisis económica y el zarpazo de la pandemia. 

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