Cultura

Cómo la pandemia contagió a la cultura de consumo, transformación y crisis sin precedentes

Truncados, insólitos y transformados. Representación visual de estos meses de confinamiento cultural, eventos con mascarillas y estética Zoom.
Truncados, insólitos y transformados. Representación visual de estos meses de confinamiento cultural, eventos con mascarillas y estética Zoom. © Lizeth M. Agredo Vásquez / France 24

Ni la debacle financiera de 2008 profundizó tanto esta triple paradoja para el mundo de la cultura. Nosotros la reflexionamos desde las tablas de un teatro, tres 'memes' y cuatro invitados. Porque este sector, uno de los más afectados por la pandemia, es el que más ha ayudado a sobrellevar la parálisis y el encierro. Hoy, tras diez meses de cuarentenas que van y vienen, requiere que entre todos la sostengamos. Informe especial.

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Esa mañana en la que entrevistamos a Raphael no supimos verlo. En el aire estaba el pacto tácito de lanzarnos los besos, no estrechar manos, porque había aparecido una enfermedad viral. Pero no la entendíamos. Diez en una sala de hotel, con luces y cámaras prendidas, y ninguno pensó que el de Linares se quedaría sin conciertos, que una pandemia se declararía, y que esa sería nuestra última grabación 'normal'.

Imagino que a usted, al otro lado de la pantalla, le pasó igual. Porque sucedió como lo escribió al 'Washington Post' un niño de nueve años, originario de Michigan: "Fue como si miraras a ambos lados de la calle antes de cruzar y te atropellara un submarino".

Pues a la cultura ese inesperado submarino urbano también la arrolló.

Tarareamos 'Yo soy aquel' de Raphael un 10 de marzo, en la víspera del anuncio de la Organización Mundial de la Salud. El 13, el Museo del Louvre quedó sellado, y el 14, teatros como el bogotano Petra –el anfitrión de este programa– ya tenían puesto el cierre. En efecto dominó, ocurrió en días el mayor parón cultural conocido; y todo lo que cines, templos del arte, librerías, habían recuperado tras 12 años de crisis, por el colapso financiero de 2008, se desvaneció en marzo.

Un empleado camina en el 'Musée du Louvre' en París, el museo más visitado del mundo, el 13 de marzo de 2020, cuando cerró al público por la pandemia.
Un empleado camina en el 'Musée du Louvre' en París, el museo más visitado del mundo, el 13 de marzo de 2020, cuando cerró al público por la pandemia. © Thomas Samson / AFP

Y nosotros, con el artista español, aspirando a que el Covid-19 redujera el saludo a uno japonés, mediante una reverencia. Aún más confiado se sentía el dramaturgo y actor colombiano Fabio Rubiano, impulsor de Petra con la actriz Marcela Valencia: "Estaba tranquilo. 'Para el primero de abril, volvemos; para tu cumpleaños', le dije a Marcela. Y ella, 'no, por ahí hasta mayo'. ¡Esta vaina! Pronto volvemos".

Por vivido, y porque la pandemia sigue, sabemos que nada terminó ese mayo, pese a los intentos de desescalada –reiterados en el sector cultura–, y que confinamiento se llevó de calle ser la palabra del 2020, con celebración incluida en el 2021.

Pero para las industrias culturales, tal y como las conocíamos pre-encierros, dichas clausuras físicas y cancelaciones de eventos han sido y siguen siendo un golpe con una paradoja triangular: el consumo cultural se ha disparado a nivel recetas caseras de pan, y es tan compulsivo que ha acelerado la mutación de ciertas disciplinas, sin que su transformación haya contrarrestado la precariedad de sus trabajadores.

De hecho, muchos de ellos llevan desde marzo sin poder presentar sus obras o contribuir a la creación. Traducido, ya son diez meses de desempleo. Un tiempo que por siempre pertenecerá a la virtualidad y la viralidad, reinas de las cuarentenas, por precisamente conquistar online esas ausencias y generar otros formatos artísticos.

El 'Cómo empezó vs. Cómo va' en una palabra: digitalización

Tiene razón el escritor Jorge/Jordi Carrión cuando nos dice que ya hay lugares de la realidad en los que se puede entrever qué vendrá y cómo las historias interesantes y la propia cultura empujarán gran crecimiento de la digitalización. Porque 'a. de P.' –desde ahora, 'antes de la pandemia'– lo habíamos visto en las páginas web de los museos, en rutas interactivas, en hilos de Twitter o en el mundo de los videojuegos.

Solo que en el año de lo parasitario (¿a que suena hasta premonitoria la victoria de Bong Joon-ho en los Óscar?) y de protegerse en casa, esa digitalización se aceleró trayendo consigo realidades culturales que a lo mejor se hubieran dado de 2022 en adelante; realidades que hoy en día convergen en los vocablos virtual y viral.

Su explosión detonó tras el primer cierre global (cuando Rubiano empezó a adquirir la costumbre de supervisar un teatro desolado), con un entretenimiento de carácter solidario, creativo y resistente en balcones y pantallas. Sobre todo en la música: desde cantantes líricos vecinos hasta coros en simultáneo, pasando por directos en YouTube al inicio básicos, y óperas, danzas y obras teatrales pregrabadas. Tal vez usted se apuntó con Chris Martin de Coldplay, con el dúo Juanes-Alejandro Sanz o con el catálogo del Teatro Bolshoi de Moscú, por nombrar algunos.

El tema es que no solo hicieron llevadera la reclusión, mostrando que estaban ahí para animarnos, sino que a la par activaron una nueva época cultural digital, cuyo "ecosistema creativo", como define Carrión, se halla en grandes plataformas y redes sociales. En ellas es que se están formando los nuevos "objetos culturales" que nos rodean, constituidos tanto por las disciplinas clásicas como por estas herramientas.

Es en el contexto de la pandemia cuando me doy cuenta de que todo este año probablemente se caracterice por una aceleración de la tecnología. Y creo que se ha confirmado esa transformación de la estética y de la cultura. De modo que esa viralidad digital, que ya tenía varias décadas, se ha convertido en una realidad íntima, artística. Con que sí, la viralidad digital es para mí definitoria del 2020 –Jorge/Jordi Carrión, escritor, profesor y crítico cultural

Este boom digital en tono cultural nos estalló en France 24 a partir de esa estética a la que apela Carrión. Ya no editábamos videoclips al uso, sino imágenes de collage o imágenes que se asemejaban a videollamadas de Zoom. Eso fue en abril, y desde entonces, nos hemos topado con conciertos virtuales y boletería online; con talleres y firmas literarias por 'streaming'; además de piezas audiovisuales o series surgidas de una obra o un pódcast (como la danesa 'Equinox' de Tea Lindeburg en Netflix).

El mismo escritor –invitado de este especial– es faro y ejemplo de estas expresiones sin retorno, con audiolibros en la plataforma Storytel, ensayos sonoros y una revista de periodismo 'DaDá' a través de WhatsApp.

También en abril, cuando se vislumbraba esta mutación, resolvió naturalizarla en 'Lo viral'. Publicación física-virtual en la que, a modo de perspectivas de Umberto Eco, aborda la viralidad biológica ("el virus que está cambiando el mundo") y la viralidad digital ("no tan explorada"). Claro que tratar lo 'viral' no supone desterrar lo 'clásico'.

El nacimiento y la muerte de David Bowie ejemplo de mutación cultural. Su espectáculo 'Lazarus' transmitido por streaming este enero 2021, a través de 'DICE', plataforma de eventos y venta de entradas online.
El nacimiento y la muerte de David Bowie ejemplo de mutación cultural. Su espectáculo 'Lazarus' transmitido por streaming este enero 2021, a través de 'DICE', plataforma de eventos y venta de entradas online. © David Bowie Official / Twitter

Para Carrión, la dimensión textual, muy libresca en su vida, igual se ha reforzado. Ya que en el tiempo que "hemos consumido más 'memes', pódcast y series que nunca, a la vez hemos leído más papel que nunca, regresando a nuestras bibliotecas como hace mucho no hacíamos". "Nuestra vida tiene una dimensión corporal –afirma para France 24 vía Zoom– y una cibernética, algorítmica. De igual modo, la cultura clásica y la viral no solo conviven fuera de la pantalla, sino también en la pantalla, porque al final un video de YouTube o un pódcast de ficción tienen una genética que nos lleva al cine, a la radio, al teatro, etcétera".

¿'Ola k ase', cultura experimental 'o k ase'?

En nuestra defensa, no nos hemos estancado en el 'meme' de la llama de 2012. No lo ha hecho tampoco el sector. Pero este signo cultural ilustra una hiperactividad en la red que, en pandemia, entre cuatro paredes, no pregunta al arte cómo se siente o qué se puede hacer por él, sino que lo reta a un 'k ase, transformación, o k ase'.

Y está bien. A un nativo digital como Twitter le está sirviendo para alumbrar Spaces, un espacio para comunicarse por voz y no en caracteres. A los gestores de los museos les ha animado a mejorar sus pinacotecas en línea e incrementar su tráfico web con paseos filmados (el 19 de marzo, el Louvre pasó de 40.000 a casi 400.000 visitantes, y durante el año, el Prado incorporó ocho servidores a los dos que tenía). Ídem para los tradicionales festivales de cine. A falta de presencialidad, 21 de ellos se unieron en YouTube para ofrecer el evento cinematográfico global 'We Are One'.

Si bien, una Mostra como la de Venecia, de 1932 –sin duda de los eventos que con más ahínco defendieron a la cultura– necesita también preservar el bagaje clásico y la esencia social de lo artístico, aun haciéndolo con los protocolos de bioseguridad e inéditas visualizaciones en 'streaming'. Algo que asimismo necesita un teatro que es permanente como Petra que, aunque combatió el ver su "escenografía montada, los camerinos tal cual los habían dejado los actores el último día" con "audiovisuales en tinte de humor alrededor de la pandemia, pódcast", su misión es mantener un show de 35 años de recorrido.

Y en esa cuestión, en ese cómo asimilar un presente-futuro que se sabe híbrido sin perder todo lo de 'a. de P.', trabaja en concreto la FIL de Guadalajara (de México), la Feria Internacional del Libro más grande y potente en español, luego de estrenarse en noviembre-diciembre en su primer desarrollo online.

La gente no estuvo paseando por los pasillos, no deambuló buscando un libro, eso no lo pudimos dar. Pudimos dar un mercado de libros, que está muy bien. Pero ello no va a suplir la experiencia personal de perderte en una feria, comprar un libro y ver por primera vez a un autor que no conocías. Aunque eso sí ocurrió en lo virtual, a mí me pasó. Como me pasa cada año, pero me pasó en lo virtual –Marisol Schulz, editora y directora de la FIL

La anécdota de "haber encontrado voces nuevas gracias a la virtualidad" pertenece a la directora general de la FIL, Marisol Schulz, convidada a este especial. Por supuesto, hubiera preferido una edición 34 como las de siempre, con roce de libros y abrazos transfronterizos. Sin embargo, su propósito de año nuevo es que lo aprendido en lo virtual se funda con lo vetusto de armar estands y enredarse con la carpintería (así como con los controles sanitarios; "hay muchas cosas que llegaron para quedarse").

"En el año de la gran incertidumbre" su equipo no lo tuvo fácil. Tras un Día del Libro sin lecturas, aunque con una tentativa digital, hasta noviembre vivieron pensando en varios escenarios y estrategias que fueron cambiando según las noticias. Buscaban cumplir su compromiso de cuidar la salud colectiva, con el dilema de cómo aterrizar ante miles de personas. Y ahí, de nuevo, se impuso lo virtual.

"Sabíamos que la feria debía incorporar formatos virtuales, con la esperanza de que fuera presencial. Y conforme se fue acercando la fecha, nos volcamos en ello. No lo trabajamos al vapor, no se hizo una feria en unos días, sino que fue paulatino, de la misma manera que la decisión se tomó paulatinamente. No es lo mismo un formato como el que tuvimos toda nuestra existencia hasta 2019, que entrar a un terreno no caminado en el que todo es experimental", puntualiza Schulz.

La feria es evidencia de que lo híbrido o lo enteramente digital supone "cambiar los paradigmas y las formas de trabajo". Suena lógico. No obstante, es contar con que ciertas presentaciones las cobijarán aparte editoriales o institutos; que si desde su recinto han llegado a coordinar 3.000 actividades en nueve días, "eso es imposible en una plataforma virtual, y aunque lo fuera, la logística del equipo o el presupuesto no puede controlar 3.000 actividades"; por lo que toca acotar programación, y dar la batuta a los del área de tecnologías de la información.

Todo con una conciencia. Como en la vida física, no será perfecto. Como durante la charla que tuvimos con Marisol Schulz, se colará el sonido de un tren, la imagen no será de set de televisión e impedirá el contacto: "La desventaja es no verse, que es el objetivo de una feria, encontrarse, también hay que decirlo".

Pese ello, valora la cita como "completa y ambiciosa (...) con contenidos de calidad y variedad" que se seguirán reproduciendo porque quedan, "lo que se trabajó tiene un registro y se puede ver a posteriori, es parte de la ventaja de la virtualidad". Con ella alcanzaron a 21 millones de personas de 84 naciones, de las que cinco millones fueron por contacto directo a través de sus plataformas o las de sus aliados, cuando lo habitual son 840.000 asistentes de media en un año ("un territorio desconocido para nosotros; somos los principales sorprendidos").

Millones de trabajadores culturales en crisis; "tenemos" dice Bugs Bunny

Lo decíamos al principio, no supimos verlo. Ni las cancelaciones por Covid-19, ni el boom de la levadura, ni las artes confinadas o estos nuevos hábitos digitales que, a lo Netflix, se han injertado en nosotros. Solo había una certeza, que ya en mayo era crisis: y es que los profesionales de la cultura (de artistas a técnicos) iban a padecer como nunca, mientras que sobre las pymes que hilvanan en un 90% al sector global pesaría el cierre, no por cuarentena, sino el definitivo.

En 2020, el personaje de un presunto Bugs Bunny soviético se convirtió en 'meme', apelando a que algo en específico no es de uno, sino que se tiene que compartir bajo la idea de 'Tenemos'.
En 2020, el personaje de un presunto Bugs Bunny soviético se convirtió en 'meme', apelando a que algo en específico no es de uno, sino que se tiene que compartir bajo la idea de 'Tenemos'. © Colectivo / Twitter

Lo digital es y será un entorno en el que producir cultura con un lenguaje artístico ya virtual, o bien un complemento, o negocio extra de las industrias clásicas (si bien las 'majors' de Hollywood pretenden hacerlo principal, dando la estocada a los cines; y las taquillas en 'streaming' están precarizando el sector, llevándose mayor ganancia por los espectáculos). Pero hasta que se encuentre el equilibrio, "el pacto con ello", así dice Carrión, la urgencia es que hay millones de desempleados culturales en un ámbito que, según la Unesco, "lucha por sobrevivir y necesita nuestra ayuda".

Durante el aislamiento que vivió prácticamente todo el mundo, lo que más se consumió fueron bienes culturales. Pero los trabajadores de la cultura somos los que estamos en situación de casi indigencia, por justamente la precariedad en la que se desarrolla gran parte de la profesión –Marcelo Levicoy, músico y secretario gremial nacional del Sindicato Argentino de Músicos (SADEM)

Si lo tildamos de urgencia es porque en mayo, después de dos meses de pandemia, hablábamos con algunos actores culturales del miedo al impago de facturas. Hoy es "catastrófico", palabra de nuestro invitado Marcelo Levicoy, porque muchos más allá de su Argentina llevan diez meses "sin poder ejercer su profesión o tener ingresos". Y aquí incluimos a la FIL que, pese al éxito, no tuvo retribución.

Es una realidad en América Latina, que no empezó a abrir hasta agosto-septiembre, y se encamina a una segunda ola; mas también lo es en EE. UU., con Broadway en parálisis hasta este mayo, y en Europa, donde la cultura sufre un tercer encierro.

Y eso se nota especialmente en quienes componen los eventos masivos o rodajes. Hablamos de trabajadores del circo, actores, bailarines, montadores, maquilladores y músicos, que están acudiendo a repartos de comida. "(En el Sindicato Argentino de Músicos) tenemos relevados 100.000 en situación crítica en todo el país. Ahora estamos abocados a sostener las necesidades urgentes de nuestros compañeros sin exigencia de que estén afiliados. Todo aquel músico que necesite una mano se la vamos a dar, porque eso multiplícalo por un grupo familiar de 3 o 4, los números son alarmantes, con una perspectiva de trabajo que no es la que quisiéramos".

Artistas y trabajadores de la industria cultural realizan una protesta contra el confinamiento del sector en París, Francia, el 15 de diciembre de 2020.
Artistas y trabajadores de la industria cultural realizan una protesta contra el confinamiento del sector en París, Francia, el 15 de diciembre de 2020. © Gonzalo Fuentes / Reuters

Numerosos gobiernos han otorgado ayudas y subsidios, y modificado presupuestos. Pero como dice Levicoy –reproducible a otras disciplinas y países–, esto choca con "la falta de regulación histórica del Estado (que, caso de los músicos argentinos), no otorga el estatus de trabajador ni incluye seguridad social. Si bien agradecemos los planes de contingencia, no alcanzan (...) Hoy nos vemos totalmente precarizados".

La exigencia de los protocolos necesarios hace que los aforos reduzcan el público que puede ir a un espectáculo. Y eso, como detalla el secretario gremial, echa para atrás a gerentes, que temen abrir e ir a pérdida. Un teatro aún puede. Sin embargo, un músico debe reducir colegas e instrumentos para ganar, sin olvidar que "el virus ha roto el entramado social; está el temor de la propia gente" o que, según el rol del artista, la distancia de bioseguridad debe ser distinta –al menos, el primer concierto probado hasta la fecha en Barcelona no ha causado contagios–.

Hay cosas incongruentes, y uno no entiende ciertas políticas, ¿no? Pasa para la cultura: están prohibidos los recintos culturales y están abiertos los bares en mi ciudad. La cultura tiene que ser prioritaria y lo estamos viviendo ahora, lo hemos vivido con la respuesta que la gente tuvo con la FIL –Marisol Schulz, editora y directora de la FIL

"Volver a la normalidad, para nuestra actividad, va a llevar más tiempo de lo que se espera (...) Vuelve el trabajo, pero no de manera masiva", sentencia Levicoy desde la ciudad de Buenos Aires, defendiendo que "el Estado, con parches, no resuelve la cuestión de fondo".

Para resaltarlo, desde el periodismo cultural solemos decir que la cultura representa 30 millones de trabajos y el 3% del PIB mundial. Un dato económico con el que se intenta argumentar su importancia y un necesario incremento de sus presupuestos. Aunque otras cifras no fallan. Tomando el ejemplo de España –país con más datos sobre el impacto de la pandemia en la cultura–, los museos perdieron hasta un 70% de sus visitas y un 6% no volverán a abrir; las salas están a menos 446 millones de euros respecto al año cinéfilo 2019; mientras que el sector literario quedó mejor, con un, pese a todo, 20% de caída. 

Y eso sin cumplir todavía el año de la cita con Raphael de marzo. Por eso, con todo, desde esta tribuna –entre lo clásico y lo digital de Carrión, poniendo en valor lo que Schulz describe como "trauma" e "imaginación terrorífica" vivida– deseamos que en 2021 la cultura no sea siempre última en abrir, con medidas negociadas. Que sea a la par destacada como lo segura que es, con su socialización y todo, además de ser tenida en cuenta a lo Bugs Bunny en 'meme'.

A saber: el sector cultura no tiene una crisis, "tenemos" una crisis. Y es económica, digital, gubernamental, con un daño emocional tremendo para quienes crean. Petra, como todos, la vivió y la transforma a su modo. Pero al abrir, ¡tachán! ¿Qué vio? Su aforo, que es de 120, estuvo a su máximo posible: "Nos dijeron, pueden entrar 28; y llegaron 28. Luego ampliaron el aforo a 38, y llegaron 38. Era emocionante. Y como decíamos todas las noches a la gente, 'que ustedes estén llenando lo posible, nos da la sensación de que nunca cerramos y que ustedes nunca dejaron de venir'".

Y eso es esencial, como para nosotros lo es la cultura.

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