Cinco mujeres mestizas acusan a Bélgica por "crímenes de lesa humanidad"

Léa Tavares Mujinga, Monique Bitu Bingi, Noëlle Verbeeken, Simone Ngalula y Marie-José Loshi fueron separadas de sus padres cuando tenían entre 2 y 4 años y fueron llevadas a la fuerza a la misión católica Katende, administrada por monjas belgas, en la provincia de Kasaï.
Léa Tavares Mujinga, Monique Bitu Bingi, Noëlle Verbeeken, Simone Ngalula y Marie-José Loshi fueron separadas de sus padres cuando tenían entre 2 y 4 años y fueron llevadas a la fuerza a la misión católica Katende, administrada por monjas belgas, en la provincia de Kasaï. © Francisco Seco / AP

Nacidas de madre negra y padre blanco en el Congo belga, fueron consideradas como "niñas del pecado", separadas de su familia, encerradas en un convento y abandonadas. Ahora reclaman Justicia al Estado belga. Esta es su historia.

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Bélgica se enfrenta a crímenes contra la humanidad por el secuestro y abandono de cinco niñas durante la época en que el Congo fue colonia del país europeo.

Son cinco mujeres: Léa Tavares Mujinga, Noëlle Verbeeken, Simone Ngalula, Marie-José Loshi et Monique Bitu Bingi, que han llevado a Bélgica a los tribunales y cuya primera sesión se produce este 10 de septiembre. 

Estas septuagenarias son mestizas, de madres negras y padres blancos. El Estado belga, junto a la Iglesia Católica, decidió custodiar a todos los niños mestizos en conventos, arrancándoles de sus madres, porque los consideraban “hijos del pecado”. Con la independencia del Congo en 1960, algunos niños fueron llevados a Bélgica; pero estas cinco mujeres fueron abandonadas a su suerte.

Las monjas que las custodiaban se marcharon del convento, pero los soldados y policías de la guerrilla presentes en el país maltrataron a las niñas, que fueron objeto de múltiples vejaciones.

Ahora, estas cinco mujeres piden que se reconozca a Bélgica por sus crímenes y pague una compensación de 50.000 euros a cada una por daños morales. Hace año y medio, el entonces primer ministro del país, Charles Michel, pidió perdón por los daños a los niños mestizos, pero todos coinciden que no es suficiente.

“Lloré toda la tarde”

“Tenía cuatro años", recuerda Monique Bitu Bingi, de 71 años, en Bruselas. “Es como si fuera ayer. Mi madre, mis tías, mi tío y mi abuelo tuvieron que llevarme a la misión católica. Lo recuerdo todo. Caminamos durante tres días, luego el camión de un agente territorial nos llevó a Katende (en la provincia de Kasai). Cuando llegamos allí, me encontré entre la multitud de una gran boda, y ya no podía ver a mis padres. Lloré toda la tarde. Una de las niñas del convento, que tenía ocho años, me llevó a la cama. Al día siguiente, estaba con las otras chicas. Los mayores, entre 8 y 11 años, se ocupaban de los más jóvenes. No teníamos zapatos y la puerta de nuestro dormitorio daba a una morgue”, añade.

Las chicas mestizas del convento de Katende, Monique Bitu Bingi en la primera fila a la izquierda, Simone Ngalula a su lado, y en la segunda fila de izquierda a derecha, Noëlle Verbeeken con zapatos, Marie-José Loshi y Léa Tavares Mujinga.
Las chicas mestizas del convento de Katende, Monique Bitu Bingi en la primera fila a la izquierda, Simone Ngalula a su lado, y en la segunda fila de izquierda a derecha, Noëlle Verbeeken con zapatos, Marie-José Loshi y Léa Tavares Mujinga. © Archivo particular Monique Bitu Bingi

Lea Tavares Mujinga, de 74 años, también comparte su historia. "Mi padre era portugués. Un día partió de vacaciones a su país. El viaje entonces era largo. Cuando retornó, ya no me encontró porque el Estado belga me había secuestrado. Tenía dos años", relata.

La niña fue internada "en el convento de Katende al igual que a otros muchos niños como yo”. “Mi madre era congoleña, pero le quitaron a los dos niños", rememora.

En una sobria casa en la periferia de Bruselas, donde vive su hija, esta mujer recuerda cómo las monjas le quitaron la ropa que llevaba para ponerle "una pequeña bata".

En las mañanas no había ni leche ni pan, sino arroz con aceite de palma, que "no lograba comer". Para dormir tampoco había un colchón sino una manta en el piso.

Los niños no sufrían abusos de parte de las religiosas e incluso iban a la escuela. Pero "en retrospectiva, habiéndonos convertido en madres y abuelas, nos decimos a nosotras mismas que eso no era normal. ¿Cómo nos las arreglamos para afrontarlo?"

¿Está la caja de Pandora a punto de abrirse a partir de este juicio? “Entre 16.000 y 20.000 mestizos permanecieron en las antiguas colonias belgas después de la independencia", recuerda François d'Adesky, cofundador de la Asociación de Mestizos de Bélgica, de la que los cinco demandantes no son miembros.

Este artículo fue publicado originalmente en RFI 

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