Los pobres de Brasil temen el fin de la ayuda de emergencia por la pandemia

Salvador (Brasil) (AFP) –

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Ilma Silva Santos y su esposo, instalados en un terreno ocupado en la ciudad brasileña de Salvador (noreste), perdieron su empleo por la pandemia pero han podido alimentar a sus tres hijos gracias a las ayudas especiales del gobierno, que expirarán a fin de año.

Cuando se le pregunta cómo sobrevivirán en adelante, la mujer, que trabajaba en el revestimiento de materiales de construcción, afirma: "No sé qué responder".

Ilma y su familia viven en una barraca de dos habitaciones del campamento de ocupantes ilegales Manuel Faustino, en las afueras de la capital del estado de Bahia. Casi todos sus habitantes reciben esa "ayuda de emergencia", que desde abril ha beneficiado a más de 67 millones de brasileños, casi un tercio de la población.

El dinero no es mucho y las asignaciones iniciales, de 600 reales (unos 110 dólares), se redujeron a la mitad en septiembre, en medio de disputas en el gobierno de Jair Bolsonaro sobre cómo financiarlas.

Pero para los habitantes de Manuel Faustino, la diferencia entre recibir o no recibir ese dinero es abismal.

Si la ayuda cesa, "no voy a vivir, voy a sobrevivir ¿sabes?", dice Jaira Andrade do Nascimento, de 37 años, a la entrada de su pequeña cabaña, una de las 60 que bordean las tres calles de tierra del asentamiento.

"300 reales no es mucho, pero al menos sabíamos que podíamos comprar comida", dijo otro residente, Juraci Andrade dos Santos, de 26 años, un barbero que perdió su trabajo cuando comenzó la pandemia.

- Buscar el equilibrio -

Brasil es el segundo país con el balance más letal de la pandemia (detrás de Estados Unidos), con casi 174.000 decesos.

Y la crisis sanitaria ha golpeado de lleno a la economía.

El desempleo alcanzó un récord de 14,6%, con 14,1 millones de personas en busca de trabajo y casi 6 millones que dejaron de hacerlo por falta de oportunidades.

La ayuda de emergencia, destinada a los trabajadores de bajos ingresos afectados por la pandemia, se ha convertido en una papa caliente a nivel político, económico y presupuestario.

La popularidad de Bolsonaro, elegido en 2018 con una plataforma de reformas de austeridad y recortes presupuestarios, cayó al desatarse la pandemia, a la que calificó de "gripecita".

Pero desde el inicio del pago de esos subsidios masivos la tendencia se revirtió y su respaldo llegó al 40%, un máximo desde el inicio de su mandato.

"Las encuestas nos dicen que su índice de aprobación aumentó por los subsidios de emergencia. Eso lleva a creer que, cuando se acaben, su aprobación caerá", dijo el analista político David Fleischer, de la Universidad de Brasilia.

Bolsonaro, que aspira a la reelección en 2022, ha tratado de mantener de alguna forma esas ayudas, que ya costaron 615.100 millones de reales (120.000 millones de dólares) y contribuyeron a disparar el déficit fiscal y la deuda pública.

Pero los inversores multiplicaron las señales negativas.

"El presidente quisiera extender el estipendio de emergencia el mayor tiempo posible, pero teme una crisis de confianza en los mercados", dijo a la AFP Silvio Cascione, director para Brasil de la consultora Eurasia Group.

El martes, el mandatario señaló que acataría ese parecer. "Hay quienes quieren perpetuar algunos beneficios. Pero nadie vive así. Ese es el camino más seguro del fracaso", declaró.

- Aumento de la desigualdad -

La magnitud del programa es una muestra de las profundas desigualdades de Brasil, uno de los diez países más desiguales del mundo, según el Banco Mundial.

El número de brasileños que se benefician de las ayudas es casi el doble del de los trabajadores formales.

Los expertos dicen que la pandemia solo ha empeorado las cosas, golpeando más a los pobres en términos económicos y sanitarios.

Los habitantes de Manuel Faustino, a quienes la reducción de la ayuda ya les había complicado la vida, ven el futuro que se les cierra aún más.

"Comprar mascarillas y desinfectante ya es difícil. Hay que elegir entre comprar esas cosas o comer. Y a partir de enero voy a tener que apretarme aún más el cinturón. Dejar de tomar café todos los días y ahorrar donde pueda", dijo la líder comunitaria Miralva Alves Nascimento, de 61 años.