El duro relato de dos argentinas que abortaron en la clandestinidad

El proyecto de legalización del aborto, impulsado por el presidente Alberto Fernández, recibió media sanción de la Cámara de Diputados y necesita ser refrendado por el Senado para convertirse en ley.
El proyecto de legalización del aborto, impulsado por el presidente Alberto Fernández, recibió media sanción de la Cámara de Diputados y necesita ser refrendado por el Senado para convertirse en ley. © Agustín Marcarian / Reuters

El Congreso de Argentina decidirá si legaliza el aborto hasta la semana 14 de gestación o mantiene la actual situación, en la que es permitido en casos de violación o riesgo para la salud de la mujer. En el centro del debate está la salud y la libertad de elegir. Dos mujeres que interrumpieron sus embarazos de forma clandestina contaron sus difíciles experiencias a France 24.

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France 24 en Español habló con dos mujeres argentinas que pasaron por abortos para saber qué implica haberlo hecho en la clandestinidad y qué significaría para ellas que –a diferencia de lo que ocurrió en 2018, cuando tras la media sanción de Diputados, el Senado rechazó cambiar la norma– este año la Cámara Alta aprobara, en la sesión que comienza el próximo 29 de diciembre, la legalización que ya votaron favorablemente los diputados.

Cecilia Marazzi: "Había una camilla en el medio de un montón de libros, todos sucios"

"Cuando me entero que estoy embarazada no tuve ningún tipo de duda, ninguna duda". Hace 30 años, Cecilia Marazzi –hoy tiene 50– decidió abortar. El embarazo había sido resultado de una violación y, como ocurre en muchos casos, por una mezcla de desconocimiento y el estigma que acompaña al aborto, algo aún más marcado en ese entonces, recurrió a la clandestinidad, después de juntar dinero y empeñar relojes para poder pagar.

"Cuando llegó la fecha yo no había juntado el total de la plata y hasta los 3 meses me lo hacían y si no, no", recuerda. "Me presenté igual, me acompañó un familiar mío, a quién agradezco enormemente; se quedó abajo". Ella subió al apartamento donde atendía la obstetra.

“Entré, le dije que no tenía el total de la plata, y tenía una cara de culo bárbara la ‘mina’ (forma coloquial de llamar a la mujer en Argentina). Me dijo que lo iba a decidir cuando llegara la anestesista porque la parte de ella estaba cubierta. Es como si te dijera que hoy me faltaran cinco ‘lucas’ (5.000 pesos, el equivalente a 60 dólares al cambio oficial), era mucha ‘guita’, muchísima plata”.

La anestesista accedió, pero le dijeron que todos los meses fuera a llevarles dinero hasta completar lo que faltaba. “Durante siete, ocho meses fui a un departamento, a otro departamento, porque no era el mismo, creo que era su casa”.

Luego llegó el momento de la intervención. “Había una camilla en el medio de un montón de libros, todos sucios. Las preguntas antes de que la anestesia tome efecto eran tremendas, me asustaron más que el aborto en sí: '¿Dónde estás?, ¿alguien te vio?, no te acuerdes la dirección, no cuentes a nadie que viniste acá, ¿quién te está esperando abajo?'. Sumale que no tienen en cuenta el miedo que uno tiene, el terror, que no sabés ni lo que te va a pasar, ni qué es”.

“Yo me iba quedando dormida mirando todo eso y, bueno, me despierto, me llevan a un living, el mismo living en el que estuve de entrada, y me dan unas pastillitas marrones, que no sé a qué venían, supongo que para una infección o posible infección, o demás. Y me seguían taladrando la cabeza; uno cuando sale de la anestesia está medio, más ‘boludo’ de lo habitual, y bueno, hacían comentarios entre ellas: 'no te asustes, porque si no te asustaste a la hora de coger' (tener relaciones sexuales), como si ellas no cogieran, además, ¿no? Es raro”.

“Me han dicho 'Dios te va a castigar, vas a quedar estéril, tus hijas van a nacer mal, tus hijos van a nacer mal”

Al día siguiente, después de pasar la noche en la casa de un familiar, fue a trabajar. "Me desmayé, me caí del colectivo, porque no podía avisar que no iba a ir por eso, con una hemorragia tremenda”. Tras ese episodio, Cecilia no tuvo otros problemas físicos, pero sobrevino el temor. “El miedo principal era la condena social, sobre todo de la gente más allegada. Al mismo tiempo necesitaba contarlo. No fue gratis. No me arrepiento, pero hasta gente muy allegada a mí, amigos, me han dicho 'Dios te va a castigar, vas a quedar estéril, tus hijas van a nacer mal, tus hijos van a nacer mal’. Y a los 24 años tuve a mi primera hija, y estuve asustada hasta el momento que la vi".

Para que mujeres como sus hijas no deban pasar por lo mismo que pasó ella, Cecilia también lleva el pañuelo verde que usan quienes quieren que cambie la ley. Y por eso también decidió hablar abiertamente sobre el tema: “Si estoy haciendo esto es porque quizás sea un aporte de lo que realmente es un aborto clandestino, aún siendo de clase media, imaginate lo que es para la cantidad, miles de mujeres, que no tienen acceso ni a nada”.

Y repite algo que dicen prácticamente todas las mujeres que decidieron abortar: "Nadie va contento a hacerse un aborto, es una ‘mierda’ hacerse un aborto, literalmente es una ‘mierda’".

Así que pensando en la decisión que pesa sobre el Congreso, Cecilia dice: "Esto existió, existe y va a existir voten lo que voten. Y lo va a hacer como siempre la gente que tiene ‘guita’ y la que no se va a morir. Van a matar dos vidas, no van a salvar dos. Entonces, la hipocresía que la dejen para otra cosa, eso es lo que yo pienso".

Laura: "Las jóvenes que nos embarazábamos teníamos que escondernos por el tremendo estigma que nos hacían pasar"

Laura tiene 36 años, es de Santiago del Estero, provincia del norte del país, una región generalmente conservadora, en la que pesa más la postura contraria a la legalización del aborto. Por ese contexto prefirió que no se revelara su identidad en este artículo (Laura no es su nombre real), para no exponerse ni exponer a su familia.

“Fui mamá a los 16 años”, le cuenta a France 24 en Español. "Cursé mi primer embarazo durante cuarto año de la escuela secundaria. Fue muy fuerte en un primer momento, cuando comunico a mi familia del embarazo, escuchar de la boca de mi madre, como primera sentencia: 'No sueñes que te voy a ayudar a hacerte un aborto, ahora vas a criar a tu hijo, porque no vas a matar a un bebé'. Y así empezó mi trayectoria de vida, totalmente marcada, acorde a esa situación, que era la maternidad a los 16 años”.

“Yo iba a una escuela católica, en donde de estos temas no se hablaba, pero a la vez sí había toda una formación o militancia alrededor de lo tremendo que es un aborto, que es un asesinato, pero sin embargo las jóvenes que nos embarazábamos teníamos que escondernos por el tremendo estigma que nos hacían pasar ahí adentro”, relata.

“Pasaron 20 años y creo que en ningún momento eso ha dejado de ser, tanto para mí como para mi hije, una situación particular que no ha hecho que la trayectoria de nuestras vidas sea dentro de caminos fáciles. Una de las cosas que, puedo decir, más me han marcado de la maternidad tan temprana es el desgaste físico y psicológico que implica criar una vida; eso deja marcas físicas y, por supuesto, en toda nuestra salud psíquica, emocional y también eso va a hacer un puente con el hijo o hije o la hija. Nada es fácil, aún en el marco del amor profundo que se puede tener por ese hije y de la decisión, que siempre pongo entre comillas, de haber terminado esa concepción en maternar, en parir, no en interrumpir un embarazo”.

A los 24 años, estando en pareja, Laura decidió tener otro hijo. "Hubo una elección mucho más consciente, y una búsqueda, y un deseo mío, particular, de ver cómo era ser madre sin todo ese drama que había sido serlo en la adolescencia; entonces había un deseo, había logrado con cierto éxito criar durante ocho años a mi hijo mayor y estaban dadas las condiciones, había todo un contexto que también me ayudaba”.

Activistas a favor del aborto muestran una bandera con la leyenda "aborto legal, seguro y gratuito" durante una manifestación en Buenos Aires, el 10 de diciembre de 2020.
Activistas a favor del aborto muestran una bandera con la leyenda "aborto legal, seguro y gratuito" durante una manifestación en Buenos Aires, el 10 de diciembre de 2020. © Juan Mabromata / AFP

"Si me pasaba algo a mí, mis hijos quedaban sin madre y ese temor era muy grande y me hacía temblar"

“Después de esa segunda experiencia de maternidad tuve un embarazo que no fue deseado, ni fue buscado, no fue intencional y tuve ahí la primera experiencia en un aborto clandestino; tenía alrededor de 25 años. En mi caso pude ir a una clínica donde realizaban abortos clandestinos”, señala Laura. El médico, cuenta, “atendía fuera del horario habitual, más que nada en los horarios en los que funcionan habitualmente las guardias y a esa hora se llenaba la sala de espera de la clínica solamente para ese doctor”.

“Me preguntó si tenía hijos y si tenía pareja, contesté que sí y ahí me para en el diálogo y me dice: 'pará, pará, necesito saber si estás autorizada por tu marido para hacer esto porque después tengo quilombo' (problemas). Entonces ahí le dije que sí, que había un acuerdo en la pareja de hacerlo. Y me dice 'entonces vas a tener que volver a venir y venir los dos', entonces le digo que me estaba esperando afuera y me dice 'bueno, salí y buscalo para que me diga a mí también él que no hay ningún desacuerdo entre ustedes, porque esto después me trae ‘quilombo'. Entonces salgo, lo busco y lo traigo y ahí recién cree que había un acuerdo de pareja, como si fuera que la decisión tenía que ver con la otra persona además de mi persona".

"Cuestión que me ponen una anestesia local, o no sé cómo llamarla, pero no una anestesia que me duerme, sino algo como un sedante, me deja un poco mareada y trasladan la camilla a otro lugar dentro de la clínica. Y en ese momento no me acuerdo del proceso, ni siquiera recuerdo que haya sentido algún tipo de dolor o algo, pero sí sé que a los pocos minutos de eso empiezo a dejar de sentirme mareada y como a despertarme, entre comillas, porque nunca estuve dormida del todo, y me encuentro sola en un lugar que era como un depósito o un estacionamiento de la clínica. Ahí tenían montado el lugar para realizar los abortos. No había ninguna persona, nadie”, recuerda.

“Lo que más sentía era algo físico, sentía mucho frío y no tenía con qué taparme tampoco ahí. Me daba miedo la oscuridad, es la sensación de lo oculto, lo clandestino. Ni siquiera tenía derecho a saber por qué me habían cambiado de lugar, por qué me habían dejado sola ahí, si alguien me iba a venir a buscar o si me tenía que levantar y si me levantaba, no sabía. No sabía qué hacer realmente. Entonces me quedé acostada, un poco decidiendo qué hacer, con miedo, confusión, y mirando todo el tiempo ese espacio gigante que había ahí afuera, oscuro total, deben haber sido las 11 o las 12 de la noche”, prosigue.

La principal sensación de Laura ante esa situación fue temor: “Me dio mucho miedo, miedo de mi salud, porque no sabía si pararme e irme, y si me pasaba algo y porque sentía muchas secuelas físicas. No sé si me había bajado la presión o qué. Y ante el miedo, la incapacidad de poder hacer algo, porque además el miedo de estar ahí sola no era más fuerte que el miedo a que si me levantaba me pase algo físico, de salud. Entonces no me quedaba otra que bancarme el miedo de estar en esa oscuridad”.

“Lo que más había pensado en ese momento era que tenía que volver sana a mi casa, porque además me estaban esperando mis hijes y que no podía salir nada mal, no solamente porque me podía pasar algo a mí, sino que además, si me pasaba algo a mí, mis hijos quedaban sin madre y ese temor era muy grande y me hacía temblar. Al ser clandestino, la idea de aborto es igual a muerte, eso ha logrado la clandestinidad, porque efectivamente muchísimas mujeres se mueren por abortar en esas condiciones”, sentencia.

“Más o menos a los 30 minutos vino una enfermera y me dijo que me podía ir a mi casa. Nunca más lo vi al médico. Ah, y me dio una receta con unos antibióticos que tenía que tomar. Después me fue bien, no me pasó nada físico malo. Y emocionalmente no tengo recuerdos de que me haya hecho daño la decisión de abortar. Sí el miedo tremendo que me había provocado despabilarme de ese sedante en esa oscuridad. Pero no haber abortado, al contrario, para mi fue una decisión no querer ser mamá de nuevo, de hecho hasta hoy no tuve más hijes. Me ha causado un alivio poder haber accedido a interrumpir el embarazo”, confiesa.

“Me he tenido que bancar (soportar) no poder contárselo a muchas personas, inclusive muy cercanas, no solamente por el juicio hacia la decisión de interrumpir un embarazo, sino además también por el miedo de que alguna persona hable y me lleven presa. Era sentirme delincuente, digamos, durante varios días. Era un gran secreto que no podía salir de nosotros”, afirma Laura.

Activistas pro-aborto se manifiestan a favor de la despenalización del aborto con esta pancarta, un día después de que el presidente Alberto Fernández enviara un proyecto de ley para legalizar el aborto, frente al Congreso en Buenos Aires, Argentina, el miércoles 18 de noviembre de 2020.
Activistas pro-aborto se manifiestan a favor de la despenalización del aborto con esta pancarta, un día después de que el presidente Alberto Fernández enviara un proyecto de ley para legalizar el aborto, frente al Congreso en Buenos Aires, Argentina, el miércoles 18 de noviembre de 2020. © Víctor R. Caivano / AP

“Abortar en el marco de la clandestinidad significa, además, tener plata para pagar”

Años después, cuando ya estaba muy informada, teniendo contacto con grupos que asisten a mujeres que deciden abortar, Laura no pudo evitar pasar por una experiencia traumática y riesgosa.

"Cuando ni siquiera me había imaginado que me iba a pasar otra vez, y también en el marco de la madurez, en una relación de pareja estable, me volvió a pasar. Por cuarta vez durante mi vida quedé embarazada, también esta vez sin intención”. Fue en un contexto muy difícil, en el que se estaba mudando de casa, a lo que se sumó un problema de pareja. “Me quedo durante 20 días sola con mis hijos, en el medio de que me tenía que mudar y entonces se plantea una situación más difícil de lo que hubiera esperado para mudarme y me quedo prácticamente sin dinero para nada más que volver a alquilar una casa”.

Todo eso demoró la interrupción del embarazo, aunque “la decisión la había tomado con mucha tranquilidad, es una decisión de vida”. Ella necesitaba juntar el dinero "porque abortar en el marco de la clandestinidad significa, además, tener plata para pagar”.

“Había tenido que pagar tanto para poder mudarme de casa, que decido esperar más o menos dos semanas a que comience un nuevo mes y ahí hacer esto. Si bien casi todas podemos abortar con éxito de manera ambulatoria, con seguimiento médico es una cosa y sin seguimiento es otra”. Cuando tuvo el dinero, "lo que hago es conseguir las pastillas de misoprostol y mifepristona y realizarlo en mi casa, con un método que es muy seguro bajo control médico y seguimiento, con las instrucciones que todas las militantes conocemos del socorrismo, de cómo hacerlo, todos sabemos, hemos aprendido mucho durante todos estos años, gracias al activismo feminista: cómo, cuánto tiempo demora en hacer efecto, qué síntomas son alarmantes o no”.

Pero la demora resultó problemática. Hizo el tratamiento tal como sabía que debía hacerse y no funcionó. “Me pasé casi 48 horas con muchas contracciones, dolores, y sangrados que cada vez eran más oscuros, en momentitos del día y nada más, nunca se realizaba el aborto. Entonces, ese momento fue de mucho temor, tremendo. Desesperación total”.  Laura reflexiona sobre la clandestinidad, sobre estar sola en su casa, de madrugada, “cuando los chicos duermen, porque si se complica o algo no pueden ver, con el miedo de que si se complica tengo que ir al médico y qué le voy a decir, ¿que me estaba haciendo un aborto? Digo, ¿qué hago, a dónde voy? Mejor no digo nada, espero un tiempo más”. Finalmente accedió a la ayuda de lo que llama “médicos amigables”, que pudieron completar el aborto.

“En realidad, la decisión de usar misoprostol en mi casa fue contra mi voluntad y mi conciencia de lo que significa eso, porque incluso cuando ayudamos a otras ‘pibas’ (chicas) que nos piden ayuda y recomendaciones, jamás a mí se me ocurre como primera salida que se consiga las pastillas y lo haga sola en su casa el tratamiento. La salida es siempre que sea bajo supervisión médica. Pero para eso se necesita dinero”, remarca.

Pero si no está esa opción, se sigue con otras, explica: “Porque la decisión de no querer maternar es muy fuerte y muy insoportable, además, psicológicamente. Tener que pasar semanas vomitando, mareada, con sueño, un montón de síntomas que tu cuerpo expresa de algo que vos no querés estar cursando, y que además estás obligada a seguir estando así hasta que consigas la plata. Y siempre con el tiempo ahí, porque tiene un límite. Yo estaba en el límite, y me demoré porque no tenía la plata”.

“Creo que el aborto legal puede abrir la puerta por fin en la vida política, cultural, social, a la discusión sobre el mandato de la maternidad que tenemos las mujeres”, se ilusiona.

Laura piensa en qué puede pasar, especialmente en su provincia, si finalmente el Senado modifica la normativa, votando a favor de la nueva ley, como ya hizo Diputados. “No tengo la menor duda de que va a haber gran resistencia a cumplir con la ley y sobre todo me preocupa un montón que tengamos una ley que obstaculice, si tenemos una ley con objeción de conciencia, que puede dejar a la libre elección de los profesionales de salud practicar la interrupción del embarazo, las mujeres del norte, les cuerpes gestantes del norte, estamos ‘en el horno’, porque la gran mayoría de los médicos de esta provincia son objetores de conciencia. Es preocupante esto”.

“Pero sí creo que las pocas personas que están dispuestas a garantizar este derecho a las mujeres van a tener un marco legal para hacerlo y vamos a poder, sin ocultarnos, recurrir a esas personas. El aborto va a salir de la clandestinidad en todos los ámbitos de la vida, de a poco. Al ser algo legal deja de ser algo oculto, deja de ser algo prohibido, de lo que no se habla”, subraya.

“Creo que el aborto legal puede abrir la puerta por fin en la vida política, cultural, social, a la discusión sobre el mandato de la maternidad que tenemos las mujeres. Vamos a poder discutir acerca de que no es la única opción ser madres aún habiéndose quedado embarazada. Y ahí va a entrar nuestro derecho a decidir. Me parece que es algo muy grande”, agrega.

Y vuelve a su propia vida: “Lo que rescato de todas estas experiencias, de las de maternar y las de interrumpir, es también cómo en distintos momentos de nuestra vida las mujeres podemos pensar distinto alrededor de la maternidad: hoy quiero, dentro de dos años no quiero, y después puedo volver a querer, y después volver a no querer. Y no solamente a decidir en lo concreto en ese momento, sino que ese deseo o esa decisión positiva respecto a maternar que tenemos un montón de mujeres en un montón de momentos de nuestra vida, también están influenciados por todo un mandato que dice que nosotras nacemos para ser madres”.

 

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