La vacuna contra el Covid-19, en el corazón de las estrategias geopolíticas

Llega una carga de vacunas chinas CoronaVac a Sao Paulo, Brasil, para distribuir en todo el país, el 18 de enero de 2021.
Llega una carga de vacunas chinas CoronaVac a Sao Paulo, Brasil, para distribuir en todo el país, el 18 de enero de 2021. © Miguel SCHINCARIOL / AFP

Las potencias mundiales se alzan como rivales sobre el tema de las vacunas contra el Covid-19 y los intereses nacionales se vuelven a imponer sobre el multilateralismo propuesto por la OMS. Y ante unos países occidentales que se repliegan sobre sí mismos, el “soft power” chino teje un poco más su red.

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En geopolítica cada ocasión es buena para mover los peones. La crisis sanitaria del Covid-19, y en particular la carrera por las vacunas, lo volvió a comprobar: los asuntos de prestigio, rivalidad y el “soft power” incitaron a las potencias mundiales a competir entre sí más que a trabajar en grupo.

La primera carrera fue por la producción de una vacuna, considerada como el remedio milagroso para ponerle fin a una pandemia que envenena al mundo desde hace más de un año. En este pequeño juego, Estados Unidos (vacunas Pfizer y Moderna), Reino Unido (vacuna AstraZeneca), China (vacunas Sinopharm y Sinovac) y Rusia (vacuna Sputnik-V) fueron los grandes ganadores. Pero ahora la meta es vacunar a su población, y en ese ámbito nadie ha logrado hacerlo tan bien como Israel, donde un tercio de la población ya recibió al menos una dosis.

“Con Israel hay un verdadero desempeño. Ciertamente pagaron de más por la vacuna, pero hoy en día tienen el récord en la tasa de vacunación. Ahora bien, pronto habrá elecciones en Israel y para el primer ministro Benjamin Netanyahu, que tiene dificultades en otros temas, esta será con seguridad una ventaja para poder presentarse ante los electores con una gran proporción de la población ya vacunada”, resalta para France 24 Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (Iris, por sus siglas en francés).

Para los Estados lo primordial es responder a la demanda de su propia población. Que estén en Israel, Estados Unidos o Francia, los ciudadanos del mundo entero necesitan estar tranquilos y desean profundamente que las medidas restrictivas que alteran sus vidas desde hace meses se terminen. De la capacidad para entregar las vacunas y así detener la propagación del Covid-19 en su territorio depende entonces el futuro de muchos dirigentes.

El inicio de la penuria que afecta a la Unión Europea y el reciente enfrentamiento entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el laboratorio británico AstraZeneca, culpable de retrasos en las entregas, ilustran perfectamente la tensión que puede instalarse en torno a las vacunas. 

“El tema de la entrega se ha convertido en un verdadero reto político”, le afirma a France 24 Amandine Crespy, politóloga de la Universidad Libre de Bruselas. “Quien dice Reino Unido, dice Brexit. Entonces para Boris Johnson es primordial encabezar esta carrera por la vacuna para demostrar que incluso por fuera de la Unión Europea, el Reino Unido no perdió ni un poco de su capacidad de acción y puede activar palancas para proteger a su población de la mejor manera, incluso mejor de lo que lo haría Bruselas”.

“Un aroma a Guerra fría”

Más allá de las consideraciones de política interior, la geopolítica de la vacuna vuelve a trazar las líneas de fractura que se creían pertenecientes al pasado. Por un lado, los países occidentales sólo creen en sus propias vacunas y se las apropian. Por el otro, China y Rusia tratan de competir con las potencias occidentales.

“Vemos bien que esta competencia estratégica tiene un aroma a Guerra fría”, considera Pascal Boniface. “El hecho de que Rusia haya llamado su vacuna Sputnik-V es todo menos una coincidencia. Esto recuerda el ‘momento Sputnik’, cuando los rusos pusieron en órbita su propio cohete en 1957, para la gran sorpresa de los estadounidenses, que creyeron por un instante que habían sido desplazados estratégicamente por la Unión Soviética”. 

Una enfermera prepara una inyección de la vacuna rusa contra el coronavirus Sputnik V en una clínica de Moscú el 30 de diciembre de 2020.
Una enfermera prepara una inyección de la vacuna rusa contra el coronavirus Sputnik V en una clínica de Moscú el 30 de diciembre de 2020. Natalia KOLESNIKOVA AFP/Archivos

No obstante, es China quien ha salido mejor librada. Primero a nivel económico, pues entre las grandes economías mundiales es el único país en haber tenido un crecimiento positivo en el 2020, superior al 2%. La reducción en la velocidad de las economías estadounidense y europea generó aún más importaciones de productos fabricados en China, teniendo como consecuencia unos excedentes comerciales récord para Beijing de más de 70.000 millones de dólares en noviembre pasado.

Pero es esencialmente en el ámbito del “soft power” donde Beijing supo aprovechar plenamente la crisis sanitaria, llenando el vacío dejado por los occidentales en los países en desarrollo. Si bien la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó desde la primavera del 2020 un acceso equitativo a la vacunación para el conjunto del planeta, creando el mecanismo Covax para hacerlo posible, los intereses nacionales prevalecieron.

“Vemos que no primó el multilateralismo a la manera de la OMS, sino más bien el sálvese quien pueda”, analiza Pascal Boniface. “Hay un aspecto Norte-Sur perfectamente visible. Aunque había un discurso sobre la vacuna como ‘bien común’, los occidentales compraron el 90% de las dosis de las dos vacunas estadounidenses. Eso dejará huellas y rencor entre los países del Sur”. 

Dan cuenta de ello las recientes declaraciones del presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, que criticó abiertamente el martes 26 de enero a los occidentales. “Los países ricos compraron grandes dosis de vacunas. El objetivo era acumular esas vacunas y eso se hace a costa de los otros países del mundo que lo necesitan más”, vituperó.

La vacuna china, un “bien público mundial”

Por su parte, Beijing adoptó una posición inversa. En su discurso ante la Asamblea Mundial de la Salud el 18 de mayo de 2020, el presidente chino Xi Jinping afirmó que toda vacuna desarrollada por China estaba sujeta a convertirse en un “bien público mundial”. Ocho meses después, los chinos están a punto de lograr su apuesta.

“En su diplomacia de la vacuna, China tiene ventajas extremadamente importantes teniendo varias vacunas, capacidades de producción considerables, vacunas que a veces son más fáciles de utilizar y, sobre todo, una prioridad muy clara: distribuirla con bastante rapidez a los países en desarrollo”, explica para France 24 Antoine Bondaz, investigador de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS, por sus siglas en francés).

De esta manera, China ya provee a Brasil, Indonesia y Emiratos Árabes Unidos, mientras espera a Argentina, Chile, Jordania, México, Perú o Turquía. Varios países africanos también están en la fila, como Botsuana, Marruecos o la República Democrática del Congo.

“La diplomacia sanitaria china inició a comienzos de los años 1960, pero se reforzó de manera considerable en estos últimos años con la crisis del Ébola, el lanzamiento de la ‘Ruta de la seda de la salud’ y, ahora, con la pandemia de Covid-19”, resalta Antoine Bondaz. “Si bien la imagen de China claramente se ha deteriorado durante estos últimos meses entre los países occidentales, es muy diferente en los países en desarrollo, donde su ‘soft power’ cada vez gana más terreno”. 

Sólo queda por saber el precio exacto de las vacunas chinas, para las cuales ningún estudio completo está disponible hasta el momento. Si estas últimas resultaran poco eficaces o, peor aún, peligrosas para la salud, esto podría destruir todos los esfuerzos de Beijing.

 

Este artículo fue adaptado de su original en francés

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