Un repaso a la migración en tiempos de pandemia

Los migrantes venezolanos parten a pie hacia la frontera venezolana, con el objetivo de abandonar Colombia después de un bloqueo ordenado por el gobierno en un esfuerzo por prevenir la propagación del nuevo coronavirus, en Bogotá, Colombia, el lunes 6 de abril de 2020.
Los migrantes venezolanos parten a pie hacia la frontera venezolana, con el objetivo de abandonar Colombia después de un bloqueo ordenado por el gobierno en un esfuerzo por prevenir la propagación del nuevo coronavirus, en Bogotá, Colombia, el lunes 6 de abril de 2020. © AP / Fernando Vergara

A comienzos de 2020, el mundo entero se paralizó debido a la pandemia de Covid-19. Los gobernantes impusieron restricciones a la movilidad como una de las primeras medidas para frenar la propagación del virus y se pidió a los ciudadanos de todo el planeta que se quedaran en casa, una paradoja para millones de personas: ¿cómo confinarse cuando no se cuenta con un techo?, ¿cómo evitar el contacto con otras personas cuando se vive hacinado en un campamento de refugiados europeo o en una chabola de latón en la frontera entre Venezuela y Colombia? Informe especial. 

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Se cerraron las fronteras y los viajes entre países, pero la extrema situación no cesó el tránsito de aquellos que viven moviéndose en los márgenes y no pueden permitirse parar, los que están lejos de sus países de origen. Son los migrantes y refugiados varados del coronavirus, sus historias están en las rutas que van desde Medio Oriente y África hacia Europa, en los linderos de los países de América Latina, en Centroamérica, en todo el mundo.

El Covid-19 golpeó a las sociedades globales, pero uno de los grupos poblacionales más afectados por las devastadoras consecuencias del patógeno fueron los migrantes, refugiados y solicitantes de asilo, las poblaciones más vulnerables de la sociedad.

Según ACNUR (la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados), casi 80 millones de personas se han visto forzadas a abandonar sus hogares desde 2018.

Venezolanos intentaron un retorno ante la falta de ayudas en sus países de acogida

En América Latina, los venezolanos constituyen el grupo más grande de migrantes y refugiados en la región. Más de cinco millones de personas han huido del país latinoamericano debido a la crisis política, económica y social que afronta la nación desde hace años.

Colombia es el principal destino de los venezolanos que huyen, con casi dos millones en su territorio, la mayoría en situación irregular.

La pandemia agravó sustancialmente las precarias condiciones en las que se encuentran los venezolanos en los países de acogida, previamente marginalizadas. El cierre de los comercios y el confinamiento dejó sin empleo a miles de ellos que sobreviven del día a día o de la informalidad. “A nosotros los venezolanos no nos está matando el coronavirus, nos está matando el hambre. Por eso estamos aquí en la trocha luchando para sobrevivir”, se quejaba entonces una migrante venezolana.

Se encontraron con condiciones muy distintas a las que dejaron hacía meses o años

Una situación desesperada que llevó a miles de venezolanos a regresar, la mayoría por vías inseguras, a su país natal ante la falta de ayudas en los países de acogida. “Cerca de 130.000 venezolanos tomaron la decisión de retornar a su país y se encontraron con condiciones muy distintas a las que dejaron hacía meses o años. Con condiciones de muchísima mayor escasez, con dificultades de accesos elementales a alimentación y a servicios de salud”, recalca Eduardo Stein, representante especial de ACNUR y la OIM para los refugiados venezolanos.

Durante los meses de aislamiento se vio un flujo de venezolanos que pedían regresar a Venezuela, pero las fronteras aéreas y terrestres con el vecino país estaban cerradas. En ese tiempo, era común ver a familias enteras de venezolanos en los andenes de las carreteras de las localidades colombianas aledañas a los 2.219 kilómetros de frontera que comparte con Venezuela

Ante la demanda de los venezolanos, el Gobierno del presidente colombiano Iván Duque comenzó a financiar autobuses —unos 1.200— para transportar a estas personas hasta el puente Simón Bolívar, principal paso fronterizo entre ambos países. “No queremos que nos den comida ni que nos den plata, solo queremos que nos dejen ir a nuestro país”, decía Dailanis Rincón, migrante venezolana.

Sin embargo, el Gobierno de Nicolás Maduro, acusaba a su homólogo colombiano de “enviar personas contagiadas a su territorio” y comenzaron una disputa diplomática mientras miles de mujeres, hombres y niños transitaban de un lugar a otro en busca de un refugio donde evitar el coronavirus y un trabajo contra el hambre. Una situación que se repite desde Brasil, Perú, Ecuador o Chile.

En los últimos meses, con la relajación de las medidas de bioseguridad y la apertura económica, muchos han empacado y han vuelto a salir de Venezuela ante la falta de expectativas.

“Estamos ahora ante cerca de 500 a 700 personas diarias. De manera que el flujo se ha incrementado, pero no alcanzamos a distinguir en este momento cuáles son personas que están retornando por segunda vez a los países de acogida, dejando por segunda vez su territorio y cuáles son migraciones nuevas. Lo que sí podemos determinar es que la mayoría de estas personas se están arriesgando a cruzar por vías irregulares, poniéndose en manos de traficantes, lo que incrementa los riesgos de la travesía”, resalta Stein.

En las últimas semanas del 2020 se ha puesto el foco en la peligrosa travesía migratoria que va hacia la isla de Trinidad y Tobago, a poco menos de 100 kilómetros de las costas venezolanas, después del naufragio de una precaria barcaza que dejó más de una treintena de muertos. Y es que la isla tiene una de las leyes migratorias más estrictas y acostumbra a devolver a aquellos extranjeros que llegan a su territorio, donde hay más de 24.000 venezolanos y el 90 % son solicitantes de asilo.

Las caravanas de migrantes centroamericanos se suspendieron por un breve lapso 

Más al norte de esta región, la migración centroamericana también fue trastocada por la pandemia. Son, en su mayoría jóvenes familias, las que huyen por la falta de futuro debido a las debilitadas economías y a los altos niveles de exclusión social. Una situación que empeoró a final de año debido a las catastróficas tormentas tropicales Eta e Iota.

El pasado octubre, tras meses de inactividad por la pandemia, se reanudaron las caravanas de migrantes en Centroamérica, desde Honduras o Guatemala hacia Estados Unidos. Si bien el brote disminuyó el éxodo, las fronteras estuvieron fuertemente vigiladas y no cesaron los casos de exceso de fuerza y brutalidad por parte de las autoridades fronterizas para repeler a los migrantes antes de que alcanzaran su destino soñado: Estados Unidos.

Las rutas migratorias no cesaron su flujo por la pandemia.
Las rutas migratorias no cesaron su flujo por la pandemia. AFP - SCHNEYDER MENDOZA

Durante el éxodo y con los cierres, muchos de estos migrantes se quedaron atrapados en lugares inseguros durante las restricciones. Para Stein, “nuestros gobiernos no han sido capaces de garantizar la seguridad y la integridad de estas personas. Este es el riesgo mayor que están enfrentando algunas de estas mujeres y hombres que se atreven a una travesía tan riesgosa”.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), cerca del 60% de las personas que pensaban emigrar de los países de Centroamérica y México cancelaron sus planes debido al coronavirus, y el 20% de los que se encontraban en plena ruta migratoria consideraron regresar a sus países de origen.

Europa cerró sus fronteras y las peticiones de asilo

Al otro lado del océano Atlántico, millones de personas continuaron jugándose la vida en el mar huyendo de la guerra, la violencia endémica, las persecuciones y la crisis económica de sus países. Europa fue uno de los primeros y principales epicentros de la enfermedad durante meses y los Gobiernos e instituciones europeas centraron todos sus esfuerzos en paliar la emergencia sanitaria que asolaba al continente.

El cierre de fronteras fue la primera medida, incluso en el mar. Además, países como Grecia o Italia endurecieron o cesaron los trámites de petición de asilo.

Los gobiernos europeos cerraron las fronteras y cesaron las peticiones de asilo, dejando varados a miles de refugiados.
Los gobiernos europeos cerraron las fronteras y cesaron las peticiones de asilo, dejando varados a miles de refugiados. AFP - PABLO GARCIA

Los refugiados quedaron varados, bloqueados y hacinados en los países de salida, esperando subir a una precaria embarcación con destino a Europa, a través de las tres principales rutas del Mediterráneo: la occidental, la central y la oriental. Unas travesías que dejaron al menos 1.096 personas muertas en 2020. Más de 83.000 migrantes usaron estos mortíferos caminos en mitad de la pandemia.

Además, el bloqueo de los países europeos impidió a las organizaciones de rescate marítimo, que trabajan en el Mediterráneo, la 'fosa común más grande del mundo', realizar sus labores de rescate y desembarcar a los auxiliados en puertos seguros.

“En este momento (…) hace falta que todos los Estados arrimen el hombro para poder tener un sistema común de asilo y de migraciones, y el pacto europeo sobre migración que se aprobó el pasado mes de septiembre es una oportunidad para que, en su puesta en marcha, se pueda trabajar en lugar de esos enfoques ad hoc, crisis a crisis, caso a caso, el poder hacerlo de una manera predecible y de una manera armonizada entre todos los Estados”, pide María Jesús Vega, portavoz de ACNUR en España.

La ruta por el Océano Atlántico se volvió a activar

Ante las trabas en las rutas migratorias del centro y este del Mediterráneo, a final de año se reactivó otra de las vías más peligrosas: la occidental que parte del noroeste de África hacia las islas Canarias en España. “Estas personas no tienen acceso a los visados que exige la UE para transitar de forma segura hacia su territorio, por lo que lo hacen en embarcaciones no aptas para navegar que salen en su mayoría de Marruecos, Mauritania y Senegal”, explicaba la corresponsal de France 24 en Marrakech, Sofía Català.

El flujo migratorio hacia el archipiélago canario fue diez veces mayor que el año anterior y dejó centenares de mujeres, hombres y niños fallecidos y desaparecidos en el mar, muchos no contabilizados debido a que nunca se encontraron sus cuerpos. Las medidas del Gobierno español para frenar la migración pasaron por la vulneración de los derechos de los migrantes y las devoluciones en caliente.

Desde ACNUR piden soluciones de fondo que resuelvan los conflictos en los países de origen: “Aunque el virus sigue activo y ha paralizado a medio mundo, las guerras se han paralizado”, agregan.

Moria, el mayor campo de refugiados de Europa, hecho cenizas

El pasado septiembre, el hartazgo y la desesperación provocó un incendio en el mayor campo de refugiados en el seno de Europa, el campamento de Moria en la isla griega de Lesbos. Las llamas arrasaron el hogar de más de 13.000 personas. Las inseguras y deficientes condiciones de vida en el campo se exacerbaron con la llegada y el miedo por el coronavirus. Vivían hacinados, sin posibilidad de mantener la distancia de seguridad y con poca agua para cumplir con las medidas de bioseguridad.

Tras el incendio, se construyó el nuevo campo de Kara Tepe, pero muchos se negaban a ingresar pese a las amenazas de las autoridades y a las presiones en torno a sus trámites de asilo. El nuevo campamento no soluciona los problemas estructurales y las carencias de miles de personas que solo quieren una vida digna y libre.

El 9 de septiembre, un incendio acabó con el mayor campamento de refugiados de Europa, el campo de Moria.
El 9 de septiembre, un incendio acabó con el mayor campamento de refugiados de Europa, el campo de Moria. AFP - ANGELOS TZORTZINIS

El fuego demostró la ineficiencia en materia migratoria de las instituciones europeas y la falta de solidaridad de sus gobiernos, siendo el resultado de más de cinco años de políticas regresivas y de contención que no solucionaron la crisis humanitaria.

La emergencia sanitaria por el Covid-19 dejó patente que, si bien los gobiernos unen fuerzas en torno a lo que les sucede a sus ciudadanos, tienden a olvidar e invisibilizar las problemáticas de aquellos que quieren una vida mejor fuera de sus territorios. “Ahora hay decenas de millones de personas que no son refugiadas porque les damos el asilo; en unas décadas, quizá todos seamos refugiados de nosotros mismos”, concluye el libro ‘No somos refugiados’, del periodista español, Agus Morales.

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