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Diego Maradona, el jugador de fútbol que se convirtió en mito viviente de Argentina

Un hombre y su hijo rinden tributo frente a un mural de Diego Maradona en Buenos Aires, luego de conocerse su fallecimiento, el 25 de noviembre de 2020.
Un hombre y su hijo rinden tributo frente a un mural de Diego Maradona en Buenos Aires, luego de conocerse su fallecimiento, el 25 de noviembre de 2020. © Alejandro Pagni / AFP
6 min

Para los argentinos, Maradona supera al jugador de fútbol excelso que fue. Es un símbolo social y cultural que, para muchos, encarna una identidad nacional, marcada por las virtudes, los defectos y las contradicciones. Semblanza de nuestro cronista deportivo Federico Cué Barberena. 

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Diego. Pelusa. Diez. Dios. Barrilete cósmico. Son solo algunas de las denominaciones se le han dedicado a Diego Armando Maradona a lo largo de su historia. Palabras como “leyenda” y “eterno” comenzaron a replicarse luego de su muerte.

Pero para los argentinos, él ya era eso y mucho más. En su país, Maradona trascendió al futbolista. Se convirtió en símbolo, en culto, en parte del acervo cultural. Para muchos argentinos, Maradona es el reflejo de la identidad del país, con enormes virtudes, puntos oscuros y múltiples contradicciones.

En el campo de juego, Maradona marcó y marcará a generaciones, que lo recordarán como el mejor jugador de fútbol de la historia. Pero la identificación con su figura se forjó, además, fuera del verde césped, con el hombre que se convirtió en bandera.

Un hombre parece rezar frente a un mural dedicado a Diego Maradona en el estadio que lleva su nombre en Buenos Aires, el 25 de noviembre de 2020.
Un hombre parece rezar frente a un mural dedicado a Diego Maradona en el estadio que lleva su nombre en Buenos Aires, el 25 de noviembre de 2020. © Magalí Druscovich / Reuters

"La pobreza es mala. Difícil. Yo la conocí bien"

Al repasar imágenes de la vida de Maradona, hay muchas que aparecen con claridad. Una de las primeras muestra a un Diego pequeño, en una entrevista de televisión, expresando su mayor deseo: ganar un Mundial con Argentina.

Forjado en los potreros de Villa Fiorito, un barrio pobre ubicado en la zona sur de los alrededores de Buenos Aires, Maradona encarnó el ideal de ascenso social a través del fútbol. Que ese talento moldeado en las peores condiciones puede crear algo maravilloso y desembocar en una mejor vida.

“Es mentira que para jugar bien al fútbol haya que tener hambre. El que siente pasión por jugarlo no necesita tener hambre”, declaró Maradona alguna vez. Fue esa pasión la que lo impulsó, esa convicción de que junto a una pelota, él podía ser feliz y dar felicidad a otros.

Diego Armando Maradona levanta la Copa del Mundo tras la victoria de Argentina ante Alemania Occidental en la final del Mundial de México 1986, en el estadio Azteca de Ciudad de México, el 29 de junio de 1986.
Diego Armando Maradona levanta la Copa del Mundo tras la victoria de Argentina ante Alemania Occidental en la final del Mundial de México 1986, en el estadio Azteca de Ciudad de México, el 29 de junio de 1986. © Gary Hershorn / Foto de archivo / Reuters

“Mi pequeña revolución es defender a la gente, no como héroe, no como un Dios inalcanzable, sino como un simple jugador de fútbol”

Diego Maradona, como jugador, entregó alegrías a un pueblo afligido. Maradona fue contemporáneo de una Argentina que vivió su dictadura militar más cruel, perdió una guerra dolorosa y vio regresar la democracia, solo para entender que ese simple hecho no iba a ser la solución de todos los problemas.

Por eso, sus logros deportivos, su ascenso al Olimpo de los dioses del fútbol, su tenacidad para luchar contra los imposibles se convirtió en aire fresco para los argentinos, ahogados por una realidad que dejaba pocas vías de escape.

Desde el campo de juego, reivindicó a su país, siendo su punto más alto el Mundial de México de 1986, cuando marcó los dos goles para eliminar a Inglaterra en los cuartos de final, el de la famosa ‘Mano de Dios’ y el que quizás sea el tanto más asombroso de los Mundiales. Un triunfo que –probablemente de manera exagerada – representó un poco de justicia para los argentinos, aún dolidos por la Guerra de Malvinas de 1982.

Con una pancarta que reza "Dios vive" y diversos tributos, fanáticos rinden homenaje a Diego Maradona en el Obelisco de Buenos Aires, el 25 de noviembre de 2020.
Con una pancarta que reza "Dios vive" y diversos tributos, fanáticos rinden homenaje a Diego Maradona en el Obelisco de Buenos Aires, el 25 de noviembre de 2020. © Agustín Marcarian / Reuters

“Yo no quiero ser un ídolo, ni ejemplo de nadie. Sólo quiero jugar a la pelota”

“Los dioses no se jubilan, por muy humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero”, sentenció el escritor uruguayo Eduardo Galeano sobre Maradona.

El culto a un simple jugador de fútbol (que tiene incluso su propia religión, encarnada en la Iglesia Maradoniana) es difícil de entender, pero los argentinos elevaron a Maradona a ese nivel.

También es cierto que su figura tampoco despierta unanimidad entre los argentinos. Muchos mantienen su admiración por el jugador, pero rechazan sus acciones como persona, marcado por sus adicciones, episodios escandalosos y declaraciones altisonantes.

Es el riesgo de endiosar a un ser humano que, como todos, tiene defectos y virtudes. Que ascendió a los cielos del fútbol, saboreó la gloria, pero también mordió el polvo y fue preso de sus malas decisiones. Que nunca quiso ser ejemplo de nada, pero que vivió bajo las luces perpetuas y un escrutinio constante.

Por todo esto, Maradona se volvió parte del acervo cultural argentino. Goles grabados en la memoria colectiva. Frases que ya forman parte del refranero popular. Canciones y otras expresiones artísticas dedicadas a él. Son solo algunos ejemplos de la huella tan profunda que deja en la sociedad de su país.

Hoy, consumada su muerte, esa que muchos creían que iba a poder gambetear una y mil veces, resuena la frase de que Maradona será “eterno”. Para los argentinos, incluso antes de su fallecimiento, ya lo era.

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