Donald Trump en la Casa Blanca: cuatro años de escándalos, con el peor final

Archivo: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un mitin político, en Jacksonville, Florida, el 24 de septiembre de 2020.
Archivo: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un mitin político, en Jacksonville, Florida, el 24 de septiembre de 2020. © Reuters/Tom Brenner

La presidencia de Donald Trump deja una profunda marca en la historia de Estados Unidos. Su mandato, plagado de episodios controvertidos, se salda con las denuncias infundadas de fraude electoral, el asalto al Capitolio y un segundo juicio político en su contra, hecho inédito en el país. Situaciones que dejan incluso en un lugar menor a otras polémicas, como la trama rusa o su declaración de impuestos.

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Cuando las elecciones de 2016 le abrieron las puertas de la Casa Blanca a Donald Trump, pocos podían vaticinar cuál sería el curso de su presidencia. Pero seguramente, ni el más pesimista podía imaginar los hechos desencadenados luego de las elecciones, que han dejado al mandatario frente a un oscuro final.

Si durante cuatro años el magnate del sector hotelero y de casinos había marcado una impronta distinta con su tono directo y confrontativo, sus ataques a medios y a opositores, sus exabruptos públicos y sus dilemas judiciales, todo eso quedó opacado por los turbulentos dos meses finales de su estadía en la Casa Blanca.

La negación a aceptar su derrota en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre llevaron a Trump a repetir incansablemente denuncias infundadas de fraude, un discurso incendiario que prendió entre sus seguidores y que tuvo su corolario en el asalto al Capitolio del 6 de enero. Un hecho que le ha valido un segundo 'impeachment', el triste récord con el que se despedirá de su presidencia y, quizás, de su carrera política.

Una carrera sin freno hacia el abismo político

La estrategia de Donald Trump se pudo vislumbrar desde antes del día de las elecciones. Con las encuestas desfavorables y la alta afluencia de votos por correo (una modalidad históricamente favorable a los demócratas y disparada por las precauciones frente al Covid-19), el mandatario agitó los fantasmas de un supuesto fraude electoral, alegando manipulaciones en ese sistema para sumar votos a favor de Joe Biden. Una serie de acusaciones sin ningún sustento real.

Aunque no presentó pruebas —más allá de replicar denuncias de dudosa procedencia—, Trump se aferró a la narrativa de que resultó ganador en la noche de las elecciones (cuando restaban por contar la mayoría de los sufragios por correo) y que, en los días posteriores, ese resultado fue manipulado.

Bajo esa consigna, su equipo legal más cercano presentó una catarata de recursos judiciales que resultaron estériles por su falta de sustento. E incluso el presidente intentó ejercer presión sobre funcionarios estatales para que no certificaran los datos de los comicios, que favorecieron a Joe Biden.

Con sus descabellados intentos de revertir el resultado electoral prácticamente agotados, Trump apeló a una peligrosa alternativa: convocar a sus fieles más cercanos, muchos de ellos integrantes de grupos extremistas armados, a marchar al Capitolio para exigirles a los congresistas que no certificaran la victoria de Joe Biden en la sesión del 6 de enero.

Con un discurso incendiario, en el que los alentó a llegar hasta el mismísimo corazón político del país, Trump encendió una mecha que luego no pudo (y por momentos, tampoco quiso) apagar. ¿La consecuencia? Un asalto sin precedentes al Capitolio, que dejó imágenes impactantes como manifestantes ingresando en despachos de congresistas, legisladores atrincherados por seguridad y disparos en el edificio más emblemático de la democracia estadounidense. El saldo fueron 5 muertos y más de 100 detenidos en los días posteriores, así como una profunda herida en un país que se jacta de su institucionalidad ante el mundo.

Partidarios del presidente Donald Trump se ubican en la Rotonda del Capitolio tras violar la seguridad en Washington, Estados Unidos, el 6 de enero de 2021.
Partidarios del presidente Donald Trump se ubican en la Rotonda del Capitolio tras violar la seguridad en Washington, Estados Unidos, el 6 de enero de 2021. © Jim Lo Scalzo / EPA /EFE

En los días posteriores, aunque Trump ensayó una tibia condena a los hechos, los llamados para su salida se multiplicaron. Con la invocación de la Enmienda 25 descartada por el vicepresidente Mike Pence, los demócratas en la Cámara de Representantes aprobaron un rápido proceso de 'impeachment' contra el presidente saliente mediante una resolución de un solo artículo, acusando al mandatario de "incitación a la insurrección".

Con el mandato de Trump a punto de expirar, el juicio político, sobre el que debe expedirse el Senado, apunta hacia el futuro y podría dejar al empresario inhabilitado para ocupar cargos públicos, detonando sus esperanzas de presentarse como candidato presidencial en 2024.

Alejado del escenario público y sin su megáfono virtual tras haber sido suspendido por Twitter, los últimos días de Trump en la Casa Blanca han estado marcados por el silencio y el aislamiento, a medida que varios de sus aliados marcaron sus distancias con él tras los hechos violentos del Capitolio. Aunque la polémica lo acompañará hasta su último día: el 20 de enero, se marchará de la residencia presidencial a Florida y no asistirá a la inauguración de Joe Biden, ignorando la tradición democrática de la sucesión en el cargo.

El primer juicio político y la trama rusa, dos de los terremotos políticos de la presidencia de Trump

Trump termina su presidencia enfrentando un segundo juicio político, un hecho inédito en la historia estadounidense. Un proceso con un final mucho más incierto que el que debió afrontar entre el cierre de 2019 y el inicio de 2020, cuando fue absuelto por la mayoría republicana en el Senado.

Aquel proceso fue iniciado por las presuntas presiones del mandatario a su par ucraniano para investigar a Joe Biden y su hijo Hunter. Otro episodio que el jefe de Estado consideró como una "cacería de brujas" de la oposición.

El disparador fue la denuncia de un informante anónimo, que habría presenciado una llamada telefónica entre Trump y el presidente ucraniano Volodímir Zelenski. En esa comunicación, el mandatario estadounidense primero felicitó a su contraparte por su reciente victoria electoral, pero luego le pidió en reiteradas ocasiones que investigara si el exvicepresidente Biden utilizó sus influencias cuando ocupaba el cargo para lograr el cierre de una pesquisa contra la empresa de perforación de gas Burisma en Ucrania, que empleaba a su hijo Hunter. Eso se conoció luego de que Trump accediera a divulgar las transcripciones de la llamada ocurrida el 25 de julio de 2019, a la que el mandatario calificó de “perfecta”.

En la Cámara de Representantes, la mayoría demócrata abrió la investigación contra Trump y reveló que, tras la llamada, la Casa Blanca retuvo casi 400 millones de dólares en ayuda militar para Ucrania, fondos aprobados por el Congreso y que eventualmente fueron liberados.

Además, en el proceso fueron citados múltiples testigos. Alexander Vindman, principal experto sobre Ucrania en el Consejo de Seguridad Nacional, testificó que la petición de Trump a Zelenski era “inapropiada” por solicitar a un gobierno extranjero que investigara a ciudadanos estadounidenses. Mientras que el exembajador de Washington ante la Unión Europea, Gordon Sondland, le aseguró al Comité de Inteligencia de la Cámara Baja que existió un ‘quid pro quo’, es decir, un favor a cambio de otro.

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La Cámara de Representantes aprobó, con el respaldo de la mayoría demócrata, los cargos de obstrucción al Congreso y abuso de poder e inició el juicio político contra Donald Trump, el tercer presidente en ser sometido a un ‘impeachment’. Finalmente y a principios de 2020, el Senado, de mayoría republicana, absolvió al mandatario por la vía rápida, sin llamar a testigos a declarar.

Pero las tormentas políticas acompañaron a Trump desde el inicio de su presidencia. El primer gran escándalo fue la presunta intervención de Rusia para beneficiar a su campaña presidencial en 2016.

El entonces director del Buró Federal de Investigaciones (FBI), James Comey, anunció al Congreso una investigación sobre una posible conspiración entre los miembros de la campaña de Trump y Moscú para menoscabar a la rival demócrata en los comicios presidenciales de 2016, Hillary Clinton. Ese movimiento le costó el puesto a Comey y desató la ira del presidente, quien calificó toda la investigación como una “cacería de brujas” en su contra.

El fiscal especial designado para el caso fue Robert Mueller, quien lideró una enorme investigación, la cual reveló, por ejemplo, una reunión entre Donald Trump Jr. (hijo del presidente) y la abogada rusa Natalia Veselnitskaya, quien ofrecía información comprometedora sobre Clinton. El proceso se tradujo en más de 2.800 citaciones judiciales, redadas, imputaciones a 34 individuos y condenas de prisión para antiguos colaboradores de Trump, siendo su exjefe de campaña, Paul Manafort, el principal afectado.

El reporte final de Mueller, de más de 400 páginas, nunca fue revelado en su totalidad y solo se difundió un resumen de cuatro hojas, divulgado por el fiscal general designado por Trump, William Barr. En él queda reflejado que no existían pruebas suficientes para considerar una conspiración de Trump o su campaña con Rusia y concluye que Trump no cometió un crimen de obstrucción a la Justicia, aunque el informe “tampoco lo exonera”.

Las improperios, moneda corriente de Trump en público y en privado

El enemigo predilecto de Donald Trump han sido los medios de comunicación críticos con su figura y su gestión. El enfrentamiento inició incluso antes de su llegada a la Presidencia, cuando la prensa osciló entre la incredulidad de darle opciones reales al empresario de llegar a la Casa Blanca, las críticas por sus dichos y pensamientos y la divulgación de episodios oscuros de su vida pública y privada.

Desde el Despacho Oval, con la satisfacción de haber sorprendido al mundo, Trump no cesó con los ataques a los medios y, en ocasiones, a periodistas o presentadores particulares. La etiqueta de ‘fake news’ fue la más utilizada por el mandatario para tildar a cualquier cadena crítica.

Pero tampoco escatimó términos despectivos para sus rivales políticos, aliados que dejaron de serlo, mandatarios extranjeros y más. Así, su rival en la contienda electoral, el demócrata Joe Biden, se ganó el mote de ‘sleepy’ (dormilón); la líder demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, fue tildada de ‘nervous’ (nerviosa); el exjefe del FBI, James Comey, recibió el apodo de ‘slippery’ (resbaladizo) tras denunciar la presunta trama rusa contra Trump; o el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, fue catalogado de ‘little rocket man’ (pequeño hombre cohete), solo por mencionar algunos ejemplos.

Aunque sus intervenciones despectivas no se acotan al universo de las redes sociales. Trump ha dedicado insultos e improperios en actos públicos a inmigrantes (tildó de “delincuentes y violadores” a algunos mexicanos que llegaban al país), países y lugares (llamó ‘shitholes’ a Haití, El Salvador y naciones africanas, también ligado a sus quejas por la migración), al Covid-19 (al que nombró como 'virus chino' y 'Kung Flu') o a los científicos que han alzado la voz de alarma por el avance del coronavirus, a los que calificó de “idiotas”. También se le han adjudicado descalificaciones en conversaciones privadas, como haber llamado “perdedores” y “bobos” a soldados estadounidenses que murieron en combate, según una investigación de 'The Atlantic'.

La declaración de impuestos de Trump, la velada información que salió a la luz en la recta final de la campaña electoral

Otra gran controversia que atravesó Trump en la Casa Blanca fue divulgada por una investigación del diario 'The New York Times' en septiembre de 2020. El periódico reveló el contenido de la declaración de impuestos del presidente, información que él se ha rehusado a dar a conocer durante mucho tiempo.

Según el diario estadounidense, Trump sólo pagó 750 dólares en impuestos federales en 2016, cuando fue electo presidente, y la misma cifra en 2017. Además, la investigación sostuvo que el mandatario no pagó impuestos sobre la renta en 10 de los últimos 15 años. De acuerdo al informe, el presidente reportó enormes pérdidas que le han permitido ajustarse a un método de optimización fiscal y, así, evitar la cancelación de tributos.

La investigación también amenaza la imagen del exitoso hombre de negocios que Trump ha querido proyectar dado que exhibe deudas de más de 400 millones de dólares que vencerían en los próximos cuatro años y que él se comprometió personalmente a pagar.

“Pagué varios millones de dólares en impuestos pero tenía derecho, como todo el mundo, a la depreciación y a los créditos fiscales”, afirmó el presidente por entonces en su cuenta de Twitter para justificar sus números, a la vez que criticó a la prensa por “obtener ilegalmente la información y con mala intención” a menos de dos meses de las elecciones.

Durante sus cuatro años en la Casa Blanca, Trump se las ingenió para sortear con relativo éxito cada una de las tormentas que se le presentaron. Pero, acostumbrado a mover los límites, en sus días finales parece haber llegado demasiado lejos. Aún así, sea cuáles fueren sus próximos pasos, pocos pueden imaginar un futuro con Trump alejado de los escándalos.

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