Análisis

La Administración Biden tiene ahora una larga lista de desafíos -urgentes- internos y externos

La vicepresidenta electa Kamala Harris y el presidente electo Joe Biden saludan a sus partidarios, luego de que los medios de comunicación anunciaran que Biden ganó las elecciones presidenciales, en Wilmington, Delaware, Estados Unidos, el 7 de noviembre de 2020.
La vicepresidenta electa Kamala Harris y el presidente electo Joe Biden saludan a sus partidarios, luego de que los medios de comunicación anunciaran que Biden ganó las elecciones presidenciales, en Wilmington, Delaware, Estados Unidos, el 7 de noviembre de 2020. © Andrew Harnik / Pool / Reuters

El demócrata Joe Biden toma el testigo de la presidencia de un país sumido en una profunda crisis institucional, económica, social, sanitaria y de prestigio que condicionarán su mandato. A nivel interno tendrá que intentar recuperar la conciliación y hacer frente a la polarización y la crisis económica. De cara al exterior, intentará hacerse de nuevo con el prestigio internacional de EE. UU., menoscabado por el estilo poco diplomático de Donald Trump.

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La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca estará marcada por un contexto tremendamente complejo que, sin dudas, condicionará su mandato, tanto a nivel interno como externo. Cuatro años de Donald Trump en el poder han supuesto un gran cambio en numerosos aspectos a causa del populismo y el proteccionismo con los que ha impregnado sus decisiones.

Uno de los primeros puntos claros, según la creciente tensión y controversia de estos días electorales, es que el traspaso del poder no será la transferencia a la que está habituada una democracia consolidada, como la estadounidense. Donald Trump  ha denunciado, sin aportar ningún tipo de prueba, “fraude” en los comicios y que le están “intentando robar las elecciones”. Esto presupone que Donald Trump podría no reconocer su derrota, a diferencia de sus antecesores.

El magnate republicano perdió las elecciones, pero no se debe olvidar que 70 millones de personas le han votado en un escenario de tremenda polarización y enfrentamiento entre las dos partes. Este será el primer gran problema del nuevo presidente, pero no el único.

El desafío interno: polarización, crisis y pandemia

Las elecciones del 3 de noviembre de 2020 fueron planteadas desde un comienzo como una suerte de plebiscito a Donald Trump. El actual presidente ha generado en estos cuatro años tanta controversia e indignación que estos comicios se han visto como un esfuerzo para sacar de la Casa Blanca al magnate. Los demócratas persiguieron una movilización masiva y lo consiguieron superando el récord de votos a su candidatura, pero su contraparte, los seguidores de Donald Trump, también lo hicieron.

La respuesta del electorado pro-Trump ha sorprendido. Los demócratas se llevarán la victoria, pero de una forma mucho más pírrica de lo que se esperaba. En algunas batallas, como la del Senado, ni siquiera han salido victoriosos, y en la Cámara de Representantes, aunque serán mayoría, perdieron algunos escaños. Y gobernar con la mitad de un electorado tan sumamente polarizado es contraproducente.

El analista internacional del medio de comunicación 'El Orden Mundial', Álex Maroño, asegura que a nivel interno, el mayor reto político que tendrá Biden es hacer ver al electorado republicano actual "que es un presidente para todos". Maroño destaca que esto es especialmente difícil en el contexto actual porque “una gran parte de los votantes de Donald Trump ve a Biden como un títere de la extrema izquierda, un hombre débil, y compran el discurso de fraude”.

Mariano Aguirre, investigador asociado del Instituto Chatham House y de la red de seguridad de la Fundación Friedrich Ebert, va por esta misma línea y destaca que el enfrentamiento que existe en Estados Unidos: "Por un lado, hay racismo por parte de un sector de la población blanca hacia la población afroamericana y, por el otro, esa misma población blanca se siente amenazada ante el aumento de latinos en el país porque consideran que ellos son los habitantes originales, a pesar de que no lo son”.

Varios seguidores de Donald Trump se manifiestan en su apoyo. Trump ha sido el candidato que más votos ha obtenido, habiendo perdido, de la historia. En Lansing, EE. UU., el 7 de noviembre de 2020.
Varios seguidores de Donald Trump se manifiestan en su apoyo. Trump ha sido el candidato que más votos ha obtenido, habiendo perdido, de la historia. En Lansing, EE. UU., el 7 de noviembre de 2020. © Shannon Stapleton / Reuters

Este enfrentamiento podría derivar en un bloqueo a la hora de intentar construir y reconstruir políticas en Estados Unidos que se podría acentuar si los demócratas no controlan el Senado. De momento, esa carrera va empatada y parece que no se podrá resolver hasta enero. Sin un Partido Republicano dialogante con mayoría en esa Cámara, será muy difícil implementar medidas renovadoras.

Para Maroño el Partido Republicano “ha desaparecido como un partido institucional y ha sido fagocitado por la figura de Donald Trump”. El analista destaca que las discrepancias en la bancada roja son minoritarias, y aunque ha habido reacciones contrarias a la denuncia de “fraude” del presidente, la mayoría de los republicanos no se ha pronunciado en contra de esas palabras.

Aguirre defiende que el cambio del Partido Republicano va más allá del “trumpismo” y es lo que se conoce como la “revolución conservadora". "Los evangélicos y presidencialistas están en auge en el partido y quieren transformar lo que entendemos como una democracia liberal con poderes diferenciados, en un estado confesional con un gran poder que reside en el presidente. Esto va a seguir y el Partido Demócrata tendrá que continuar lidiando con ello".

A esto hay que añadir que, ahora, la Corte Suprema tiene una composición muy conservadora, al tener 6 de los 9 jueces con esta tendencia, algo que también supondrá un impedimento a la hora de abordar temas clave como el aborto o el Medicare For All, el sistema de sanidad público que pretende cubrir a todos los estadounidenses.

La mejora de la respuesta sanitaria ante la pandemia también es otra de las promesas del demócrata. Entre sus intenciones está el de hacer obligatorio el uso de mascarillas entre la población y realizar pruebas masivas para detectar y aislar los brotes del Covid-19 en el país. Para Maroño esto va a ser “muy complicado debido a la resistencia que encontrará en estados profundamente republicanos”.

De la pandemia también deriva una acuciante crisis económica. Biden tiene la experiencia de afrontar como vicepresidente la de 2008 de forma exitosa, pero para esta necesitará negociar planes de ayuda con los republicanos, donde una vez más, destrabar la polarización será clave a la hora de llegar a acuerdos.

El presidente electo, Joe Biden, ha dado prioridad durante su campaña al combate contra la pandemia del coronavirus. En Wilmington, Delaware, EE. UU. El 5 de noviembre de 2020.
El presidente electo, Joe Biden, ha dado prioridad durante su campaña al combate contra la pandemia del coronavirus. En Wilmington, Delaware, EE. UU. El 5 de noviembre de 2020. © Kevin Lamarque / Reuters

El panorama político interno al que se enfrentará Biden es complejo. Tan difícil que podría resultar un problema a la hora de enfrentar los desafíos políticos externos, que también son muchos y variados. En este panorama, Estados Unidos enfrenta, en especial, una crisis de prestigio ante la comunidad internacional y un mundo en el que tiene un papel menos preponderante que hace unos años.

Maroño indica que “Biden tendrá que elegir entre luchar por intentar volver a ser la potencia hegemónica o encontrar un lugar respetable para Estados Unidos en el mundo multipolar que se viene”. Maroño cree que Biden apostará por lo segundo, pero destaca que Biden tiene un perfil “más nacionalista y menos globalista que Obama”.

La competencia con China seguirá, pero con otro tono

Durante estos cuatro años China se ha articulado como el mayor competidor de Estados Unidos en el plano geoestratégico y económico, a nivel global, de Estados Unidos. Está claro que los tiempos como potencia hegemónica de la nación norteamericana han terminado, pero la cuestión es cómo afrontará este papel Joe Biden.

El periodo Trump ha dejado tras de sí una guerra comercial con China que ha llegado a ser catalogada de “nueva Guerra Fría” por su magnitud. Las sanciones, los aranceles y las amenazas han sido la tónica relevante entre las dos potencias durante estos años y hay que tener claro que, en el nuevo periodo de Biden, la competencia no acabará, pero se limarán las formas entre los dos.

Mariano Aguirre defiende esta idea asegurando que “al ser China una potencia en auge y Estados Unidos una en declive, el choque es inevitable. Lo que pueden cambiar son las relaciones diplomáticas. Los gestos simbólicos que acerquen a Washington y Beijing. Pero hay que partir de la base que desde China la desconfianza hacia EE. UU. es muy profunda”.

La situación en Medio Oriente es más compleja que hace cuatro años

Donald Trump ha seguido dos líneas en torno a esta región estratégica. La primera es el abandono progresivo de las posiciones estadounidenses en la zona en favor de las potencias regionales, la segunda es establecer un eje de seguridad en torno a Irán conformado por Israel, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Egipto.

Trump ha generado, en estos años, movimientos duros en la región que han establecido un orden que será difícil de revertir por la Administración Biden. El más sonado es la salida del Acuerdo Nuclear con Irán firmado en 2015. Esto supuso un duro golpe para la estabilización de la región y también hace que Irán tenga libertad para crear su propio arsenal nuclear.

Para Aguirre, esta situación “favorece una carrera armamentística en la zona” entre Arabia Saudita e Irán. “En las próximas décadas podríamos llegar a ver dos grandes potencias nucleares abiertamente enfrentadas en un territorio estratégico, como es el estrecho de Ormuz”.

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el ministro de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Abdullah bin Zayed, muestran sus copias de los acuerdos firmados mientras participan en la ceremonia de firma de los Acuerdos de Abraham, normalizando las relaciones entre Israel y parte de su Medio Oriente para establecer un bloque que frene a Irán en la zona. En Washington D. C., el 20 de septiembre de 2020.
El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el ministro de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Abdullah bin Zayed, muestran sus copias de los acuerdos firmados mientras participan en la ceremonia de firma de los Acuerdos de Abraham, normalizando las relaciones entre Israel y parte de su Medio Oriente para establecer un bloque que frene a Irán en la zona. En Washington D. C., el 20 de septiembre de 2020. © Tom Brenner / Reuters

Aguirre cree que “Biden tendrá la intención de regresar al Acuerdo Nuclear, pero su capacidad de acción puede estar muy limitada. Irán no se fía de la palabra de Estados Unidos y la política en Irán no es un bloque monolítico. Hay sectores más conservadores, que se oponen al reformismo actual, que abogan por no llegar a acuerdos y acercarse a China como potencial aliado económico”.

Otro de los puntos donde el nuevo presidente se puede encontrar con obstáculos es a la hora de “pedir explicaciones de las influencias de Irán en la zona. Irán no se va a sentar a dialogar sobre su influencia en grupos como Hezbolá, Hamas o los grupos chiitas presentes en Irak”, asegura Aguirre. La conclusión a la que llega el analista es que “Irán se tomará con calma regresar al acuerdo”.

Sobre Israel, el presidente Trump ha dado un paso que parece difícil revertir, como es trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén en un gesto de apoyo a Israel y ha hecho que varias naciones árabes reconozcan a este Estado y entablen lazos diplomáticos, políticos y económicos. “Trump ha dejado de lado la cuestión Palestina y les ha emplazado a reconocer la derrota. Ahora está por ver si Biden será capaz de revertir esto o simplemente asimilarlo”.

América Latina: la cuestión migratoria, lo prioritario  

La visión que tiene Estados Unidos de esta región no es un monolito homogéneo, sino una serie de intereses diferenciados donde coexisten aliados y rivales ideológicos y en el que la principal prioridad para el país norteamericano es la migración. La política de Trump fue dura en este aspecto, en gran parte porque sacaba un gran rédito electoral con ello. Ahora es un misterio qué hará Biden, que fue vicepresidente de una Administración muy dura en este aspecto.

Para Anna Ayuso, investigadora senior para América Latina en el think tank CIDOB, el punto más importante de esta región está en México por la cuestión migratoria. “Andrés Manuel López Obrador ha sido lo más pragmático posible en este aspecto, pero está claro que con la nueva Administración tratará de buscar un pacto migratorio que ofrezca una solución más amplia que servir de tapón a los migrantes centroamericanos”.

La investigadora señala que “en las negociaciones primarán otros aspectos que en la etapa de Donald Trump eran difíciles de negociar, como es la preservación y protección de los derechos humanos de estas personas”.

Varios migrantes de una caravana proveniente de Honduras cruzan el río que separa Guatemala y México en Ciudad Hidalgo. 29 de octubre de 2020.
Varios migrantes de una caravana proveniente de Honduras cruzan el río que separa Guatemala y México en Ciudad Hidalgo. 29 de octubre de 2020. © Leah Millis / Reuters

Mariano Aguirre señala en esta misma línea que el principal reto de Joe Biden en América Latina será “el programa de desarrollo para los países centroamericanos, que buscará mejorar las condiciones de estos estados para evitar que sus ciudadanos se vean obligados a partir hacia Estados Unidos para buscar un futuro mejor”.

Aguirre sostiene que el resto de América Latina “no tiene tanta importancia como la pudo haber tenido hace unas décadas. Hay intereses económicos en Brasil o históricos en países aliados como Colombia, pero no es una prioridad para Washington. Lo que te encuentras en América Latina son determinados gobiernos que son rivales ideológicamente con Estados Unidos, pero no una amenaza”.

Este es el caso de Venezuela, donde en los últimos cuatro años se ha extendido la ofensiva hacia el Gobierno de Nicolás Maduro desde la Casa Blanca. Las sanciones han aumentado y ni Biden ni Trump reconocen al líder bolivariano como presidente legítimo de Venezuela.

Tanto Ayuso como Aguirre coinciden en que con Biden “la estrategia de la posible invasión militar para deponer de su cargo a Maduro queda totalmente descartada”. Este es el principal cambio, porque en lo que se refiere a las sanciones, ambos dudan que Biden pueda llegar a revertirlas.

Anna Ayuso puntualiza que “los únicos cambios que pueden existir en este aspecto son en las sanciones que afectan directamente a la población. Reducir las sanciones que afectan la gasolina o permitir la ayuda humanitaria en el país son algunas de las cosas que Biden puede llegar a implementar. El apoyo a Guaidó podría terminar, pero es complicado”.

El otro gran punto de fricción ideológica es Cuba. Durante el mandato Obama se vieron una serie de acercamientos al Gobierno de La Habana históricos, pero fueron seriamente dinamitados con la llegada de Trump y el endurecimiento del embargo para contentar a su electorado latino en Cuba.

Ayuso asegura que con Biden “se volverá al plan de Obama. Un cambio desde abajo a través del impulso económico y las ayudas”. Aguirre coincide, pero añade que “el perfil de Biden será más bien bajo por intereses propios. Restablecerá las relaciones con Cuba, pero no de una forma tan sonada como lo hizo Barack Obama”.

Respecto al resto de la región sudamericana se puede esperar poco. El papel de Estados Unidos ha ido menguando en las últimas décadas en la mayoría de los países en favor de una mayor tolerancia China en la región. Líderes como Bolsonaro perderán un aliado ideológico, pero eso no significará un gran retroceso en el plano económico.

Y en países como Colombia probablemente se dejará de tener la presión del uso de glifosato en los cultivos ilegales, algo ampliamente defendido por Obama que se entiende, seguirá defendiendo Biden. Este método había sido alabado por Donald Trump para erradicar los cultivos ilegales, a pesar de las nefastas consecuencias para miles de personas y el medio ambiente.

En definitiva, la Administración Biden tendrá que lidiar con múltiples problemas de alto calado para resolver en cuatro años de mandato. Si se diese la posibilidad sería necesario una hipotética reelección para consolidar los pequeños cambios que se puedan realizar, pero hasta entonces queda una legislatura de retos complejos a nivel interno y externo.

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