Serie recicladores

Reciclaje en Buenos Aires: la lucha laboral que impulsaron las mujeres (2/6)

Jackie Flores, la creadora del cuerpo de Promotoras Ambientales. Buenos Aires, Argentina.
Jackie Flores, la creadora del cuerpo de Promotoras Ambientales. Buenos Aires, Argentina. © Julieta Bugacoff

Las mujeres son las protagonistas de una docena de cooperativas de la capital argentina que se ocupan de recuperar los residuos sólidos que genera la ciudad. Tras décadas de lucha, estas mujeres crearon el primer equipo de Promotoras Ambientales con visión de género. Sus logros incluyen herramientas, espacios y transporte provistos por el Estado para realizar su trabajo. Sin embargo, en la mayor parte del país los recicladores aún trabajan en condiciones muy precarias y durante la pandemia su actividad se redujo aún más.

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En el inmenso galpón de la Cooperativa El Ceibo’ un antiguo predio ferroviario en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, Cristina Lescano tiene su oficina. Está rodeada de plantas en macetas hechas con neumáticos pintados, y su teléfono no para de sonar.

Cristina viste ropa colorida y accesorios al tono. Habla con la soltura de quien pudo remontar su vida desde el infierno de comer de la basura hasta dar conferencias sobre reciclaje en un lujoso hotel. 

“Empecé a cirujear en el 89. Con la hiperinflación, me había quedado sin trabajo, sin vivienda, sin nada. Me fui a una casa tomada con mis hijos. No teníamos para comer, y salíamos con otros vecinos a revolver bolsas y comíamos de ahí, de la basura”, cuenta la mujer de 60 años. 

Recuerda lo dura que fue aquella época, cuando podían acabar en prisión por “cirujear”, término con el que se conoce en Argentina la práctica de recuperar residuos y venderlos, proveniente de ciruja, “el que trabaja con las manos”. Pero también recuerda buenos momentos. 

Jackie Flores, creadora del cuerpo de Promotoras Ambientales: “Las mujeres en el mundo cartonero somos mayoría, aunque estemos invisibilizadas”.
Jackie Flores, creadora del cuerpo de Promotoras Ambientales: “Las mujeres en el mundo cartonero somos mayoría, aunque estemos invisibilizadas”. © Julieta Bugacoff

“Porque todo lo compartíamos. Lo que conseguíamos para comer lo poníamos en la misma mesa”, relata. Fue entonces que empezaron a organizarse. “No queríamos trabajar de noche, vivir en la calle, con incertidumbre”, cuenta quien hoy encabeza esta cooperativa en la que trabajan 290 personas.  

Mujeres empujadas a la precariedad

Jackie Flores también empezó a cartonear (juntar cartón) a finales de los 80. Nació hace 52 años en Córdoba, provincia central de la Argentina, y a los nueve llegó sola a la capital para buscar a una hermana mayor, y huyendo de un hogar donde el alcohol y la violencia eran costumbre. Empezó a dedicarse al ambulantaje a principios de los años 80 -pleno gobierno militar- cuando Buenos Aires mostraba su peor cara: la de la persecución y represión policial, sobre todo con quienes trabajaban en la calle. 

Después de 10 años, dos parejas y cuatro hijos, Jackie seguía trabajando como vendedora ambulante pero ya había logrado organizarse junto a otros compañeros. Hasta que la policía le decomisó todo. No pudo pagar el alquiler y tuvo que irse con sus hijos a una casa tomada.

“Ahí empecé a cartonear. Ni carro tenía. Me uní a la cooperativa El Ceibo, pero no en la cinta (donde se transportan los materiales para su separación mecánica) ni enfardando (envolviendo los materiales), sino en la descarga”, un trabajo pesado que la llenaría de fortaleza con los años. 

Una historia similar vivió María Castillo, quien nació hace 43 años en Villa Fiorito, un suburbio al sur de Buenos Aires, la misma barriada humilde de Diego Armando Maradona. A los 22, María tuvo que salir a cartonear, abandonando su sueño de ser psicóloga. Pero su empeño la recompensaría después con otra responsabilidad: hoy es la titular de la Dirección Nacional de Reciclado y desde esta función pública. María Castillo articula el trabajo de las cooperativas de recicladores, con los distintos municipios del país y el sector privado. 

“Empecé en el 2000, en plena crisis. Mi marido se había quedado sin trabajo y teníamos dos hijos chiquitos -recuerda- toda la familia de él ya cartoneaba y como lo que pagaban no alcanzaba, me sumé yo. Mi idea siempre fue estudiar, y cuidar a mis hijos… pero mi vida cambió completamente”, cuenta.

En ese tiempo y hasta 2007, el cirujeo era considerado un delito en el país. “Si te veían con el carro y pasaba la policía, te lo sacaba…”, dice María Castillo. Todas esas condiciones precarias llevaron a estas mujeres y muchas más a organizarse, un paso del que no habría marcha atrás y que no estaría exento de nuevos desafíos.

El primer reto hacia la organización: el machismo

Como Cristina, Jackie y María, muchas otras mujeres cayeron de golpe a vivir de los desechos urbanos, como resultado de crisis económicas durante las últimas cinco décadas. Sin embargo, su lucha no empezó por la comida o las condiciones de trabajo sino por la píldora anticonceptiva, que por sus escasos recursos no podían comprar.

“Encontramos un médico en el barrio que nos daba las pastillas. Y pensamos: ‘si conseguimos esto, ¿por qué no seguir avanzando?’”, recuerda Cristina. Pero uno de los primeros golpes con la realidad fue el machismo que regía (y sigue rigiendo) buena parte de la estructura en el manejo de desechos en el país. 

Siendo joven y mujer, no era fácil lidiar con el “hola mamita”. Fue ahí cuando Jackie empezó a visualizarse, además de cartonera, como feminista. “Yo les respondía con respeto, y aprendí que si dejaba que me borren la sonrisa, era como que me imponían algo que yo aceptaba”, explica con su voz ronca, uñas cuidadas y cabello muy lacio.

 

* Este artículo hace parte de la serie de publicaciones resultado de la Beca de producción periodística sobre Reciclaje Inclusivo, ejecutada con el apoyo de la Fundación Gabo y Latitud R. Pueden encontrar el articulo completo en www.distintaslatitudes.net 

 

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